Después de tres campañas de estancamiento, la producción agrícola vuelve a crecer. Es que la crisis sistémica, tras la salida de la convertibilidad, también impactó sobre el agro. Es cierto que la pesificación licuó los pasivos de muchos productores, pero este fue el único beneficio concreto que recibieron los chacareros. La devaluación, declamada como una medida que los dejaría en mejor posición por su condición de proveedores del mercado internacional, le llegó con recortes drásticos vía retenciones. Por eso en las tres campañas anteriores se frenó al tren bala, haciendo temer que la Segunda Revolución de las Pampas hubiera llegado a su fin.
Pero la procesión iba por dentro. Los del campo no se resignaban a languidecer, fruto de una política discriminatoria, que les hacía sentir que su rol era bancar la crisis. Lo hizo de manera directa e indirecta: aportó divisas claves para lograr el mayor superávit comercial de la historia. Y atender, vía retenciones, las necesidades fiscales y sociales.
Frente al apriete, una vez más el campo huyó hacia delante. Y en el escape se encontró, en el otoño pasado, con una cosecha normal, pero con precios extraordinarios, que compensaban con creces la exacción de las retenciones. Allí se preparó para un nuevo salto, mostrando su vertiginosa capacidad de respuesta frente a los estímulos económicos.
Salieron a alquilar campos en una competencia feroz. Compraron tractores, sembradoras, pulverizadoras y cosechadoras como nunca. Se batieron récords de venta de fertilizantes, un insumo que parecía también haber llegado a un techo poco ambicioso, insuficiente para reponer los nutrientes. Se sembraron los mejores híbridos de maíz, con una amplia utilización de los Bt y los más exigentes en manejo agronómico. Lo mismo con el trigo, ayudado por una menor incidencia de enfermedades, que además ahora se aprendió a combatirlas a pesar de que con retenciones la ecuación insumo/producto es mucho más ajustada.
Y así tenemos la cosecha que vamos a tener. 16, 5 millones de toneladas de trigo, con muchísimos lotes de más de 6.000 kilos. Todo el mundo comenta lo que son los maizales este año, tablas de 3 metros de alto, color verde azulado con hojas carnosas, señal de plantas bien comidas. Y sigue lloviendo...sobre todo necesario para la soja, donde ya hay media cosecha adentro pero todavía hay que esperar. Habrá 80 millones de toneladas, diez más que el promedio del último trienio. Y ahora sí podemos pensar que la meta de las 100 millones de toneladas no está tan lejos. Sobre todo considerando que los años 90 arrancaron con niveles de menos de 40 millones.
Pero hay mucha bruma en el horizonte. La conducción económica ya le mostró los dientes al campo unas cuantas veces. Esto genera temores, inseguridad respecto al futuro. Y eso lo paga toda la cadena y todo el interior, que transfiere recursos a la Nación sin recibir nada a cambio. Tenemos récords, pero el campo siente que camina permanentemente por la cornisa. El año pasado iba a ser el último con retenciones, y esto se había pactado incluso con el FMI. Ahora el campo sabe que a pesar de la caída de los precios, hay que seguir dejando el 20% de la cosecha al Estado en una versión moderna de feudalismo medieval.
Sin recibir nada a cambio, dijimos. Se habla de infraestructura. El campo necesita reconstruir la red vial, nuevas autopistas, pavimentar accesos al campo y a los puertos. Hay un fondo específico para esto, que se destina a otras cosas. Y el dinero de las retenciones va también para otros fines que el Estado considera más plausibles. Pero sin infraestructura, como señala la Fundación Producir Conservando, habrá un colapso memorable. Los productores y la cadena en su conjunto hacen lo que pueden y lo que deben. Siguen creando, como con la irrupción del embolsado de granos, un invento argentino que permitió gambetear la falta de almacenaje. Se están vendiendo bolsas como nunca, acompañando la gran cosecha que se avecina. Habrá que ver si a alguno se le ocurre algo para sustituir las rutas. Por ejemplo, que se puedan mandar los granos por email. Recordemos a Peter Drucker, un gurú admirable pero que con la Argentina le pifió: decía que en esta Tercera Ola global no teníamos que hacer autopistas de cemento, sino autopistas informáticas. Necesitamos las dos.