Las cacerolas han dejado hace bastante de retumbar. Quedan sólo algunas ráfagas de aquellos festivales piqueteros que desquiciaban la calle. La atención de Néstor Kirchner se concentra ahora en evitar cualquier posibilidad de descarrilamiento del conflicto social.

El temor del Presidente consiste en que, en algún punto, una de las cuestiones pueda vincularse con la otra y detonar un polvorín. Vale la explicación: los sectores ultras del piqueterismo siguen activos de la mano de Raúl Castells, y en un puñado de conflictos laborales —como el que alteró la semana pasada el servicio de subtes— prevalece el sindicalismo duro de lazos con aquellas organizaciones.

Kirchner no cree que la capacidad de fuego de Castells y los suyos esté agotada y ordenó extremar los sensores del poder ahora que se avecinan las fiestas de Navidad. El jueves se alarmó cuando supo que el dirigente trotkista amagaba otra vez con ocupar un local de McDonalds: "Todo está bajo control", lo tranquilizó Aníbal Fernández, el ministro del Interior.

Kirchner no desea resignar cierto sosiego callejero que le costó demasiado reponer. Y le sirvió para alisar la imagen de su Gobierno que por tramos se observó ajada. De allí, que sólo uno de los varios litigios salariales llegó a malhumorarlo e, incluso, lo indujo a rastrear soluciones drásticas: ocurrió los días en que los porteños padecieron con los paros en los subtes.

Las huelgas, las protestas y las medidas de fuerza de hoy, quizá, representan el prólogo de un nuevo tiempo que parece despuntar en la Argentina. Las aprensiones, en algún sentido excesivas, encuentran anclaje en la historia: la referencia traumática apunta a la década de los 70 cuando cada conflicto gremial estuvo circundado por la combinación fatal entre la política y la violencia.

Más adelante los escenarios resultaron fluctuantes. Muchas demandas laborales concluyeron con muertos y desaparecidos durante la dictadura. La normalidad intentó reaparecer con la vuelta de la democracia, pero su debilidad y aquellos antecedentes lo impidieron. En la era menemista la convertibilidad encorsetó el debate sobre trabajo y salario.

Ahora mismo los problemas se acumulan. Hay todavía una gigantesca demanda insatisfecha de empleo que, pese a todo, tiene expresiones de menor ebullición. Pero se suma además un reclamo de mejoras salariales apuntalado por la expectativa que genera el buen desempeño de la economía.

No únicamente por eso. El salario en nuestro país fue triturado por la devaluación y sólo la paciencia social y el miedo a una hecatombe —entre un montón de factores—, permitió una resurrección económica distanciada de los fantasmas de la inflación.

Vale detenerse en este punto. La Argentina ha superado con una rapidez llamativa —sorpresa que también se expone en el exterior— las peores convulsiones de la crisis. La crisis continúa sin tanto estrépito por tres razones: aquella conducta colectiva, la contención efectiva de los planes sociales y el tramado de un grueso cordón de empleo precario (el 47% del total, según estimaciones oficiales).

Kirchner sigue la evolución de las mediciones de empleo con la misma voracidad que lo ataca cada vez que un tema se convierte en obsesión. Riñe con el periodismo de visiones menos optimistas que la suya y asegura haberse puesto una meta ambiciosa para su mandato: empujar el descenso de la desocupación hasta un dígito.

El desafío aparece exuberante porque exigirá un crecimiento muy sostenido de la economía que no podría basarse únicamente en el consumo. Siempre está el asunto pendiente de las inversiones y, antes de ello, una salida del default que se demora.

A lo mejor, por aquel mismo motivo, Kirchner y Roberto Lavagna resolvieron hacer rodar la rueda salarial. Los aumentos no remunerativos por decreto apuntaron a sacar de una posición incómoda a la CGT pero fueron, además, un aliciente indirecto para las casi 150 paritarias que están funcionando, varias de las cuales no salen del pantano.

El Presidente antes de actuar tomó recaudos para descubrir si la situación estaba madura: la economía parece en aptitud de absorber el reclamo popular si se practica —como en general ocurre— sin desmesuras.

Es tiempo de hablar de los viejos gremialistas del peronismo. Kirchner ha renegado, con recurrencia, de la vieja política pero comprendió también que su gobierno encarna, en ese sentido, una verdadera transición. No se pasa del negro al blanco sin merodear el laberinto de los grises. Le sucede con el partido y le sucede, también, con los sindicatos.

El Presidente no transita la misma senda de los viejos caciques pero sabe que requiere ahora de su acompañamiento para evitar, en medio de una discusión salarial, cualquier desequilibrio sobre una economía aún frágil. Al mismo tiempo franqueó las puertas al gremialismo de su amigo, Víctor De Gennaro. Pretende establecer una difícil compensación entre un bando y otro.

¿En qué orilla está Hugo Moyano? El jefe de los camioneros ha tenido en su trayectoria sucesivas mutaciones: pero es en esta hora el hombre que más dialoga con Kirchner y con ministros del Gobierno. Hace rato que Carlos Tomada, el titular de Trabajo, repite una monserga: "Sos el responsable de que nada de esto salga de madre", le advierte.

La otra oreja del sindicalismo que el Gobierno susurra es la de Susana Rueda. La mujer tiene una mejor imagen pública que sus compañeros pero también el estigma, según el criterio presidencial, de su cercanía a los gordos cegetistas. De hecho, escaló impulsada por Carlos West Ocampo.

Rueda suele ser interlocutora de Alberto Fernández, el jefe de Gabinete. Kirchner prefiere a Moyano y a José Lingeri. Hay quienes afirman que el camionero viene forjando en sus conversaciones con el Presidente la chance de quedar a futuro como conductor exclusivo de la CGT.

Kirchner calla ante esa insinuación como se muestra también renuente, en general, a compartir alguna fotografía con esa colectividad desgastada. Así son los límites, a veces laxos, otras inconmovibles, que rigen los pareceres políticos del Presidente.

Su aplicación no desentona fronteras afuera del país. El problema central, amén del vigente canje de la deuda, es ahora el enturbiamiento de las relaciones con Brasil: ese altercado conviene mirarlo en tres planos.

Se ha repuesto, por un lado, cierta desconfianza que periódicamente zigzaguea entre Kirchner y Lula da Silva. Nadie duda aquí que el Presidente se ausentó la semana pasada de la reunión de Cusco por motivos precautorios de salud: pero no es ésa la impresión que quedó en el jefe del PT ni en la prensa brasileña.

Antes de ir a las cuestiones de fondo conviene repasar la marquesina. Lula ha exacerbado en los últimos tiempos gestos unilaterales en dirección a afianzar un liderazgo indiscutido en la región, que al mandatario argentino le fastidiaron.

Debajo de esa cáscara conviven raíces del pleito. La Argentina pretende establecer políticas de coordinación macroeconómica entre los países y fijar mecanismos protectivos para sectores industriales acuciados por los productos que vienen de Brasil. Esa postura, que sostienen Kirchner, Lavagna y Rafael Bielsa figura como condición para la próxima reunión de Ouro Preto.

En la nación vecina conviven dos líneas de opinión. Una la encabeza el ministro de Industria, Luiz Fernando Furlán, convertido en portavoz de los industriales paulistas y opuesto a los requerimientos argentinos. Están, en otra vertiente, los funcionarios cercanos a Lula, el canciller Celso Amorim o Marco Aurelio García, que impulsan una conducta contemporizadora.

El segundo hombre de Itamaraty, Samuel Pinheiro Guimaraes, recalcó el viernes a Lavagna una frase que el ministro había escuchado de boca del propio Lula: "A Brasil no le sirve una Argentina sin industrias", dijo, en medio del diálogo para destrabar el conflicto.

Este nuevo trastorno demostraría dos cosas: las dificultades que persisten entre los socios principales del Mercosur y el impacto que ellas tienen sobre el funcionamiento del bloque. La precaución con que, de manera inevitable, hay que abordar la Unión Sudamericana lanzada con mucha alharaca.

Es cierto, también, que no es la primera oportunidad en que la Argentina y Brasil están envueltos por las desavenencias. En ocasiones anteriores las mediaciones de Kirchner y de Lula aventaron riesgos de un naufragio.

La novedad, inquietante, es que un frío intenso parece atravesar ahora la relación entre los líderes.