Por lo tanto, la cuestión no pasa por discutir si tenemos que lograr una
mejora en los ingresos de la población. El verdadero debate pasa por definir
cuál es el camino más efectivo para lograr un doble objetivo: a) pulverizar la
desocupación y b) mejorar los salarios reales.
La decisión del Gobierno de decretar un incremento de salarios para el sector
privado y el sector público se inscribe dentro de lo que podríamos llamar una
política económica de suma cero. Veamos dos ejemplos para ilustrar el concepto.
Primer ejemplo, el Gobierno está lanzando una serie de obras públicas con el
objeto de reactivar la economía. Se supone que todas estas obras generarán más
empleo y actividad económica. La realidad es que esas obras se financian con los
impuestos que se le cobran al contribuyente, quien, por la carga tributaria que
tiene que soportar, ve disminuido su poder de demanda. Por el contrario, los
gremios y empresas ligadas a la industria de la construcción se ven beneficiadas
con un mayor poder de demanda gracias a la transferencia de ingresos que hace el
Gobierno vía la obra pública. En términos netos no hay creación de riqueza, solo
hay transferencia de ingresos. Unos ganan y otros pierden. Por ejemplo, si se
eliminara el impuesto a las transacciones financieras el contribuyente
dispondría de $ 7500 millones más al año en poder de demanda, generando consumo,
inversión y puestos de trabajo.
Mientras no se demuestre que esos $ 7500 millones están mejor asignados por
el Estado que por el contribuyente, lo que tenemos es una transferencia de
ingresos con dudosa eficiencia económica, pero lo que sí podemos afirmar es que
no hay generación adicional de ingresos. Los ingresos son los mismos, pero
distribuidos de otra manera.
Segundo ejemplo: la devaluación del 2002 tuvo, entre otros objetivos, hacer
caer el salario real y, sobre todo, bajar fuertemente el salario en dólares para
ir a un modelo de sustitución de importaciones. Con la devaluación salieron
ganando, entre otros, quienes sustituyen importaciones. Dado que hoy tienen una
porción del mercado sustancialmente mayor, aunque de un mercado más chico, esos
sectores logran un renta que no tendrían en condiciones de libre competencia y
esa mayor renta proviene de una transferencia de ingresos de los consumidores
hacia los que sustituyen importaciones. Cuando el Gobierno decide establecer un
aumento de salarios por decreto, lo que están haciendo es redistribuir parte de
esa mayor renta que obtienen las empresas mencionadas, aunque en los hechos
termina impactando en todas. Por lo tanto, nuevamente, tenemos una transferencia
de ingresos, en este caso del sector empresarial hacia el sector asalariado. Una
vez más, lo que uno gana lo pierde el otro.
Si es que queremos sacar a la gente de la pobreza y crear más puestos de
trabajo, el camino no pasa por recurrir a la benevolencia del empresario para
que aumente los sueldos y ocupe más personal. Personalmente no espero generar
mis ingresos como asesor a partir de la benevolencia de los empresarios, sino de
prestar un servicio del que ellos tengan alguna utilidad. Lo mismo ocurre con el
salario de la gente. Lo ideal es que los empresarios no aumenten los salarios
por caridad o porque el Estado firma un decreto solidario, sino porque necesitan
pagar más para poder conseguir trabajadores. El camino más eficiente para
mejorar la calidad de vida de la gente pasa por crear un ambiente de negocios
que atraiga inversiones en la cantidad suficiente como para que la mano de obra
pase a ser un bien escaso y no un bien que hoy sobra como lo refleja la alta
tasa de desocupación y los bajos salarios que rigen en la economía.
El drama que tenemos en la Argentina es que permanentemente pretendemos
inventar sustitutos para no hacer las cosas bien. En su momento se intentó
sustituir las reformas estructurales con el blindaje y el megacanje. Luego se
sustituyó la reducción del gasto mediante la devaluación. Ahora queremos
sustituir la ausencia de inversiones con incrementos de salarios por decreto.
Mal que les pese a muchos, los argentinos tenemos que meternos en la cabeza
que el salario real no es función de la bondad del gobierno de turno o de la
caridad empresarial. Es función de la cantidad y calidad de las inversiones que
tenga un país. Y es en este punto donde el Gobierno tiene un error de estrategia
fenomenal, porque con este modelo de crecimiento jamás va a conseguir
inversiones en cantidad y en calidad.
En cantidad no las va a conseguir porque apuesta a inversiones que abastezcan
el mercado interno. Y como el mercado interno es chico por el ingreso y la
cantidad de la población, ¿cuántas inversiones pueden esperarse en un país con
50% de pobres y salarios promedio que rondan los US$ 300 mensuales en el mejor
de los casos? ¿Qué volumen de mercado interno tenemos como para que se produzca
una avalancha de inversiones? Dado que el volumen de inversiones va a quedar
definido por el tipo de economía cerrada que impulsa el Gobierno, no podemos
esperar, en el largo plazo, grandes mejoras en los salarios reales.
Pero la calidad de la inversión es otro dato relevante. Una cosa es invertir
para un mercado reducido, donde la competencia externa es mínima y otra muy
distinta es invertir en un país donde la competencia con el mercado externo es
tan fuerte que el empresario está obligado a invertir en la mejor tecnología
para poder sobrevivir.
Invertir en banderitas
Para llevarlo al absurdo y que se entienda. Por ejemplo, podríamos bajar la
tasa de desocupación eliminando los mails y los teléfonos, y reemplazar esos
sistemas de comunicación con gente parada en las terrazas de los edificios
transmitiendo mensajes de un lado a otro con banderitas en las manos. El stock
de capital serían las banderitas que vendrían a reemplazar a las computadoras y
los teléfonos. ¿Alguien puede afirmar que invertir en banderitas implica tener
un stock de capital que mejora la calidad de vida de la población?
Pocos días atrás le pregunté al embajador de Irlanda en la Argentina, Kenneth
Thompson, qué había motivado a la dirigencia política irlandesa a cambiar el
modelo económico que tenían. La respuesta fue muy concreta. En primer lugar
tomaron conciencia de que no podía seguir con tasas de desocupación del 17% como
habían alcanzando y en segundo lugar, se dieron cuenta que no podían vivir,
textuales palabras, "encerrados como un caracol". Vivir aislados del mundo los
conducía a más pobreza y más desocupación. Hoy Irlanda tiene un ingreso per
capita de US$ 36.000 anuales, 10 veces más que la Argentina.
En los últimos 70 años, el ingreso per capita de Argentina creció al 1%
anual. Si Irlanda no creciera más en su ingreso per capita y nosotros seguimos a
este ritmo de mejora, en 980 años podemos llegar a alcanzarlos. ¿No nos
convendría ensayar algo diferente a lo que venimos haciendo?
El autor es economista.