Las novedades de la economía auguran una Navidad dispendiosa y una mayoría social ha vuelto a confiar en él, movida por la esperanza más que por la adhesión. Nada, sin embargo, le hubiera sido tan agradable sin la ausencia absoluta del Fondo Monetario Internacional en la política argentina. El Fondo abrió un paréntesis en su relación con el gobierno argentino en agosto último.

Kirchner no quiere volver a someterse al señorío del organismo. Detesta la sola idea de regresar a las revisiones trimestrales, que eran, al fin y al cabo, un atajo del Fondo para ejercer una auditoría permanente sobre las decisiones de su gobierno. Daría años de su vida a cambio de no ver nunca más a una misión del organismo. Para colmo, terminó sintiendo nostalgia por el cordial Horst Köhler, ex presidente del Fondo y actual presidente de Alemania, después de discutir cara a cara con el distante Rodrigo de Rato, mandamás del organismo.

Ese es el contexto del proyecto político más importante de Kirchner en estas horas: cancelar la deuda con el Fondo. Pero hay un problema insalvable: no tiene plata. Intentó sacarle un préstamo a China, pero los chinos no hacen nada sin hablar con Washington y con el Fondo. ¿Por qué, además, arriesgarían 15.000 millones de dólares en un país poco afecto a cumplir sus compromisos?

Es cierto que la Argentina sufragó sus despilfarros de las últimas tres décadas oscilando entre la inflación y el endeudamiento. Y es más cierto aún que el sobreendeudamiento del país con el Fondo, que quebró todas las barreras del propio organismo, le resta autonomía a las decisiones económicas. Un proceso de cancelación de deuda y de recuperación de la autonomía no es, en principio, un mal proyecto.

El conflicto radica en la oportunidad y en los procedimientos. Si algo bueno sucedió en la semana última fue la restauración de un clima de urbanidad dentro de un gobierno atravesado en días recientes por feroces luchas internas. La discordia se zanjó cuando el Presidente firmó el decreto de autorización del canje de la deuda. Respaldo implícito a Lavagna. Mensaje directo de que la propuesta en boga es la última oferta argentina.

Con todo, otra conclusión evidente es que el combate por la deuda en default no ha concluido todavía. ¿Para qué hacerles saber a los bonistas, a los que se someterá a una quita antológica, que el gobierno está apurado para pagarle al Fondo el 100 por ciento de sus compromisos? ¿Cómo explicarles semejante contradicción a los bonistas italianos, alemanes o japoneses?

La idea de Kirchner es de Kirchner, aunque tanto Lavagna como el jefe del Banco Central, Martín Redrado, comparten el trazo del proyecto. Pero los dos jefes de la economía tienen otros puntos de vista sobre la negociación con el Fondo. Lavagna cree que será inevitable alguna clase de acuerdo con el organismo mientras exista una deuda, aun cuando el gobierno decida pagarle puntualmente los vencimientos. Promueve esa vía.

El proceso de cancelación podrá ser más o menos rápido, pero nunca será súbito. No hay plata para eso, y ya se descartaron los prestamistas bonachones. La plata saldrá de aquí. Nunca será fácil deshacerse de cadenas tan viejas.

Redrado le aconsejó al gobierno un programa más módico aún. Consiste en que la administración le lleve al Fondo su propio plan económico, para recobrar la autonomía, a cambio de un proyecto más paulatino de cancelación de deuda.

El bosquejo de Redrado es módico porque éste defiende, a la vez, la integridad de la reservas nacionales bajo su custodia. No obstante, y según las conclusiones técnicas del Banco Central, el gobierno podría disponer de la totalidad de los recursos para pagarle al FMI, durante el próximo año, sin recurrir a las reservas. Eso sí: debería usar el enorme superávit primario, y todos los ahorros fiscales, sólo para pagar deudas. Adiós al sueño del Estado capitalista, si es que el sueño existió.

La idea de tomar distancia del Fondo es tan cardinal que el Presidente echó mano de la influencia de su propia esposa y del jefe de Gabinete, Alberto Fernández, dos de sus más cercanos consejeros políticos. Ambos han viajado a España para, entre otras cosas, pedirle Rodríguez Zapatero que interceda ante Rato. La relación de Rodríguez Zapatero no está bien con Rato, ni con el partido político de Rato, ni con el gobierno de Washington, patrón final del Fondo.

Además, Madrid no apoyará esa idea sin poner antes a salvo a sus empresas. La senadora Kirchner y Fernández no podían recalar en España sin llevar algo a cambio. Metieron en sus valijas las primeras decisiones sobre una eventual normalización de la relación entre el gobierno y las empresas de servicios públicos, una prioridad esencial de la administración española.

La placidez de estos tiempos logró que el Presidente hasta moderara a sus ministros para abortar una crisis mayúscula con Brasil. No quiero problemas con Brasil antes de fin de año , les pidió. El canciller Bielsa le propuso directamente que la Argentina denunciara el Tratado de Asunción, constitutivo del Mercosur, porque Brasil -sostenía- lo había incumplido. Era la virtual ruptura.

Hace varios meses que Lavagna entregó en Brasilia un programa para la coordinación comercial y de inversiones entre ambos países. No hubo respuesta. La reunión del viernes entre argentinos y brasileños se pareció a una pelea de potrero.

Sólo después de una guerra verbal de varias horas, los brasileños aceptaron dar por recibida la propuesta de Lavagna y se comprometieron a analizarla en los próximos tiempos. Las restricciones argentinas continuarán. Nada más. El imprevisto pacifismo de Kirchner permitió que el Gobierno se diera por satisfecho sólo con eso, por ahora.

Hay otras cuestiones que los brasileños no les perdonan a los argentinos. El gran proyecto de Lula de agrupar en Cuzco a los países de América del Sur chocó con un problema grave: no fue ninguno de los otros presidentes del Mercosur, los de Argentina, Uruguay y Paraguay. ¿Cómo intentar un liderazgo regional amplio si se le indisciplinan sus socios más cercanos?

La Argentina tomó también en los días recientes una posición más activa frente a la futura integración del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La posición argentina, que es coherente con su historia, contradice la pretensión de Brasil de conseguir un sillón permanente en el directorio más aristocrático de la diplomacia internacional. La Argentina no puede entregar eso sin caer en la insignificancia dentro del mundo.

El proyecto de una feliz Navidad presidencial incluyó un aumento general de salarios a través de un simple decreto. Kirchner y Lavagna han vuelto a coincidir a pesar de los teatrales estruendos: creen que los empresarios estaban dilatando el momento de mejoras salariales y que ponían en riesgo el mercado interno. El ministro de Trabajo, Tomada, se sumó a ese consenso, aunque es, de los tres, el más enamorado de las negociaciones colectivas.

El conflicto laboral tiene dos límites inevitables. No es bueno que el Estado termine metiendo la mano en la relación entre los trabajadores y los empresarios, y es menos bueno que la natural tensión entre ellos se convierta en recurrente violencia. El Estado es árbitro y no juez cuando se desatan las raras pasiones de la economía.

Por Joaquín Morales Solá