Pero los mismos que lo disuadieron temen que el episodio se repita dentro de poco. A partir de esta información, el alejamiento de Lavagna ha dejado de ser una de las tantas versiones que pueblan el mundillo político para convertirse en una alternativa posible, quizá probable, en el corto plazo.

La incomodidad que ha ido creciendo entre el Presidente y su ministro de Economía es recíproca. Del lado de Kirchner, la luz amarilla se encendió desde el momento en que trascendieron las ambiciones políticas de Lavagna con vistas a 2007. Mientras los ministros de Economía se atienen a su papel técnico, los presidentes los apoyan sin recelo. Pero hay circunstancias en que los ministros de Economía, por la importancia que adquieren en momentos difíciles, trascienden la esfera técnica para convertirse en figuras de significación política. En ese momento, se encienden las alarmas de la Presidencia. El ministro de Economía es visto, a partir de ahí, más como un rival que como un colaborador. Le pasó a Menem con Cavallo y le está pasando a Kirchner con Lavagna. En situaciones como éstas, los presidentes y sus "ministros-estrella" siguen un curso de colisión con final anunciado.

Del lado del Presidente no se juzgó oportuno, sin embargo, acelerar la salida de Lavagna. Lo que se buscó no fue precipitarla por ahora, sino limitar, desgastar, esmerilar ( es decir, "pulir") la figura del ministro para reducir su dimensión política. Lavagna fue consciente de que lo estaban "esmerilando", por ejemplo cuando se lo dejó afuera de los tratos con China o cuando se le imputaron por lo bajo las importantes dificultades de la negociación por la deuda externa. De ahí su intención de abreviar el tiempo del desgaste, renunciando por anticipado. Esto es lo que sus más altos amigos políticos han logrado impedir, al menos hasta ahora.

Dos favores

El peronismo le debe a Lavagna dos grandes favores. El primero de ellos proviene del momento en que el presidente Duhalde lo nombró ministro de Economía en abril de 2002, cuando el país aún no había salido de la conmoción generada por la ya famosa "devaluación asimétrica" de su antecesor Remes Lenicov. En medio de esta turbulencia, nadie sabía cuánto podría durar el nuevo ministro ni, para el caso, el propio Duhalde. Lavagna exhibió aquí un mérito infrecuente en la Argentina: careció de un plan grandioso, de esos a los que nos han tenido acostumbrados nuestros ministros de Economía.

En vez de anunciar con bombos y platillos un nuevo plan, Lavagna se limitó a manejar la crisis con una prudente política de coyuntura, de a pequeños pasos. Poco a poco, bajo su pragmática conducción, la situación se fue calmando a medida que la devaluación reanimaba las exportaciones, diluía las deudas de los productores y protegía el mercado interno. No tener un plan fue, para el caso, el mejor de los planes.

A este saber práctico, el ministro fue sumando con el tiempo otra virtud: la de dilatar problemas tan graves como el de la deuda externa a fuerza de mantenerlos en la indefinición. Esta será otra de las cualidades que se le reconocerán a Lavagna: demostrar que lo impostergable era postergable. Primero, se pensó que la negociación con el Fondo Monetario Internacional y los acreedores exigía un pronto pronunciamiento. Después se pensó que, habiéndola postergado durante la presidencia de Duhalde, Lavagna ya no tendría más remedio que encararla cuando el gobierno pasara de Duhalde a Kirchner. Hoy, mientras su ministerio se acerca a los tres años, lo "impostergable" sigue postergado.

Este arte de la postergación sin término tuvo sus costos, como lo hizo notar antes de que Kirchner lo despidiera el presidente del Banco Central, Alfonso Prat-Gay, puesto que lo mejor para un deudor es negociar cuando todavía está tendido "en la lona", para obtener las máximas concesiones, y no cuando, ya en plena reactivación, sus acreedores se vuelven más exigentes. De otro lado, el hecho es que, aun cuando el arreglo sea el mejor posible, una vez que se firma hay que empezar a pagar y el superávit del que hasta ese momento se ha gozado tiende a diluirse.

El segundo favor que le debe el peronismo a Lavagna es la victoria de Kirchner. Cuando éste se lanzó al ruedo de la carrera presidencial, su porcentaje de apoyo era mínimo hasta que anunció que mantendría en su puesto al ministro de Economía de Duhalde. Fue entonces y sólo entonces que las encuestas de Kirchner comenzaron a subir porque, animados por la reactivación en curso, los votantes no querían cambiar de caballo a mitad del río.

Pero el éxito del ministro ya empezaba a proyectarlo a la escena política. Duhalde ya lo tuvo in pectore, en verdad, como candidato a presidente, pero la cuenta que hacía el duhaldismo era que, si el caudal peronista se partía en cuatro en lugar de partirse en tres, esa división podría aumentar las posibilidades de Menem o de un candidato no peronista como López Murphy.

El hecho es que, cuando Kirchner lo "heredó", el ministro exhibía dos caras como el dios Jano. Una, la del técnico casi providencial. La otra, la del rival de Kirchner en dirección de 2007.

¿El país sin Lavagna?

Si, por las razones antedichas, el curso de colisión entre Kirchner y Lavagna resulta previsible, surge esta pregunta: la recuperación económica en curso desde que asumió el ministro, ¿podría verse seriamente afectada de precipitarse su alejamiento en el corto plazo? Lo cual equivale a preguntarse esto otro: ¿se ha vuelto Lavagnadependiente la Argentina de Kirchner como alguna vez fue "Cavallodependiente" la Argentina de Menem y de De la Rúa?

Quizá lo sea aún por un tiempo, mientras no sanen del todo las heridas de 2002. Pero, para pensar que también lo será más adelante, cuando esas heridas cicatricen, habría que suponer que, además de ser un maestro de la coyuntura, el ministro posee las claves de nuestro futuro económico en el largo plazo.

Esto es por lo menos discutible. Como lo demostró su reticencia ante la apertura china, como también lo muestran las dificultades comerciales que estamos teniendo con Brasil, la filosofía del ministro es proteccionista. Lavagna es, en tal sentido, un representante tardío de los años ochenta, cuando sirvió bajo Alfonsín. Pero el proteccionismo que, unido a la prolongación sin término del default , nos sirvió bien durante el corto plazo porque, destruido el crédito externo, no teníamos otro camino que "vivir con lo nuestro", ¿podrá servirnos también cuando debamos proyectar un crecimiento sostenido en el largo plazo, para el cual la apertura económica sería inevitable?

No hablamos por supuesto de la apertura irreflexiva de los años noventa, pero sí de una apertura inteligente y gradual, que volviera competitiva no sólo a la agroindustria, sino también a la industria. Sin competitividad, ¿podríamos emular acaso el formidable rendimiento de países como Chile o España? Si no pudiéramos hacerlo, tarde o temprano deberá plantearse un nuevo paradigma económico, el de un país integrado exitosamente al mundo. Para cuando llegue esta definición crucial, ¿nos servirá todavía Lavagna?

Por Mariano Grondona