Definitivamente no era una elección más. Una de “protocolo” como podría señalarse; una de esas de las cuáles el público argentino conoce muy poco y de la que solo nos enteramos por los diarios del lunes quién ganó. Las expectativas -de políticos y de medios de comunicación- eran muchas. Con las últimas brasas del 13-S aún encendidas y con las conferencias de prensa de CFK en Estados Unidos quitando oxígeno; la disputa Chávez-Capriles era sin dudas una batalla importante. Y era importante porque se aproxima el 8-N, porque el malestar social parece cada día sumar más adeptos (según las consultoras, la imagen negativa de Cristina Fernández se incrementa día a día) y porque el 7-D participa de toda esta movida con muchísimos porotos.

En una elección que prometía ser “voto a voto”, Chávez dio un golpe de knock out. Quién tendrá a su cargo los destinos venezolanos hasta 2019, logró la reelección con una holgura de difícil asimilación para los incrédulos. Casi un millón seiscientos mil votos de diferencia echa por tierra cualquier denuncia de fraude de la cuál intentar tomarse. Chávez superó la barrera de los 8 millones de votantes y Capriles no alcanza los 6,5 millones. Casi once puntos, mucha distancia.

Un batallón de medios (opositores y también oficialistas) y algún grupo de diputados nacionales recorrieron los más de cinco mil kilómetros que separan Buenos Aires de Caracas. La ecuación para los que en estas tierras reniegan de CFK era muy sencilla, solo se precisaba una victoria de Henrique Capriles Radonski. Los medios buscaban la tapa, los políticos aguardaban por la foto; todos regresaron rápido a Buenos Aires.

Y regresaron rápido porque la desilusión fue muy grande; una vez que el Consejo Nacional Electoral de Venezuela leyó el número frío ya no hubo vuelta atrás.

Aire y agua

Desde Argentina, y a través de la red social Twitter CFK saludaba la reelección de Chávez. “Tu victoria también es la nuestra. La de América del Sur y el Caribe. Fuerza Hugo! Fuerza Venezuela! Fuerza Mercosur y Unasur!” rezaba uno de los cinco tuits que Fernández de Kirchner escribió en la jornada del domingo.

Y claro que para ella vale la pena celebrar. En la guerra entre el modelo y los desestabilizadores que promueven “la cadena del desánimo”; la batalla venezolana ofreció al gobierno nacional agua y aire. Agua porque las brasas del 13-S comienzan a apagarse y además porque la convocatoria del 8-N (por lo menos, por un par de semanas) pierde fuerza; y aire porque la agenda de los medios obligadamente cambia. Ayer y hoy, las tapas de los diarios hablan nuevamente de los reclamos salariales de prefectos y gendarmes.

¿Y la oposición? Todavía no dio señales; no dio señales que morigeren la caída en tierras caribeñas y tampoco dio señales de qué rumbo tomará ante el amplio triunfo de Chávez. El resultado en Venezuela demuestra que por más que los opositores se aglutinen, el poder de turno tiene un peso específico innegable.

¿Qué hacer? Esa es la pregunta que tienen que realizarse rápidamente y salir, de una vez por todas, a la cancha; a difundir un proyecto de país; a quizás encabezar alguna de las columnas que se reúna en la Ciudad de Buenos Aires el 8-N; a hacer lobby y buscar apoyo en los medios; a aglutinar masa crítica que los vea como una opción válida hacia 2013 y 2015; ver si les sirve ir juntos o separados, pero de una vez por todas ir.

A los líderes populistas les cuesta generar delfines, por eso no tienen sucesión y tienen que continuar a expensas de todo; por eso una modificación de la Constitución Nacional será una constante. Chávez lo demostró, no tiene alguien que pueda continuarlo; en el entorno de CFK tampoco se avizora una alternativa que pueda continuar el modelo. La oposición tiene mucho trabajo por hacer.