Las recientes sesiones de adoctrinamiento de Néstor Kirchner en el PJ no despejaron la duda. Apenas aportaron una idea de la forma en que se vive el desafío de los ruralistas en la solitaria cima del poder. Incluso permitieron pequeños milagros, como que Hugo Moyano se haya convertido en un moderado. El líder camionero creyó ver en el llamado al diálogo que pronunció anteayer el Episcopado la coartada para que el Gobierno volviera a convocar al agro sin temor a quedar en una temida posición claudicante.
Kirchner se apuró a quemar el puente. La reacción oficial fue drástica: no sólo rechazó el pedido “encarecido” de los obispos, sino que consideró irrespetuoso que se le propusiera "un gesto de grandeza" a la Presidenta. El ministro Aníbal Fernández transmitió el mensaje con su habitual crudeza.
Una respuesta similar se llevaron todos los otros actores que quisieron mediar, urgidos por un país que se paraliza un poco más cada día. El defensor del pueblo, los gobernadores Hermes Binner y Juan Schiaretti, el jefe de gobierno Mauricio Macri, la Unión Industrial, cámaras empresariales de lo más variadas... Todos fracasaron. Los ministros repiten una frase de Kirchner ante esas muestras de voluntarismo político: "El campo no es una contraparte del Gobierno".
Unos cuantos gobernadores oficialistas -el salteño Juan Urtubey, el tucumano José Alperovich, el chaqueño Jorge Capitanich- se resignaron a apoyar sin matices la estrategia de la Casa Rosada, mientras en sus provincias atienden a los productores rurales y acuerdan con el mayor sigilo medidas de protección estatal para contenerlos.
Kirchner deja pasar esas sutilezas, pero exige muestras de incondicionalidad en el escenario público. Lo hizo con Daniel Scioli, a quien entregó el papel de vocero de críticas durísimas al campo. El gobernador de Buenos Aires tuvo que dejar el papel de equilibrista en el que se había acomodado desde el principio de la crisis. Hasta su agenda sufrió modificaciones en otra época impensadas: fue notorio que se excusara a participar hoy del cierre de las jornadas que la Comisión Episcopal de la Pastoral Social organiza en Mar del Plata.
En teoría, la severidad oficialista apuntaba a derrumbar el paro, a desprestigiar la protesta ante la opinión pública y a debilitar a los ruralistas. "Se van a tener que hacer cargo de las consecuencias", había dicho Kirchner en privado. Luego lo esparció medio gabinete, como si el Gobierno pudiera desentenderse de la responsabilidad sobre lo que ocurre en un país que entró en estado de ebullición.
Al menos la primera condición que buscaban los Kirchner se ha dado anoche, cuando los ruralistas anunciaron el fin de la huelga a partir de pasado mañana.
Los presidentes de las entidades rurales se sentían acorralados desde que los transportistas de granos empezaron con los piquetes. Cada ruta del país era una tragedia en potencia. Así, la decisión de ayer, costosa entre sus bases, fue un movimiento a ciegas de los dirigentes agrarios. Nadie del Gobierno les había adelantado hasta anoche si se los volvería a convocar al diálogo.
En la Casa Rosada, por ahora no muestran el juego. Es más que probable que se abra otra negociación, pero nunca antes del lunes. El dilema es delicado: dialogar sobre qué.
Kirchner rechaza de plano el pedido de los ruralistas (y de opositores moderados, como Binner) de suspender provisionalmente la resolución que instauró las retenciones móviles como base para una discusión de largo alcance. "Ya dimos todo lo que podíamos dar", dicen en los despachos oficiales, en relación a la medida que hace una semana atenuó el impacto futuro de las retenciones.
El agro también entró en su trampa al revestir tanto su reclamo: si consiguió tanto apoyo en amplios sectores de la población, cómo explicaría un eventual fin de la protesta si consiguiera sólo una mejora impositiva de exclusivo beneficio sectorial.
Los Kirchner deciden en soledad el próximo paso. Las entidades esperan el diálogo, pero cargan cada vez con más presiones. Los negociadores de uno y otro lado ya están preparados para volver a hablar de lo mismo: el acuerdo que hasta ahora pareció imposible.
Ahora cada minuto vale oro. Y todo se agrava con la tentación de repetir los fracasos. Como si la competencia en las calles del 25 de Mayo no hubiera dinamitado la anterior posibilidad de diálogo, el Gobierno y las entidades ya coquetean con la idea de organizar actos masivos paralelos el 20 de junio, Día de la Bandera.