La política del “por favor” llegó a destiempo. Con 19 días de rutas cortadas, góndolas que se vacían y el regreso del cacerolazo y de las peleas en las calles, el conflicto por la protesta del campo se rige ya por la dinámica de las negociaciones imposibles.
Pero, casi sin esperanzas de un acuerdo por la vía del diálogo, la presidenta Cristina Kirchner empezó a adaptar su discurso para el desafío que el Gobierno ahora vislumbra decisivo: la batalla por la opinión pública. Nadie en el poder hubiera apostado nada por que los ruralistas aceptarían el plan para atenuar las retenciones. Era tan previsible el rechazo que los dirigentes ruralistas organizaron una conferencia de prensa que debía comenzar –y así se hizo- un instante después del anuncio presidencial.
La confianza entre el Gobierno y los delegados del campo se había quebrado el viernes, en la frustrada reunión entre ministros y dirigentes agrarios en la Casa Rosada. La Presidenta se limitó a anunciar lo que los ruralistas ya habían descartado. A estas alturas, sólo la suspensión total de las retenciones, toda una claudicación en términos políticos, hubiera desactivado la huelga.
El mensaje presidencial tenía esta vez otros destinatarios. Habló con calma de principio a fin. Argumentó sin identificar enemigos. Evitó aludir a los "piquetes de la abundancia" o a golpistas encubiertos y, es más, reconoció las dificultades de algunos pequeños productores y aceptó el "legítimo derecho" de protestar de quienes rechazan sus ideas. Sólo les pidió "por favor" que dejaran pasar los camiones con alimentos.
Encontró, en el tercer discurso de alta relevancia en siete días, el registro que algunos gobernadores y dirigentes del oficialismo le demandaban desde el principio (en voz baja, por supuesto) para salir del laberinto.
Dividir a los productores levantados y minar su imagen ante el resto de la
sociedad aparece ahora como el objetivo central de la Casa Rosada. Una meta que
intenta curar heridas autoprovocadas: el Gobierno y, en particular, la
Presidenta sufrieron un desgaste inimaginable para una gestión que asumió hace
menos de cuatro meses.
La huella de la autocrítica se filtraba ayer por las palabras de Cristina Kirchner.
Si la eficacia del mensaje se mide por los resultados, el discurso con el que la Presidenta entró en el conflicto, hace una semana, constituyó un fracaso estrepitoso. Enardeció más a los chacareros y (más allá de si estaban convocados de antemano) dio aire al cacerolazo en la Capital.
En el segundo discurso, el jueves, acusó el daño de esa protesta callejera, pero la descalificó con vehemencia al identificar a los manifestantes como defensores de la dictadura. Ese día, aun en el calor de una movilización peronista en Parque Norte, Cristina Kirchner les añadió una iniciativa política a sus argumentos. Pidió levantar el paro. Llamó al diálogo. Y usó por primera vez el "por favor". Alcanzó, pero poco. La protesta se suspendió por un día; la negociación abierta duró una noche.
Ayer, la Presidenta volvió a girar. A pesar de que las rutas seguían cortadas, fue conciliadora con los huelguistas y les ofreció medidas en teoría compensatorias para los más afectados. Ya ni siquiera pidió el fin de la huelga, sólo que se permita la circulación de camiones.
Mantuvo, sí, la argumentación económica que justifica, en su visión, la aplicación de las retenciones móviles a las exportaciones de soja y girasol (lo que de paso sirvió para ratificar en público al ministro de Economía, Martín Lousteau).
Ahora queda la incógnita de qué dirá hoy ante la multitud que los sindicatos peronistas, los intendentes del conurbano y los piqueteros aliados movilizarán a la Plaza de Mayo. En el oficialismo, algunas voces prenuncian una advertencia más directa a los ruralistas si no se bajan de las rutas. Otros aseguran que el mensaje se mantendrá en la línea conciliadora. Lo único que seguro no podrá hacer es volver el tiempo atrás.