No menos cierto es que detrás de la dirigencia agraria que debería responder a esa convocatoria estarán aguardando quienes alientan los piquetes ruteros, el estancamiento de la producción, el desabastecimiento creciente. Dos formas de la ineptitud para la convivencia. Dos expresiones de la incapacidad para discernir el porvenir comunitario.
Vale la pena exponerse a los riesgos del diálogo. Una cosa es que el desencuentro irrumpa alrededor de una mesa. Otra, que el desencuentro tenga lugar en las calles o en las rutas expropiadas por la intolerancia piquetera.
Cuando se integra una mesa de diálogo, el presupuesto inexorable es que ante cada uno de sus integrantes se ubica un otro ineludible.
Cuando, en cambio, se toma una calle o una ruta, ese otro ya no importa. No tiene derecho alguno. Es pura antinomia. No representa nada que merezca respeto. Es otro al que sólo le queda la alternativa de la sumisión o la rebeldía.
El diálogo, sean cuales fueren sus consecuencias, es otra cosa que una conversación; infinitamente más que una charla.
El diálogo supone, desde un comienzo, que las razones sectoriales no bastan y que se ha comprendido que otra instancia se hace necesaria. Que la verdad requerida se construye de a dos. Que no preexiste a quienes se reúnen, sino que resulta de esa reunión. Es fruto del acuerdo. Implica transigencia y firmeza a la vez.
Un ejercicio de la política y no del poder disociado de la política. Supone un fin superior al de los intereses parciales. Una aspiración a la convivencia que no desconoce la discrepancia como dato de la realidad pero tampoco ignora la concordancia como meta social indispensable. Es obra de la inteligencia autocrítica tanto como de la inteligencia crítica.
Hay que decirlo: al proponer el diálogo, el Gobierno va contra sus costumbres. En buena hora. Se trata de un signo de alta madurez. Veremos, de aquí en más, cuál es su consistencia.
Al convocar al diálogo, la Presidenta de la Nación ha actuado como deben proceder quienes tienen la responsabilidad de representar al Estado. El campo no debe rehuir esa convocatoria, que constituye también un logro propio.
No la rehuirá si su vocación es democrática. Se trata de optar entre el pasado y el porvenir. El presente, hasta hoy, estuvo contaminado de intolerancia.
Una cultura senil ha ejercido su intendencia en el país y ha obstaculizado el despliegue de los pasos capaces de conducir a un escenario superador. En él, lo que D’Elía representa no podrá tener más lugar. Tampoco lo que los piquetes significan.
La Argentina no sólo pierde dinero y trabajo con todo lo que ha estado sucediendo. Pierde, por sobre todo, actualidad. Pierde presente, pierde presencia. Se acantona, sometida a la vejez de sus conflictos en un mundo elemental, más cercano a los dilemas del siglo XIX que a los desafíos del siglo XXI. Se enferma de inoperancia. Acusa una desorientación que no puede sino desembocar en un extravío moral cada vez más hondo. Se fragmenta, se desarticula.
Las dicotomías reinantes destruyen el sentido de la vida democrática. Desaparece la ciudadanía y lo tribal vuelve a ganar vigencia. Es preciso, de una buena vez, capitalizar esta historia de desaciertos. Lo es en la medida en que nos importe llegar a ser una nación. Si no es eso lo que importa, entonces D’Elía y los piquetes se quedarán con la última palabra.
El autor es ensayista y filósofo