Para Daniel Miró, es conveniente recordar, respecto de la oferta, que el trigo argentino se produce en dos regiones principales de las pampas: las zonas trigueras. El área norte (Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba y el norte de Buenos Aires) representa un poco más de 40% de la producción total. La zona sur (centro y sur de Buenos Aires y La Pampa) representa un poco más de 55 por ciento. Otras áreas marginales (principalmente las provincias del norte) representan el restante 3 o 4 por ciento.
En la zona norte, cada vez más el trigo se cultiva, mediante un sistema de doble cosecha, junto con soja. Las prácticas de rotación combinan este tipo de producción con maíz. Este modelo agrícola intenso ha sido incentivado por el método de “labranza cero”. De esta manera, en la zona norte la cosecha de trigo debe ser movilizada de manera rápida y es utilizada como forma de generar recursos monetarios para fin de año, luego de la cosecha.
Además, las instalaciones de almacenamiento no abundan y la cosecha de maíz y soja, desde mediados de marzo en adelante, genera la consecuente presión física. En estas condiciones, los productores se ven forzados a vender a un ritmo acelerado o eventualmente utilizar contratos de “precios a fijar”. Estas características de comercialización son distintas de los modelos norteamericano o canadiense, en donde los productores poseen una proporción bastante mayor de la capacidad de almacenamiento y cuentan con tiempo, infraestructura y crédito suficientes.
En la zona sur, el trigo constituye mucho más una alternativa inevitable para los productores, a pesar de que el impresionante proceso de expansión de la soja está modificando esta característica. El trigo de la zona sur ha sido tradicionalmente considerado como de más alta calidad, debido principalmente a razones climáticas. Además, los productores poseen una mayor proporción de instalaciones de almacenamiento y más tiempo para manejos relativos a la calidad. Pero aun con estas condiciones más favorables, la clasificación del trigo no constituye una práctica generalizada entre los grandes o medianos productores con infraestructura adecuada. La mayoría esgrime que “la calidad no se paga”.