La crisis energética argentina es estructural, no coyuntural: se debe a dos décadas de desaciertos estratégicos que no se resuelven con sólo aumentar el precio del gas. Hay que apostar fuerte a todos los recursos energéticos desaprovechados que la Argentina posee de modo privilegiado: el eólico, el geotérmico, el mareomotriz y especialmente el nuclear, terminando Atucha II. No hay más modos de cortar la excesiva dependencia del país respecto de sus ríos y del gas, que hoy están fallando.

En los años 80 la Argentina apostó todo a la hidroelectricidad y lo pagó en apagones por sequía en 1987 y 1988. En los 90, en cambio, fue el "boom" eléctrico producido con gas a precio de regalo, fijado por productores que abrieron muchos pozos pero no invirtieron en exploración. El único factor común de ambas décadas fue la total indiferencia por los recursos renovables y la parálisis del Programa Nuclear.

El resultado es que hoy el 90% de la electricidad argentina se produce casi en mitades con agua (hoy escasa, porque volvió la sequía) o con gas (que falta porque los viejos horizontes gasíferos vienen mermando). Tuvo que terminar la recesión para que se notara este desastre disfrazado de éxito.

Es verdad que si aumentara el precio del gas la industria privada volvería a perforar más pozos. Hasta se podría llegar de los 25 por año de hoy a los 100 que se abrían rutinariamente antes de 1998. Pero la economía no puede reinventar la geología: abrir más pozos sin nuevos yacimientos a la vista es como ponerle más hornallas a una misma garrafa semi-vacía: a lo sumo puede posponer la crisis unos años sin resolverla. Lo que se necesita, en cambio, son más garrafas, es decir nuevos reservorios.

Y esto no es soplar y hacer botellas. Desde que se identifica un nuevo reservorio hasta que el gas llega a las cocinas de los usuarios —o a las turbinas de los fabricantes de electricidad— se necesitan, como promedio, siete años.

Aprovechar la crisis

Las crisis suelen ser oportunidades de cambio, aunque la Argentina suele desperdiciarlas. Ahora, a diferencia de lo que se hizo tras los apagones del 87, habría que mirar a largo plazo y diversificar la "torta" de recursos energéticos locales. Cuántas más tajadas distintas tenga, menos riesgo para el país.

Los increíbles recursos eólicos de la Patagonia —los mejores del planeta, según decenas de autores— y los de la costa bonaerense siguen casi desaprovechados.

Y sin embargo, frente a los 15.000 megavatios eólicos instalados de Alemania, o los 6.000 de España y Dinamarca, o frente a los 30.000 puestos de trabajo que genera la industria eólica en Alemania y a los réditos que genera su exportación de turbinas, la Argentina sólo tiene... 24 megavatios, y ninguna fábrica importante de equipos. Es más, con su política de despreciar el recurso y maltratar quienes lo explotan, ni siquiera recibió radicación de plantas de fabricantes alemanes de turbinas, como sí lo hicieron la India y Brasil.

En materia geotérmica, más de lo mismo, pero peor: ni se habla del tema. Pese a que la Argentina tiene un total de 42 áreas geotérmicas explotables distribuidas en todo el país, con 27 en el NOA y el NEA, 14 en la región central (incluída la de Pigüé, en la provincia de Buenos Aires) y 4 en el sur. Ni siquiera los Estados Unidos o México, países con 2.700 y 900 megavatios eléctricos geotérmicos respectivamente, tienen recursos tan extensos y "a tiro" de la demanda.

El poder del mar

El rubro mareomotriz es otro tema ignorado olímpicamente por los argentinos pero explotado abundantemente por Francia, Rusia, Canadá, China y la India. La costa patagónica, sin embargo, ofrece "sitings" excelentes. Allí la amplitud mareológica excede los 4 metros que marcan la diferencia entre rentabilidad positiva y tinta roja para cualquier empresa eléctrica.

Para el caso, Puerto Deseado tiene mareas que llegan a los 5,6 metros, San Antonio Oeste a los 11 metros, Río Gallegos a los 12,7 metros en el Muelle del Turbio, y San Julián a los 8,7 metros en el del Fri.

El combustible de las centrales nucleares se produce íntegramente en Argentina, con empresas y tecnologías estrictamente propias, fruto de décadas de paciente investigación y desarrollo local. No hace falta esperar que caiga del cielo, como la lluvia... o como las inversiones en exploración y distribución.

Es infraestructura intelectual y física que está y tenemos y hemos pagado en varias generaciones. Sólo hay que usarla.

La central nuclear de Atucha II está terminada en un 80% y con todos los componentes comprados. Le faltan únicamente horas de montaje y puesta en marcha, lo que tomaría unos tres años e insumiría entre 430 y 560 millones de dólares. De esta cifra, además, no haría falta sacar del país un solo centavo. Se puede hacer con la capacidad ociosa del Programa Nuclear argentino, que pese a sus triunfos en el exterior protagonizados por la firma INVAP, agoniza de pobreza y abandono en su propia casa.

Los 700 megavatios de Atucha II, con un factor de capacidad estimativamente superior al 90% y ubicados en la zona de máximo consumo del país, pueden producir tanta electricidad anual como 1.500 nuevos megavatios hidroeléctricos instalados sobre el Paraná y paliarían casi con exactitud el déficit de producción de hoy. Si hasta 2002 el abandono de esta obra era "apenas" una vergüenza, hoy sería un suicidio económico y político. Junto a la inminente campaña de ahorro energético a rajatabla y la perforación de nuevos pozos de gas, Atucha II no es un mero salvavidas: es un barco.

En suma, lo que pide la crisis es que el país vuelva a tener un programa energético propio, diversificado, y apoyado más en la materia gris que el oro negro.

*Gustavo Bianchi es actual vicepresidente de Tecnología de San Antonio Pride, ex director de Tecnología de Repsol-YPF, ex investigador en materiales de la CNEA.