En muchos casos, los niveles de proteína y gluten se ubicaron por debajo de lo habitual, dando lugar a lo que en el sector se conoce como semillas “flacas”. Este fenómeno se explica por la dilución de proteína cuando el incremento en la producción no es acompañado por una adecuada nutrición, especialmente en términos de nitrógeno.

Semillas “flacas”: menos vigor, más riesgos

Aunque en laboratorio estas semillas pueden mostrar buenos niveles de germinación, en condiciones reales el comportamiento suele ser distinto. La menor calidad fisiológica se traduce en una emergencia más lenta y despareja.

Este escenario tiene impacto directo en el lote: se generan plantas dominantes y dominadas, con diferencias en acceso a luz, agua y nutrientes. Las más retrasadas terminan aportando menos al rendimiento final, afectando la productividad global.

Además, el menor vigor aumenta la vulnerabilidad frente a patógenos del suelo. Al prolongarse el tiempo de emergencia, la semilla y la plántula quedan más expuestas a enfermedades y plagas. A esto se suman posibles situaciones de estrés como heladas tempranas, sequía o planchado de suelo, donde una semilla debilitada tiene menor capacidad de respuesta.

El tratamiento de semillas gana protagonismo

Frente a este contexto, el tratamiento profesional de semillas se posiciona como una herramienta clave. No solo permite proteger frente a patógenos, sino también fortalecer el arranque del cultivo en una etapa crítica.

Desde el punto de vista técnico, se recomienda la combinación de tecnologías que actúen de manera complementaria. En ese sentido, la integración de soluciones como Rizoderma SX —un fungicida biológico con acción complementaria de carboxamidas— junto con Vitagrow TS —con efecto bioestimulante, antiestrés y detoxificante— permite mejorar la emergencia y la sanidad inicial del cultivo.

Más raíces, mejor implantación

Ensayos a campo muestran que el tratamiento combinado potencia una emergencia más rápida y uniforme, además de favorecer un mayor desarrollo radicular desde las primeras etapas. Esto se traduce en una mejor capacidad del cultivo para captar nutrientes desde el inicio, incrementando las probabilidades de éxito.

En campañas donde la calidad de la semilla puede ser una limitante, el manejo desde el arranque se vuelve determinante. Lograr un cultivo vigoroso, homogéneo y bien protegido desde la implantación es hoy uno de los principales desafíos para sostener altos niveles de productividad en trigo.