El kirchnerismo es un movimiento que sólo entiende la política en clave binaria. Entre el blanco y el negro, el amigo y el enemigo, la patria y los intereses extranjerizantes, los buenos y los malos, no existen matices. Esa infinita gama de grises que cualquiera con un mínimo de realismo percibe en todas las manifestaciones diarias, resulta desconocida para los seguidores del santacruceño muerto y los de su mujer.

Esperar equilibrio y mesura de los K luego de un revés como el de hace una semana y media es algo así como pedirle peras al olmo: un esfuerzo baldío, condenado de antemano al fracaso. Lo que hubo fueron diatribas indiscriminadas. Desde la “me cago en los votos”, del siempre locuaz Aníbal Fernández hasta la compadrada “Massita es el personero de la oligarquía”, del inefable Kunkel. Sí, se dieron el gusto de gritar sus infundios y se sacaron las ganas de despotricar contra un blanco, el intendente de Tigre, que debe rezar a diario para que sus furiosos opugnadores, con Cristina Fernández a la cabeza, no se aparten de la senda que han decidido recorrer.

Pasados diez días de las elecciones, circulan al menos dos encuestas, una de Hugo Haime y otra de Federico González que muestran un crecimiento del de Tigre de entre 4 y 8 puntos, al mismo tiempo que un estancamiento de Martín Insaurralde cuyo techo electoral el 27 % que obtuvo el domingo 11 parece difícil de perforar.

Con lo cual, en caso de confirmarse la mencionada tendencia, no sería de extrañar que antes de habilitarse las urnas, el próximo 27 de octubre, la diferencia entre Sergio Massa y Martín Insaurralde pase de 5 % a más de 10 %. Habrá que leer, entonces, con cuidado y seguir con atención cuanto exponen los relevamientos preelectorales de ahora en adelante. Menos para saber quién ganará y quién perderá, pues eso ya está decidido y no va a cambiar, sino por cuánto ganará quien ya ganó y por cuánto perderá quien ya perdió.

Como nadie puede conocer a ciencia cierta cuáles serán las cifras finales de los comicios venideros, por lógica consecuencia tampoco nadie está en condiciones de predecir qué tanta disciplina habrá en los bloques del FPV a fines de octubre. Siendo así, el discurso kirchnerista con los respectivos análisis de que, aun en la derrota, el gobierno conservará el dominio del Congreso es una típica baladronada o forma parte de un plan de acción psicológica para mantener prietas las filas y no dar el brazo a torcer antes de tiempo.

Lo más probable es que si el intendente de Tigre le saca una ventaja de 10 ó más puntos al de Lomas, y la derrota del FPV se transforma en una catástrofe, el peronismo no se siente en la puerta de su casa a ver como se desangra Cristina Fernández, sin intervenir. Si pudiesen sacarse a la luz los llamados y las reuniones con Sergio Massa de algunos de los más encumbrados gobernadores e intendentes del PJ, que hasta aquí han aceptado sumisos las órdenes de Balcarce 50, se podría entender más fácilmente a qué nos referimos.

El peronismo es un volcán en ebullición. Estuvo dormido por espacio de diez años en la  medida que había un jefe exitoso que reivindicaba con éxito el monopolio de la conducción y del poder. Al cambiar el contexto y eclipsarse esa jefatura, todo es negociación, nerviosismo, ansiedad y hasta conspiración en su seno. Nadie tiene intenciones de juzgar a Cristina Fernández pero, al mismo tiempo, nadie está dispuesto a seguirla en su ocaso integrantes piensan en términos de 2015 y ninguno no importa cuánto declamen su obediencia estricta a la señora derramará una lágrima cuando deba cederle su lugar al nuevo conductor, afirman los analistas políticos Massot y Monteverde en su informe semanal

Las preguntas sobre cuántos votos habría necesitado para llevar adelante una reforma constitucional, cuántos senadores y diputados conservará el FPV o si resultaba constitucional un plebiscito para motorizar la re-re, han cedido paso a otras que nada tienen que ver con aquellas.

Lo que todos quieren saber y de lo que se habla y discute en los mentideros, en las reuniones, en los bares y en las casas donde interesan los temas políticos es cómo seguirá la historia cuando el kirchnerismo asuma íntimamente, aunque no lo reconozca en público, la naturaleza de su derrota.

¿Sería capaz de desconocer la presidente un fallo adverso de la Corte Suprema respecto de  la ley de Medios? ¿Se animaría a intervenir Clarín? ¿Estaría dispuesta a rechazar la sentencia y  maltratar verbalmente a los jueces de la Cámara de Apelaciones de Nueva York que, en cualquier momento, decidirán la cuestión de los holdouts? ¿Dejaría que Axel Kiciloff y Guillermo Moreno asuman la dirección de la política económica para imponer un plan de carácter intervencionista, más parecido a los del chavismo que a cuanto nos ha acostumbrado el kirchnerismo hasta ahora?