Es hora de sincerarnos. Como el General nos enseñó, la única verdad es la realidad y ésta que hoy nos envuelve no nos devuelve la imagen que proyectamos en nuestros sueños.

Nada de lo que hasta ayer nos conmovía se mantiene en pie. Es fácil recurrir al recurso de echar culpas afuera. Siempre se encuentra algún chivo expiatorio, pero no parece sensato el camino. Lo cierto es que los resultados están a la vista para quienes los quieran y puedan ver.

Lo ocurrido este domingo era previsible, vistas las cosas ya sin apasionamiento y en función de lo que viene sucediendo hace ya un largo tiempo. La derrota nos debe hacer reflexionar y aceptar que, como todo en la vida, los ciclos se cierran de manera inexorable y bueno es, ante la inminencia del fin, administrar su conclusión ordenadamente. No se debe, pero ahora tampoco se puede, pues los resultados ya no acompañan, ceder a la tentación de forzar la duración del ciclo armando y desarmando, ya sin lógica alguna, sumando lo que, racionalmente, no puede convivir un solo minuto en el mismo terreno.

No quiero extenderme demasiado, me duele esta confesión. Yo creí como muchos en este proyecto, pero definitivamente acepto que el final está a la vista. La estrategia de doble poder, no funcionó y aceleró notablemente los tiempos del atardecer. Más allá de la expulsión de Mouche, aceptemos que Independiente nos ganó bien.

Reconozcamos que juntar a Viatri, al Titán y a Figueroa en el terreno es unificar lo imposible, en un gesto desesperado e impotente y, finalmente, aceptemos la debacle de la convivencia forzada del poder real en manos de Carlos Bianchi y el formal y cada vez más insustancial recayendo sobre el pelado Ischia.

Este doble comando es ya, como señalaba Gramsci, “parte de lo viejo que debe morir para que lo nuevo pueda nacer”. Compañeros y compañeras, nuestro amado Boca Juniors necesita un cambio y de manera urgente. No estiremos inútilmente la agonía. ¡Y dale, y dale, y dale Boca, dale!

* Director de la consultora Equis