Y lo sorprendente es que no solamente ocurre esto en el ámbito nacional, sino también en todas partes de este convulsionado mundo. La incertidumbre se basa en no poder predecir o estimar que es lo que puede pasar en las próximas semanas. Nadie sabe que ocurrirá con el precio del petróleo. Todavía resuenan en nuestros oídos las palabras de los analistas que cobraban millonarias sumas en concepto de honorarios profesionales indicando que el oro negro llegaría a 200 dólares el barril. Hoy cotiza por debajo de los 60 dólares. También leíamos en los principales medios gráficos del mundo –y en especial en Argentina- cuando todos vaticinaban que los comodities agropecuarios habían entrado en un camino de suba de precios, difícilmente reversible. En ese momento la soja en Chicago cotizaba 600 dólares la tonelada, hoy cotiza a tan solo 330 dólares. Y así podemos analizar producto por producto y en todos los casos pasó algo similar. Esta incertidumbre al futuro crea desconfianza en los productos en los cuales uno puede invertir sus dineros. Hoy nada parece rentable, ni especulando ni invirtiendo en algo productivo. Nadie confía en las medidas salvatorias que están implementando todos los países fuertes del mundo. Pocos creen que esta debacle económica financiera haya terminado, al contrario, muchos indican ahora que continuaría al menos hasta mediados del año 2009. Incertidumbre, desconfianza trae aparejado el temor. Temor al presente, al futuro, a medidas que puedan tomar los gobiernos, al tener menos dinero, a que nuestras propiedades inmobiliarias y mobiliarias cada vez valgan menos, a tener un negocio deficitario, a poder llegar a perder nuestro trabajo, a que nuestras familias tengan que comenzar a ser austeros para no gastar de más comenzando con privaciones no imaginadas, etc. Y como última sensación y quizás una de las peores es la incredulidad. Ya la gente no cree en nada ni en nadie. Todos hablan e indican que puede pasar, pero nadie les cree. Los gobiernos prometen medidas de salvataje pero luego las desmienten o cambian –como ocurrió con EEUU en las últimas horas- generando un tsunami de ventas en todas las bolsas de inversión. Nadie quiere invertir su escaso dinero por miedo a perderlo todo, porque nadie cree que hoy exista un negocio seguramente rentable.
Este panorama es lo que todos estamos viviendo en cualquier país medianamente civilizado del mundo. Lógicamente y aunque no lo parezca, la Argentina está en ese mundo y por ende, todas las sensaciones descriptas las tenemos “magnificadas”. La economía nacional se encuentra inmersa en un freezer de dos puertas, cerrado con candado. Nadie compra y nadie puede vender nada. Nadie puede cobrar sus cuentas porque al no poder vender, pocos son los que honran sus deudas y las pagan a tiempo. La cadena de pagos comercial se encuentra cerca de un momento de corte peligroso. Nadie invierte y menos si tiene dinero en el extranjero, porque hoy es muy difícil encontrar algún negocio que sea medianamente rentable.
Por todo lo descripto, entendemos que para salir de esta crisis global, será muy importante que las sensaciones de las que hemos hablado vayan cambiando –aunque sea lentamente y quizás lo recomendable- por otras como son la certeza, la confianza, la credulidad.
Al menos, que pase en el extranjero, que después nosotros que como siempre jugamos otro partido, con el tiempo podemos llegar a contagiarnos. Y que es tiempo sea el más corto posible. Amén.
Por Alejandro Ramírez
Analista Agropecuario