En diciembre pasado, Néstor Kirchner había decidido acompañar y no conducir. La vocación, sin embargo, resultó efímera. Monitoreó primero los nombres del gabinete de la Presidenta y mantuvo después el contacto con los funcionarios, el control de los números y la jefatura política.
Nunca consideró a Martín Lousteau uno de los suyos. Sólo aprobó su designación ante la insistencia de Cristina Kirchner y Alberto Fernández. "Hagan lo que quieran", les dijo tras algunas discusiones.
Tras el roce con los Estados Unidos por la valija de Antonini Wilson, el frustrado salvataje en la selva colombiana y algunos rastros crecientes de inflación, Néstor Kirchner comenzó a considerar fundamental que fuera él quien controlara los avatares argentinos con creciente discrecionalidad.
Así, llamó alguna vez a Lousteau y le ordenó qué acciones debía realizar con ciertos papeles. Nunca perdió el contacto ni con Julio De Vido, a quien considera elogiosamente "un obrero", ni con Alberto Fernández. Y sumó a la lista de confiables a Florencio Randazzo. Con todos era capaz de hablar en un día más que la Presidenta.
Notó, lógicamente, que el crecimiento de su figura opacaba a Cristina, pero juzgó que el daño que provocaba su omnipresencia resultaba menor que el que podía causar su ausencia, revelaron a LA NACION fuentes que discuten sobre política con el ex presidente.
El quiebre se produjo con el estallido del conflicto con el campo. "Néstor es un tipo que considera que perder equivale a morir. Por eso cree que si cede con el agro su proyecto empezará a morir", explicó un peronista que lo conoce desde hace años.
Kirchner adjudicó el conflicto a un error de Lousteau y de Alberto Fernández, en ese orden.
"A Martín empezó a maltratarlo", relató un allegado al ex presidente. Lousteau lo percibió y renunció cuatro veces, según confió un amigo del ahora ex ministro. Lo contuvieron la Presidenta y Fernández. Probablemente se enteró, también, de que en Puerto Madero lo llamaban "el Pibe" y de que bromeaban con que en medio de las negociaciones con el campo a él lo habían "mandado al pelotero", mientras Guillermo Moreno repartía órdenes.
En el medio, trascendió que Néstor Kirchner había convocado a Martín Redrado, que Moreno había tentado a Guillermo Nielsen y que José López había consultado a Carlos Melconian. La lectura del ambiente político fue que Kirchner se había puesto al frente de los halcones del Gobierno para desgastar a Lousteau.
La frase con la que Moreno intentó convencer a Nielsen resultó llamativa: "Para los peronistas, el ministro soy yo, pero necesitamos un blanquito para la clase media, y el mejor sos vos". Lo contaron tres dirigentes de excelente relación con el embajador en Alemania. Los tres creyeron ver lineamientos de Kirchner más allá de la sinceridad dialéctica de Moreno.
Detrás de Moreno
Otra muestra del poder de Kirchner se advirtió en el conflicto con el campo. Alberto Fernández se sentó a dialogar con los ruralistas, pero Moreno apareció luego para provocarlos con el cierre de las exportaciones. Los dirigentes del agro intuyeron que detrás de Moreno estaba Kirchner. Una ex funcionaria de Economía confió que todo Hacienda tomaba las órdenes de Moreno como máximas del ex presidente.
Desde que asumió Cristina Kirchner, las discusiones políticas sensibles se mantuvieron siempre entre pocos: Alberto Fernández, Carlos Zannini, Néstor y Cristina. Es la misma mesa chica del gobierno de Néstor Kirchner. Antes, podían pelearse a gritos, pero para afuera mostraban una idea monolítica. Cuando definía Néstor, los demás acataban. Ahora debía decidir Cristina, pero Néstor no siempre acató. Olivos empezó a ser el escenario de las reuniones por una cuestión simbólica: ni él puede mostrarse por la Casa Rosada ni ella por Puerto Madero.
El ex presidente, además, mantuvo su ascendiente sobre la dirigencia. Un ejemplo fue la disputa de Mario Das Neves con Alberto Fernández. Tras una discusión de Kirchner con Fernández, el nuevo cacique del PJ lanzó: "Alberto me tiene las pel... hinchadas". Al calor de una discusión sobre políticas de gobierno, nada curioso. Pero Das Neves, molesto porque Fernández no firmaba el envío de unas partidas a Chubut, entendió que surgía ahí una grieta, de acuerdo con el cuento de allegados al gobernador. Aprovechó la situación y pidió la renuncia del jefe de Gabinete. Lo premiaron con una secretaría en el PJ.
Semejante dualidad acrecentó el estrés de los principales funcionarios. Más de uno dice hoy por lo bajo que no descarta renunciar. Aunque todos se quedan, al final. Como Néstor Kirchner, que, en el fondo, nunca se fue.
Por José Ignacio Lladós
De la Redacción de LA NACION