Las presiones son insoportables, aceptó uno de los principales encuestadores
del país. Gobernadores peronistas pidieron en la cima misma un cambio de
gabinete, que sea capaz, dijeron, de darle oxígeno a la administración y de
dotarla de nuevas expectativas. Legisladores kirchneristas debieron cancelar
este fin de semana viajes al interior de sus provincias, porque fueron
advertidos de que recibirían duras críticas.
La Presidenta y su gestión tienen un grado de aceptación popular que ronda sólo
el 40 por ciento, según casi la unanimidad de los encuestadores consultados.
Casi la unanimidad, también, ha pedido reserva de su nombre. La única excepción
fue Graciela Römer, que acaba de concluir una medición sobre el Gobierno. La
gestión presidencial de Cristina Kirchner tiene sólo el 38 por ciento de
imagen positiva, según esa encuesta (de la que se informa en la página 12).
La consultora Poliarquía medía la gestión presidencial con el 47 por ciento
de aceptación antes de la crisis con el campo. Seguramente la Presidenta ha
perdido 10 puntos en estos días , subrayó un funcionario nacional.
Estaríamos en tal caso en un porcentaje parecido al de Römer, de acuerdo con
los movimientos de una sociedad -es cierto- muy volátil. Cristina retiene, así
las cosas, el bloque duro del peronismo, cuyo piso estuvo siempre en el 35 por
ciento.
Los encuestadores más cercanos al oficialismo le han acercado al Gobierno
cifras parecidas. Sólo han contado vagamente esos resultados ante funcionarios
o legisladores oficialistas. La caída es tan pronunciada que no se puede
mostrar , alertó uno de ellos. No se trata sólo de Cristina Kirchner. Ya
antes de perder los aderezos del poder, también Néstor Kirchner había
descendido de las cifras celestiales que tanto le gustaban; la crisis ya se
vislumbraba entonces.
¿Qué ha precipitado las encuestas? El castigo y el látigo siguen ocupando el
lugar de la política. El Gobierno ha perdido la práctica de hacer política.
Los Kirchner prefieren las decisiones encerradas, de las que no participan ni
sus propios adherentes. Los legisladores oficialistas andan como zombis en el
Congreso; no saben ya por qué luchan ni qué bandera quedó en pie entre tanto
fárrago. Nadie los llama, salvo cuando la administración necesita una
perentoria decisión parlamentaria.
Legisladores oficialistas han discrepado con los métodos del Poder Ejecutivo,
pero nadie los oyó decir esas críticas. En sus provincias, muchos de ellos
deben disimular sus presencias o concurrir sólo a lugares seguros para no
someterse a probables increpaciones.
Hay, en definitiva, un divorcio marcado entre la sociedad política y la
sociedad civil. La participación, la distensión y el diálogo podrían cambiar
el clima. Pero, ¿saben los Kirchner gobernar bajo otras condiciones que no sean
las de una estricta disciplina?
Algunos gobernadores han dicho en público sus diferencias. El chubutense Mario
Das Neves insistió en ellas delante de la cresta misma del poder y se animó,
además, a reclamar un cambio en el equipo de colaboradores de la Presidenta. A
Carlos Reutemann le han reconocido siempre una virtud: es uno de los pocos políticos
que caminan y hablan con la gente común. Los reparos públicos que le hizo al
gobierno nacional forman parte de su percepción personal del estado de ánimo
social. ¿El actual senador tiene campos de soja, como le reprocha el Gobierno?
Los tiene. Eso no les quita autenticidad a sus palabras.
La crisis política y de popularidad que enfrenta la administración sucedió
después del conflicto con el campo. La administración es indiferente a esa
constatación. El campo siguió bajo el régimen del castigo kirchnerista. Todos
los funcionarios fueron conminados a no hablar con sus dirigentes después de
que éstos lograran levantar el paro. Habían sido demasiado duros en sus
discursos de Gualeguaychú para el paladar de los Kirchner.
El mal humor del campo
Encerrado en sí mismo, el Gobierno no tuvo en cuenta la situación de los otros.
¿Podían los ruralistas ir a ese tipo de asambleas con un discurso blando para
lograr una decisión blanda, como fue la suspensión de la huelga? ¿Acaso los
dirigentes agropecuarios no se olvidaron de las agresiones oficiales para
rescatar sólo la convocatoria al diálogo?
La política es así. De hecho, los dirigentes rurales habían sido llamados
golpistas por la propia Presidenta en el acto de Plaza de Mayo, donde sólo le
habló a la Plaza de Mayo. Las alusiones a los golpes de Estado deberían
tomarse con más seriedad en un país que los sufrió tanto y durante tanto
tiempo.
Sobre el fin de semana, el mal humor volvía a percibirse entre los dirigentes
agropecuarios. El paro se había levantado y nadie los llamó. En el fondo, los
gestos de distancias y de dilaciones, aunque no las palabras, expresaban cierto
triunfalismo oficial. Nunca hubo un análisis objetivo del conflicto dentro del
Gobierno. Ese era uno de los problemas.
Otro problema consistía en que los ganaderos quieren volver al paro mañana
mismo: envíos de carne al exterior estaban siendo desembarcados por orden del
Gobierno.
Las exportaciones de unos dos millones de toneladas de trigo seguían cerradas.
Guillermo Moreno dio esas órdenes. Lousteau, su jefe formal, no sabía nada. A
los ganaderos estuvo dedicado el gesto público de Moreno de cortarle la cabeza
a alguien. A pesar de ello, era Lousteau el funcionario más criticado en los círculos
agropecuarios. Quizá no esperaban de parte de él lo que dan por descontado de
parte de Moreno.
Carne y trigo habían sido levantados por la Presidenta como las cosas buenas
del campo frente a la "plaga" de la soja. Atardecía el viernes último
cuando se oyó a un importante dirigente agropecuario: El Gobierno no conoce
la dimensión del conflicto social. Nosotros tenemos el aliento en la nuca ,
dijo. Y remató: Así, el paro volverá en 30 días .
El único que entrevió el tamaño del conflicto fue Hugo Moyano, que le aclaró
a Néstor Kirchner que los camioneros cortarían las rutas, pero no enfrentarían
a los productores. Esos están todos armados , le explicó con preciso
conocimiento de las circunstancias y de los hombres. El enfrentamiento llegó a
esos niveles de crispación. ¿Por qué? ¿Qué cosa dejó tantas heridas? Después
de todo, las principales variables de la economía no han dejado de crecer.
D´Elía y las encuestas
No obstante, las clases medias urbanas y rurales parecen haberle retirado la
confianza al Gobierno, empujadas no sólo por el conflicto con el campo. También
influyó de manera determinante la inflación, irresuelta y agravada, y las
fuerzas de choque enviadas por el Gobierno para disolver manifestaciones
opositoras.
Entre Luis D Elía y las encuestas hay una incompatibilidad permanente. O se lo
exhibe a D Elía o se hacen encuestas. Ningún escalón es, además, el último
para ninguna sociedad. Cualquier comunidad de personas reclama siempre un poco más.
Algunos encuestadores le explicaron al Gobierno que la culpa de sus desdichas es
de los medios y de los periodistas. ¿La gente común necesita que los
periodistas le cuenten que hay inflación? ¿Cómo esconder a D Elía?
La Presidenta ha pedido comprensión para un gobierno de poco más de cien días.
La sociedad no está evaluando una gestión de tres meses, sino una de cinco años.
Cristina Kirchner perdió la oportunidad de dar una imagen de cambio cuando
confirmó a casi todo el gabinete de su esposo. Para peor, en el primer mes de
gestión de la actual presidenta, Néstor Kirchner tuvo más protagonismo público
que ella.
El conflicto de Cristina Kirchner no es su condición de mujer, sino la
instalación en el imaginario social de la continuidad de una gestión y de unos
métodos que ya estaban dando, mucho antes, signos evidentes de fatiga.
¿Perciben en el vértice del mando estas debilidades y aquellas complejidades?
¿O, en cambio, se consideran dueños de la victoria y de sus derechos? Si la
situación fuera esta última, estaríamos ante una estirpe política reacia a
percibir los cambios sociales, demasiado cómoda durante demasiado tiempo dentro
de una burbuja.