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De un lado, el gobierno expone sus argumentos presentando cálculos de los precios al productor que resultan de la aplicación de las retenciones, expresados en dólares corrientes. Del otro lado, los que protestan hablan de costos crecientes y rentabilidad. Parece que los principales actores del conflicto hablaran de cuestiones diferentes y, de hecho, es así. Ocurre que hoy en día expresar en dólares corrientes un precio que rija en el futuro informa poco sobre el futuro precio relativo local o la futura relación precio-costo. El tipo de cambio real que regirá en el futuro es actualmente más incierto que nunca antes desde 2003. Claro está que esto no es la principal motivación del conflicto, pero hace su contribución.

Durante bastante tiempo, la principal característica atribuida por el gobierno a la política económica fue la preservación de un tipo de cambio real competitivo y estable. Esta caracterización se desdibujó más recientemente, en coincidencia con una creciente indefinición de los lineamientos más generales de la política macroeconómica. El discurso del gobierno sigue mencionando positivamente un tipo de cambio competitivo, pero el punto suele presentarse solamente a la defensiva, en contraposición con quienes reclaman que el Banco Central deje de intervenir en el mercado y permita la caída del tipo de cambio nominal. En la práctica, la política cambiaria reciente ha consistido en mantener la cotización del dólar entre $ 3,05 y 3,10 desde enero de 2006 hasta julio de 2007, y alrededor de $ 3,15 entre esa última fecha y la actualidad. La preservación de un tipo de cambio real competitivo es un compromiso que asume la política económica para estimular la producción, la inversión y el empleo en las actividades exportables y en las actividades que compiten con importaciones. Procura inducir a los agentes a desentenderse de la evolución del tipo de cambio nominal, en el entendido que las autoridades conducirán la política cambiaria para preservar la rentabilidad observable en las condiciones presentes. Les dice a los agentes que deben confiar en la estabilidad del tipo de cambio real competitivo, aunque no exista una regla explícita al respecto. La preservación de la competitividad es una orientación cualitativa de la política cambiaria. Así expresada, no se traduce sencillamente en una fórmula de cálculo. Para instrumentarse, la noción tiene que ser operacionalizada. Para simplificar la cuestión con un ejemplo, consideremos exclusivamente el tipo de cambio real en relación con los Estados Unidos, denominado tipo de cambio real bilateral con esa economía. Esta medición intenta evaluar la evolución de la competitividad de los bienes y servicios argentinos en comparación con los bienes y servicios norteamericanos. Dado cierto precio del dólar en el mercado cambiario argentino, la competitividad argentina aumenta -la moneda argentina se devalúa en términos reales- si los precios en los Estados Unidos aumentan más que los precios en la Argentina. Por lo mismo, la competitividad argentina se reduce -la moneda se aprecia en términos reales- si los precios en la Argentina aumentan más que los precios en los Estados Unidos. Así, la evolución del tipo de cambio real bilateral con los Estados Unidos depende positivamente de la evolución de la cotización del dólar en el mercado local y de la inflación norteamericana y depende negativamente de la inflación en nuestro país. Para operacionalizar los cálculos se usan normalmente los índices de precios al consumidor en las dos economías. Son cálculos gruesos, pero la fórmula podría servir de guía a la política cambiaria, que tendería a mantener estable el tipo de cambio real bilateral. Para evaluar la evolución de la competitividad de la economía con el resto del mundo, la medición del ejemplo precedente se debe generalizar al conjunto del comercio exterior. Se deben tomar en cuenta los tipos de cambio de las diferentes monedas y las evoluciones de los precios en cada una de esas áreas monetarias o países. El indicador habitual es el tipo de cambio real multilateral. Este es un promedio de los tipos de cambios reales bilaterales con los países y áreas del resto del mundo, ponderados por las respectivas proporciones de esas áreas y países en nuestro comercio internacional. En el numerador entran los tipos de cambio de las diferentes monedas y los índices de precios de los países y áreas monetarias del resto del mundo. El denominador es el índice de precios al consumidor de nuestro país. Aunque los cálculos que miden la evolución del tipo de cambio real multilateral son aún más gruesos que los de los tipos de cambio bilaterales, la evolución del tipo multilateral es normalmente mejor indicador general de la trayectoria de la competitividad y mejor guía de la política cambiaria. La preservación del tipo de cambio real multilateral aparecía hasta hace un tiempo como la regla implícita que instrumentaba el enunciado de política del gobierno. Pero el seguimiento de la evolución de la competitividad mediante el tipo de cambio real multilateral y la capacidad de este indicador para servir de guía a la política cambiaria se complicaron recientemente por tres causas. Primero, la abrupta depreciación del dólar y la mayor fluctuación del resto de las monedas. Estas variaciones no impactan uniformemente en el comercio internacional del país. Por ejemplo, los cambios afectan diferencialmente exportaciones e importaciones y distintos sectores, reduciendo la calidad del tipo multilateral como índice de competitividad. Segundo, los precios de una significativa proporción de nuestras exportaciones se establecen en mercados mundiales denominados en dólares, de modo que los precios locales de los países de destino final de las exportaciones son poco relevantes para el indicador de competitividad. Tercero, pero primus inter pares , la inflación se aceleró y el IPC oficial perdió representatividad como indicador de la evolución de los precios en nuestra economía. Esas circunstancias se combinaron con la mencionada imprecisión de las políticas macroeconómicas para inducir la mayor incertidumbre sobre la evolución futura del tipo de cambio real que experimenta nuestra economía desde 2003. Claro está que esta cuestión no fue el factor principal del conflicto agropecuario, pero considero el conflicto como un llamado más de atención que urge una redefinición consistente de las políticas macroeconómicas.

En particular, la redefinición debe incluir la afirmación y adecuación de la política de tipo de cambio real competitivo y estable a las condiciones actuales de los mercados internacionales. Obviamente, el freno a la inflación debería ocupar un lugar central entre los objetivos de redefinición. Y como venimos insistiendo, ese relanzamiento de la política económica difícilmente podría hacerse sin resolver de manera clara y creíble la medición de los precios por parte del Indec.

Por Roberto Frenkel
Para LA NACION


El autor es investigador titular del Cedes y profesor de la UBA.