Entre nostalgias de la campaña electoral y urgencias de la gestión, la presidenta Cristina Kirchner irrumpió ayer frente a una Plaza de Mayo llena para defender a su gobierno y denunciar que detrás del paro del campo se esconde un intento golpista.
Los invitados al palco más grande que se recuerde en un acto político local aplaudieron cada frase de un discurso de 27 minutos en el que la Presidenta se retrató como una víctima: "Nunca había visto en tan corto tiempo tantos ataques a un gobierno surgido del voto popular, nunca tantas ofensas, tantos insultos". Añadió que eso ocurría por su condición de mujer.
Así empezó. Enseguida comparó la protesta de los ruralistas que desafían sus medidas impositivas con el lockout empresario que precedió el golpe militar de 1976. "Esta vez no han venido acompañados de tanques; esta vez han sido acompañados por algunos generales multimediáticos." Sus alusiones a la prensa incluyeron una airada queja por un dibujo del artista Hermenegildo Sábat (publicado ayer en Clarín ): dijo que se trataba de un mensaje "cuasi mafioso". También recomendó a los periodistas "informar sin crear antagonismos".
La puesta en escena del apoyo peronista, sindical y de partidos aliados introdujo otro giro en el tono de Cristina Kirchner. Lo que el lunes fue un llamado al diálogo a los sectores en conflicto ayer se convirtió en una furibunda refutación de la protesta. Los dirigentes a los que el día anterior ofreció mejoras impositivas pasaron a ser impulsores de un golpe.
Y, tal vez bajo el influjo de la tribuna, reflotó una promesa olvidada en octubre: convocó a empresarios y sindicatos para empezar el 25 de mayo con el "gran acuerdo social" sobre el que había hecho eje su campaña presidencial. Fuentes oficiales indicaron que ése debía considerarse el punto central del discurso. Una consecuencia de la consigna de la manifestación ("por la tolerancia y la convivencia"). Quedó diluido entre las críticas al paro y el pedido de respaldo a su gestión.
Ayer era urgente mostrar unidad en el oficialismo y "recuperar la calle", decían ministros y gobernadores que esperaron dos horas en un salón de la Casa Rosada el inicio del acto. La referencia a "la calle" refiere al desgaste que significó para la Presidenta la protesta de 20 días en las rutas y los inesperados cacerolazos urbanos.
Fue la primera vez que la Presidenta adoptó casi como un calco el estilo discursivo de su esposo, Néstor Kirchner. Usó frases épicas que tenían marca registrada: "Les pido que me ayuden", "necesito la fuerza del pueblo argentino". También agradeció a los militantes que ocuparon la Plaza de punta a punta que hubieran ido a "apoyar el gobierno nacional y popular" y a "defender a la Argentina".
Cristina Kirchner habló bien cerca de su esposo y rodeada por 15 gobernadores, toda la primera y segunda línea del Gobierno, más de 100 legisladores oficialistas, líderes piqueteros aliados al poder y la CGT casi en pleno (salvo la notoria ausencia del jefe del sindicato de peones de campo y de las 62 Organizaciones, Gerónimo Venegas). Casi 500 dirigentes en escena.
Presencias estelares
Hugo Moyano fue una presencia estelar, alentado por la gigantesca columna de camioneros que ocupó la parte de adelante de la Plaza. Funcionarios hacían fila para saludarlo en la antesala del palco. El piquetero Luis D Elía fue otro de los que más gente movilizaron, aunque con él los ministros fueron menos pródigos en el abrazo. Además, se veían banderas y cientos de colectivos pintados con los nombres de los principales intendentes del conurbano.
Ministros y gobernadores coincidían en calificar la manifestación de ayer como la mayor demostración de fuerza del kirchnerismo en cinco años. Eso no ocultaba otro costado, más reservado, del humor kirchnerista: una creciente autocrítica por la gravedad que alcanzó (o se dejó que alcanzara) el conflicto con el campo.
La resurrección del pacto social podría operar como una vía para acomodar el rumbo una vez que la huelga termine, analizaban anoche dos hombres relevantes del Gobierno.
Pero ayer, en el cuarto discurso pronunciado en medio de la crisis, la Presidenta soltó su vena más dramática para forzar el fin del paro rural, algo que, se prevé, ocurrirá hoy. "Ese pasado que quiere volver no va a poder porque ha cambiado la Argentina, pese a los que solamente quieren insultar y agraviar", enfatizó.
A los dirigentes ruralistas los cuestionó en conjunto y por separado. En especial le dedicó un párrafo, sin nombrarlo, a Eduardo Buzzi, de la Federación Agraria y ex aliado del Gobierno: "Cuando uno escucha a algunos dirigentes que dicen pertenecer al campo del pueblo y representar a los pequeños productores, digo yo: ¿se puede representar al pueblo y enorgullecerse de desabastecerlo?".
Fue el prólogo de su nuevo llamado a terminar la protesta. "Convoco a todos, aun a los que agravian e insultan: dejen las rutas para que se despejen y los argentinos puedan acceder a los alimentos; las fábricas, a los insumos; los comercios, a las mercaderías."
Apurada por la tormenta que se veía venir, la Presidenta cerró su discurso con otra apelación a "la tolerancia" y a "defender la Argentina". Una explosión de papelitos, como los que tiraban en los días felices de la campaña, acompañó la salida del poder kirchnerista, decidido a mostrar euforia.
Por Martín Rodríguez Yebra
De la Redacción de LA NACION