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“Cuando Néstor Kirchner decidió falsificar las estadísticas sembró de bombas de tiempo el camino por el que su mujer tendría que transitar. Algunas ya han estallado. No serán las últimas”, advierte James Neilson, periodista y analista político, ex director de The Buenos Aires Herald, en una nota de la última edición de la revista Noticias.

En menos de 15 días, el país se dividió en dos sectores: los que apoyaban al campo y los que no. Y quedó denotada la violencia política cuando en la manifestación de los trabajadores agropecuarios en Plaza de Mayo, se hicieron presentes los hombres oficialistas, que repartieron piñas por doquier.

“Este régimen que carece de todo principio democrático emplea técnicas de intimidación que nos retrotraen a las épocas más oscuras de la historia argentina”, sostiene Guy Sorman, pensador francés, en su columna de Noticias de esta semana. “A la sociedad argentina sólo le queda el piquete y el cacerolazo, los cuales están estrechamente vinculados a la destrucción democrática, la incapacidad para el diálogo y la violencia”, explica el escritor.

La patria piquetera

El Gobierno empuja a que los habitantes se manifiesten cortando rutas, bloqueando la libre circulación, porque los que encabezan las medidas saben que es la manera efectiva de generar una repercusión mediática, que obligará al Gobierno a escucharlos. Y así se cumple cada vez que un grupo en conflicto sale a las calles. Incluso los productores agropecuarios admitieron que es una medida que siempre repudiaron, pero a la cual debieron recurrir ante las medidas avasalladoras del Gobierno.

Luis D’Elía y Hugo (y Pablo) Moyano son los símbolos de la violencia política. El Gobierno acudió a ellos para contrarrestar un reclamo legítimo, improvisado, impulsado por trabajadores de la tierra que vieron expropiado el fruto de su producción. Lo destacable es que los 500 piquetes que se realizaron en todo el país no fueron únicamente organizados por los dirigentes de las cuatro entidades rurales (Confederaciones Rurales Argentinas, Sociedad Rural Argentina, Coninagro y Federación Agraria), sino que varios de los reclamos estaban encabezados por productores autoconvocados y los comerciantes del pueblo que se adherían a la protesta.

Estos pequeños y medianos productores, que desconocen que la presidenta de la Nación -que calificó a sus reclamos de “piquete de la abundancia”- gasta por lo menos 3.000 pesos por día en vestuarios y accesorios, están muy lejos de ser “oligarcas”.

Como indicó el escritor Marcos Aguinis, “el gremio de los camioneros, aliado al oficialismo, se ha tomado el trabajo de restablecer la libre circulación en las rutas obstruidas, por las protestas del campo, como si fuese la fuerza pública. ¿Es un gremio o una fuerza de choque?”

Los argentinos hemos naturalizado la “patria piquetera”, en vez de luchar por una patria regida por una ley idéntica para todos.

Money, money

¿Y por qué desde el campo se tilda al aumento de retenciones a granos de una medida “recaudatoria fiscalista? Porque con la excusa de redistribuir la riqueza, el Gobierno en 2007 recaudó 12.000 millones de dólares –que no volvieron al pueblo- y con la nueva alícuota, el valor ascendería a 14.000 millones de dólares.

Incluso, desde el Ministerio de Economía se anunció el incremento del impuesto a la exportación, pero no se informó cómo el Estado va a distribuir ese plus recaudatorio que embolsará con las nuevas retenciones. El Ejecutivo anunció el aumento de las medidas por el mero hecho de extraer la mayor cantidad posible de dinero, sin un plan redistributivo en mente. Y el Gobierno se escandaliza cuando los productores califican a las disposiciones de “recaudatorias fiscalistas”.