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A partir de la disertación que protagonizó el ingeniero agrónomo madrileño Pedro Medel en el I Congreso Nacional de Nutrición Animal sobre el uso de aditivos y modificadores del metabolismo y las restricciones de éstos en la Unión Europea, muchos productores se preguntaron por qué hay ciertos aditivos y modificadores metabólicos que en la Argentina no se pueden utilizar, y qué oportunidades de mercado se están perdiendo por esta causa.

La situación en el mundo respecto al uso de aditivos y promotores de crecimiento se da de una forma bien dispar. Mientras que la U.E. restringe la utilización de promotores de crecimiento de tipo antimicrobiano y hormonal (incluso la monensina está prohibida), en Estados Unidos se vive una situación bien diferente: no están vedados ni siquiera los de carácter hormonal.

Apertura de mercados y producción segmentada

Hace aproximadamente tres años atrás, un experto norteamericano brindó una charla en la Universidad Católica Argentina, en la que reivindicaba el uso de estimulantes de crecimiento, y decía que no sólo eran inocuos para el consumo humano sino que eran menores que los residuos que tenían los animales, en términos de hormonas que podían afectar o no a la salud humana naturalmente. El especialista sostenía que era inútil prohibirlo, ya que mejoraba la calidad de la carne, agilizaba el proceso de engorde; y en consecuencia, era más económica la producción, ya que era se trataba de un producto de mejor calidad a menor precio para el consumidor.

Respecto a esta dualidad, Esteban Berisso, del frigorífico Gorina expresó en diálogo con Agrositio: “Cualquiera de los fundamentalismos es malo, tanto uno como el otro. Personalmente, supongo que los europeos están paranoicos con el tema de la calidad de los alimentos que comen, con todas las regulaciones y limitantes que han puesto. Pero, en última instancia, tienen dinero, pueden pagar un alimento que les ofrezca 100 % seguridad, y nosotros tenemos que tomarlo, no lo podemos cambiar”.

Distinta sería la situación si Argentina tuviera otros clientes, con distintas preferencias en el consumo de carne bovina: “Si se abriera el mercado norteamericano, se podría producir el feedlot con estimulantes de crecimiento, produciendo la carne que ellos más quieren, que es con mayor tenor graso que la que se consume en Argentina”, analizó el ejecutivo de Gorina. Y destacó que “en Estados Unidos la carne argentina puede entrar como un producto muy diferenciado”.

Berisso explicó que “en la producción de Norteamérica no hay ganadería pastoril, salvo la cría de ganado, y una pequeña producción que oscila entre un cinco y siete por ciento. Es una producción pequeña libre de hormonas, libre de estimulantes de crecimiento, básicamente a pasto, que tiene un precio mayor que el que hacen ellos”. Y, consecuentemente, agregó: “Nadie se muere por consumir carne producida con hormonas de crecimiento”.

Los tipos de aditivos y promotores del crecimiento

En Argentina está prohibido el uso de anabólicos con actividad hormonal en los animales de producción, mientras que está permitido el uso de promotores de crecimiento con actividad antimicrobiana, probióticos, acidificantes, y otros.

El Plan CREHA (Plan Nacional de Control de Residuos e Higiene de los Alimentos) del Senasa lleva un control sobre los residuos de los alimentos de origen animal, a través de un monitoreo que se basa en el muestreo estadístico dentro de los frigoríficos. El muestreo incluye tanto a medicamentos de uso habitual como a sustancias prohibidas.

Martín Minassian, supervisor técnico de la Dirección de Agroquímicos, Productos Farmacológicos y Veterinarios, del Senasa aclaró que “al hablar de aditivos, hay una diferenciación entre un aditivo con una función técnica en el alimento, y un aditivo con una función farmacológica o de mejora en la producción. En el país se utilizan tanto a los aditivos con una función técnica (como un aglutinante o un colorante), y, por otro lado, a los promotores de crecimiento con actividad antimicrobiana, y, finalmente, a los
Probióticos, y ácidos orgánicos mejoradores de la producción, los cuales no entran directamente en la categoría de promotores de crecimiento”.

Por otra parte, Hernán Marini, profesor y coordinador del área de Relaciones Institucionales de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UCA, manifestó que “depende de qué tipo de aditivo se coloque, será la respuesta a obtener en el metabolismo ruminal. Hay aditivos que trabajan sobre el PH ruminal estabilizando la acidosis, que buscan que el PH no se modifique tanto, y de esta manera se le puede dar una alta cantidad de carbohidratos a los animales sin que se produzcan las lesiones por ese exceso”.

“Otro tipo de aditivos –explicó Marini- puede ser como la monensina, que lo que produce (al ser un antibiótico) es un efecto selectivo sobre el tipo de las bacterias que están dentro del rumen, entonces prioriza un tipo de bacteria sobre otras y eso hace que el metabolismo ruminal funcione diferente en la producción del metabolismo de gases, por ejemplo”.

Frente a este abanico de aditivos y modificadores del metabolismo disponibles, Berisso concluyó: “Mi impresión es que el mundo de los que consumen productos de calidad va a exigir menor utilización de elementos en la producción que incluyan las palabras genética, hormona y antibiótico”.

Pero, frente a los peligros del uso de estos aditivos y modificadores metabólicos, recordó: “Nos hemos comido toneladas de carne con estimuladores de crecimiento y alimentados con antibióticos antes de la prohibición, y nadie se murió”.

Marini, por su parte, consideró que “siempre que se utilizan sustancias hormonales puede haber riesgos para la salud”. Y agregó que “en el país no estaba muy difundido el uso de hormonas (antes de que fueran prohibidas), y muchos de estos productos lo que hacían era retener agua, entonces los animales se veían espectaculares y después de que eran faenados la calidad del animal era totalmente diferente. Y, por este motivo, muchos de los anabólicos se dejaron de usar”.

El mito de la “producción sucia”

Mucho se ha dicho sobre los efectos del consumo de pollo con alto contenido de hormonas. De hecho, cualquier persona tiene algún conocido o escuchó que terceros tuvieron alteraciones hormonales por causa de la alimentación con pollos de este tipo. Hay muchos mitos urbanos que se mantienen en el orden social, pero poco se ha investigado al respecto. Un documento brindado a Agrositio desde el Senasa explica las causas de estas creencias y desmitifica estas cuestiones tan temidas por los consumidores.

Desde el organismo indican que a partir de 1960 comenzó una etapa en la que se iniciaron los ensayos con algunos promotores del crecimiento con actividad estrogénica, como el dietilestilbestrol (DES) con el objetivo de incrementar el peso vivo de los animales. Pero años más tarde, con el avance del conocimiento toxicológico, quedó demostrado que los estrógenos estilbénicos no eran degradados por el hígado de los animales tratados, por lo que sus residuos en los productos cárnicos persistían en los alimentos, y se mantenía su actividad estrogénica hasta el momento de consumo por los seres humanos .

Inmediatamente, por la demostrada capacidad carcinógena que tenía del DES, el uso de la totalidad de los productos incorporados en los animales destinados al consumo alimentario humano a nivel mundial fue restringido, pero los medios de comunicación continuaron haciendo eco de las implicancias de esta sustancia, aunque ya no fuera utilizada.

La genética superó a las hormonas

Actualmente, la producción avícola alcanzó niveles de tecnificación que superaron las expectativas que se tenían años atrás. Esta evolución, que ha ocurrido en los últimos 30 años, ha tenido como resultado la optimización de todos los recursos posibles, según informaron desde el Senasa.

Entre los factores a destacar en este progreso figura la genética de las aves (lograda mediante la selección de animales con mejores capacidades), que “ha permitido lograr tasas de crecimiento extremadamente rápidas, llegando al peso de faena en tiempos significativamente menores”

Es decir, 30 años atrás, llevar a un pollo a su peso de consumo “requería de dos a tres meses, por lo que la utilización de hormonas para su desarrollo rápido era necesaria. En la actualidad, se llega al mismo peso en un lapso que va de los 50 a 60 días”, indicaron desde el organismo.

Otro elemento a destacar fue la prevención de enfermedades: “Tratándose de animales de rápido desarrollo, es imprescindible que en el corto lapso para llegar al peso de faena no aparezcan enfermedades, ya que la aparición de un brote de cualquier enfermedad aviar impactaría negativamente en la velocidad del desarrollo, con el consiguiente aumento en los costos de producción”.

Por: Flavia Salon – Exclusivo Agrositio.com