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Luego de los partidos que jugó y ganó el Seleccionado argentino de rugby en el Mundial de Francia 2007, hay algo que nadie en el mundo puede negar, y es que los argentinos estamos acostumbrados -y tenemos la virtud- de hacer mucho con muy poco. Basta con comparar estas cifras que se difundieron el mes pasado en varios medios de comunicación: el presupuesto anual de la Unión Argentina de Rugby (UAR) es de sólo 2,5 millones de dólares. El presupuesto de la Unión de Francia, rival argentino en el debut del Mundial, llega a los 102 millones de dólares. Y, aún así, esa cifra es menor a los 163 millones que dispone Inglaterra para su equipo.

Considerando todo esto, los cuatro partidos disputados y ganados -con amplias diferencias- por Los Pumas tienen un doble mérito. Se les reconoce un doble valor por haber llegado al Mundial con tan pocos recursos, y por estar ubicados –ahora- en instancias semifinales, representando a la Argentina. Es una clasificación histórica, pues nunca antes el rugby argentino había llegado a ese nivel.

Los Pumas y el país soñado

Después de leer la nota de tapa que publica la revista Noticias de la última semana: Los Pumas y el país soñado, podemos plantear una alegoría entre la representación del Seleccionado argentino de rugby y la situación actual del país. Bien sabemos que la Argentina salió de la crisis socioeconómica de 2001 en tiempo récord, y esto fue posible gracias a que cada empleado, cada empresario, cada productor, cada comerciante, y cada habitantes pujó para superar la crisis, y empeñó esa garra con la que alienta al Seleccionado para salir a flote.

Los Pumas nos representan, y de una manera muy positiva, frente a los ojos de los otros países del mundo.

El famoso gen argentino

Tal vez, el único consuelo que queda es que pese a las adversidades que se plantean, los argentinos sabemos hacerle frente a los problemas, a las trabas que se imponen “desde arriba”, y a la indiferencia de quienes (dicen) nos representan.

José Antonio Díaz en su nota Modelo de patria deseada, publicada en la revista Noticias de la última semana, escribe sobre el rugby: “Se trata de valores, superación personal, lucha colectiva. Dominio de la agresividad y autocontrol, así se consigue que el individuo no sea controlado por los demás. Involucrarse en la acción, superar la adversidad, vencer los temores [...]”. Esta parece ser la receta perfecta para ser un buen jugador de rugby. También, parece serlo para cada ciudadano, que pelea en el día a día por un país valorado, equitativo, de oportunidades para todos, destacado ante el mundo, y bien representado por nosotros mismos.

El periodista continúa: “Hacerse cargo, no usar pretextos para eludir la propia responsabilidad. Dar antes que recibir, porque se trata de vivir en función de los demás. Principio básico: aceptar las reglas que todos aprueban, no hacer del adversario un enemigo [...]”. ¿No se aplica perfectamente a un ideal de sociedad? Encaja perfectamente si lo trasladamos al plano sociopolítico. Y, seguramente, daría mejores resultados que los que vemos cotidianamente, donde (incluso en los políticos que nos representan) prima la falta de respeto, la desacreditación del adversario, la violación a las normas y la evasión de responsabilidad.

En la nota Metáfora del país soñado, del mismo medio citado, se afirma: “El modo de pronunciar el ‘o juremos con gloria morir...’ seguramente dio inicio a esta comunión de la gente con Los Pumas. Y como pasa siempre en la Argentina, se le buscó todo tipo de connotación. Desde el nacionalismo y desde el falso nacionalismo. Bien nuestro. Pero lo que expresan Los Pumas en ese momento –como tantos otros seleccionados de la Argentina y de otros países- es una manera de sentir la camiseta antes de salir a jugar un partido. Nada más que eso”. Más explícito, imposible: ponerse y sentir la camiseta. De eso se trata (entre otras cosas).

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