El nuevo encontronazo entre las autoridades nacionales y un sector importante del activismo agropecuario causó reacciones diversas tanto en el seno de la dirigencia delcampo como en ámbitos del funcionariado nacional y/o provincial (por ejemplo, el titular bonaerense de Agricultura objetó a su par nacional).
Pero, además, plantea -de modo claro- el siguiente interrogante: ¿quiénes ganan y quiénes no? Como siempre, primero conviene aludir a los hechos tal cual se fueron presentando desde los comienzos de la actual controversia.
Esta -es sabido- tuvo una puerta de entrada única: el precio doméstico de la carne y la preexistente demanda privada en torno de los beneficios del boom exportador de los productos del campo (afectado por las retenciones) ayudado por la hi-perdevaluación duhaldista y su continuidad medida en términos de aplicación de recursos de la sociedad en aras del tipo de cambio alto convertido en paradigma.
De allí a la prohibición de las exportaciones cárnicas -bajo la celosa mirada del secretario de Comercio, Guillermo Moreno- puede decirse que hubo un solo paso. Y ardió Troya. Paros, protestas "precios indicativos" y ausencia absoluta de diálogo entre las partes fueron el rispido camino iniciado hace poco más de un año, sólo atenuado tras el lúcido intento del jefe de Gabinete de acercamiento de posiciones, desbrozando el camino de ideologismos e impurezas.
Así se llegó a las vísperas del acto inaugural de Palermo, donde supuestamente -se dijo- se anunciarían subsidios para el sector ganadero, en aparente reconocimiento del perjuicio que, en términos de falta de estímulos para la inversión, recayó sobre la actividad como consecuencia de la política oficial.
No es menos cierto que el telón de fondo de la situación actual está relacionado con una casi in-detenible ola de incrementos de precios en no pocos alimentos. Esto se dio justo cuando sobre la plaza local recalaron otras derivaciones del fenómeno de la globalización, con más énfasis aquí que en ningún otro de los denominados mercados emergentes.
Si hace sólo una semana los "conspiradores" podían calzar los trajes a medida de la "patria financiera internacional", ahora reaparecen las sospechas acerca de la supuesta "oligarquía vacuna" con presuntas intenciones de provocar una suerte de ataque "carente del más mínimo sentido social" al bolsillo de la mayoría de los argentinos.
El sindicalista Juan Za-nola, por su parte, llegó a identificar el objetado discurso del titular de la Rural con el "golpis-mo". ¿Cuál es la verdad?
En línea con la obligación de tender primero a los hechos y recién después a las calificaciones, imaginemos que Luciano Miguens no hubiese dicho una sola palabra en torno del nodo de combatir la inflación merced al control de precios; o que hubiese pasado por alto el crecimiento del gasto público; o ignorado la inequidad con las provincias en materia de coparticipación de impuestos o, por último, se hubiese desentendido de las rispideces gubernamentales respecto de no pocos ámbitos empresariales privados, ¿todo ello se hubiese traducido en acercamiento efectivo con el presidente Kirchner?
¿No será que para este último sonaría mejor ubicarse en "la otra vereda" de la tradicional Sociedad Rural, a escasos noventa días de los comicios? En tal caso, el dirigente de la SRA podría parecer un "aliado inconsciente" de su presunto contradictor supremo.
A la vez, la senadora-candidata Cristina de Kirchner, que simultáneamente busca inversiones e inserción para el país en el mundo civilizado, ¿se sentirá de tal manera genuinamente apoyada por su impulsor? Dar respuesta a estos interrogantes puede resultar útil a la hora de definir "ganadores" y/o "perdedores" en el asunto. Hay algo clave: ¿y el interés nacional, qué?
La Prensa