La preocupación del gobierno por los niveles de inflación es apropiada. Sin
embargo, en el caso de la carne, las medidas que se vienen tomando (el peso
límite de faena, la eliminación de los reintegros, el fracasado acuerdo de
precios máximos, sólo suscripto por algunos frigoríficos; el registro de
exportadores, el aumento de las retenciones), no solo no solucionan el problema,
sino que en el mediano plazo lo agravan.
El broche de oro fue la inédita suspensión de las exportaciones.
Resulta curioso que hace unas semanas nos lamentábamos porque se nos cerraban
mercados por la aftosa y hoy los que los cerramos somos nosotros.
La contradicción es peor cuando el año pasado la Cancillería gastó 8 millones de
dólares en promocionar la carne argentina en el exterior. En tanto, los
frigoríficos invirtieron 10 años en negociaciones para lograr mercados que ya
expresaron su enojo a través de reclamos oficiales, los que además podrían ir
acompañados de acciones legales por incumplimiento de contratos.
Es importante destacar que Argentina destina la mayor parte de su producción de
carne al consumo interno y sólo exporta entre el 15 y 20%, mientras que
Australia exporta el 67% y Nueva Zelanda el 84%. Por lo que pensar que dicha
suspensión contribuirá a contener los precios no es más que otro error, pues
significará volcar al consumo interno apenas unos 40 gramos más per capita por
día de cortes de animales pesados que no se corresponden con las preferencias
locales.
Prohibir las exportaciones no sólo significa dar señales de un país poco serio,
perder ingreso de divisas y desatender mercados que serán de difícil
recuperación, sino que también genera desempleo y nos aleja de un modelo de
crecimiento que posibilite una redistribución más equitativa de la riqueza,
nivelando hacia arriba: mayor producción, mayor ocupación y salarios, mejor
calidad de vida, y superado definitivamente el esquema de asistencialismo y
exclusión imperante.
Sin duda la carne es importante para todos los hogares argentinos. Pero ante el
objetivo de combatir el hambre, haciendo que la población pueda acceder a los
alimentos a precios acordes a sus ingresos, considerando que 13 millones de
argentinos son pobres y que 5 millones son indigentes, resultaría necesario
priorizar políticas que estimulen un crecimiento de la producción y el empleo
acercando los salarios a los precios y no los precios al salario. Persistir en
la consigna "carnes baratas para salarios de hambre" no sólo condena al sector
ganadero sino a toda la sociedad.
Es necesario destacar la característica de atomización de esta cadena reflejada
en 190.000 productores, 431 consignatarios de hacienda, 33 consignatarios de
carne, 450 frigoríficos, 1000 matarifes que si bien puede resultar excesiva
conforma un negocio altamente competitivo y bastante transparente, por lo que
las políticas de fijación de precios máximos no son eficaces.
No obstante, considerando las prioridades cortoplacistas del gobierno, se
podrían subsidiar algunos cortes de consumo en el mercado local con los ingresos
provenientes de las retenciones y si el desvelo continua, reducir o eliminar el
IVA en todo el proceso productivo y de comercialización de la carne,
supervisando y controlando su real efecto en las góndolas. De esa manera se
podría lograr la contención de los precios a través de un esfuerzo del gobierno
vía impuestos y no a costa de la producción.
Pero aquí no sólo se trata de lo que podemos comprar sino también de lo que
podemos vender. Y podremos vender carne, sí y sólo sí aumentamos la producción.
En la ganadería, donde el ciclo productivo es de largo plazo se requiere
desarrollar un plan ganadero que de previsibilidad a los productores. Eso es lo
que nos permitiría aprovechar la gran oportunidad que hoy nos ofrece el mundo,
que elige nuestra carne no sólo por razones sanitarias (gripe aviar en UE,
aftosa en Brasil, vaca loca en EE.UU y Canadá) sino también porque el sector, a
través de inversiones en tecnología, supo lograr los niveles de calidad exigidos
internacionalmente.
En la actual emergencia, habría que lograr un consenso con todos los actores de
la cadena productiva y comercializadora, corregir la limitación de peso mínimo
de faena, eliminándolo para machos y manteniéndolo para hembras, replantear la
modalidad de comercialización en media res para pasar al trozado, invirtiendo en
capacidad de frío que hoy es insuficiente. Abrir la exportación con un esquema
de paulatina disminución de las retenciones, diferenciando entre los cortes
apreciados por el mercado interno y los demandados por el mercado externo, según
el comportamiento de la oferta para consumo local. Además, hay que promocionar
el consumo interno de sustitutos, informando a los consumidores sobre
alternativas que permitan cambios en sus hábitos alimenticios, monitorear los
precios y márgenes de rentabilidad para constatar que se correspondan con los
riesgos y términos de recupero de las inversiones, en cada tramo de la cadena.
Destinar al sector lo recaudado en concepto de derechos de exportación para
incentivo de su producción, revisar periódicamente la real incidencia de la
carne dentro de la composición de la canasta con la cual el INDEC determina los
índices de inflación, teniendo en cuenta el efecto de éstas medidas de
emergencia.
En definitiva, la ausencia de reglas de juego claras, la falta de certidumbre,
el "apriete" que se ha convertido en una práctica habitual, la demonización de
una de las partes, distinguiendo entre los buenos y los malos (primero los
productores, luego los consignatarios, ahora resta esperar quién es el próximo);
la confrontación y la escalada en la apuesta demagógica de las autoridades no
hace más que desalentar la producción e inversión, empeorando el problema.
Mientras tanto nuestro stock ganadero es el mismo que hace 40 años, Brasil
cuadruplicó su rodeo y Uruguay está ganando mercados tan sólo porque han
previsto un horizonte estratégico de largo plazo. Porque si la preocupación es
acercar los precios al bolsillo de la gente, esa preocupación desaparecerá
cuando no haya carne, ni barata, ni cara.