
Salió del rancho de adobe y paja que fuera de Nemesio, montado en una moto flamante y haciéndome señas de que parara.
-¿Se acuerda de mí don Velásquez?
-La verdad es que me acuerdo de Nemesio; era tu papá, ¿no? Creo que vos no vivías con él cuando desmontaba en mi campo- contestó con cierto desdén al desaliñado y andrajoso muchacho cuya cara realmente no recordaba.
Nemesio dejó el hacha y el machete escondidos bajo los últimos troncos que había cortado para completar la carrada de leña y salió del monte con este dolorcito en el pecho que me tiene loco ¿me estaré por engripar?, justo ahora que he agarrado este destronque que me puede dejar unos pesos para pagar la libreta del almacén. Dicen que don Velásquez es buen pagador, y es monte liviano.
Cruzó la calle de tierra bajo el sol ardiente, desplazando con parsimonia sus ciento diez kilos distribuidos entre su metro noventa de altura, sus anchas espaldas, fuertes brazos y manos de quebracho. Cuando daba la mano no hacía fuerza alguna: la daba blandamente, quizás temiendo quebrar algunos dedos al que lo saludara. Cuando con una de esas tenazas agarró sin lastimarse el alambre de púas para cruzar a su casa, sintió una puntada más fuerte en el amplio pecho habitado por sentimientos nobles y humo de tabaco fumado en chala, y en el que latía trabajosamente un enorme corazón. Grande por su generosidad y más grande aún por la enfermedad.
¿Será el chagas que me está jodiendo?
-¡María! Rápido, cebemé unos mates que no me siento bien. Parece que es la
gripe- dijo sentándose a la sombra de la tala.
-Sabe, don Velásquez, usted me está debiendo cien pesos. Yo le he limpiado el
montecito detrás de la casa. Juan me ha dicho que se lo limpie- dijo el muchacho
entre dientes y evitando mirar los ojos de Velásquez.
-Mirá; me estoy yendo. Quiero que lo hablemos con Juan cuando vuelva el sábado.
Vos sabés que él se encarga de esas cosas. Su gesto de decepción fue como una
confirmación para Velásquez, quien sin embargo quería estar seguro.
-Decime, Juan, ¿yo le debo algo al hijo de Nemesio? Preguntó el sábado.
-¿Al Vinchuca? ¡Nada, patrón! Al contrario; él le debe varias carradas de leña.
Había andado hachando en su campo sin que yo me entere. Juárez me decía que lo
veía siempre entrando al monte, así que un día le he hecho la guardia y lo he
pillado en plena faena. ¡Vea!, lo he sacado volando. Desde ese día le tengo
prohibido que pise por ahí. ¡No!, quedesé tranquilo que no le debe nada.
-Si vos lo decís debe ser así, Juan.
-Seguro, don Velásquez, ese no sirve para nada. No vivía con el padre; parece
que lo criaba una tía y se dice que ahí se terminó de echar a perder; bueno, con
solo decirle que esa tía es hermana de la mujer de Nemesio, ¡alhajita!, esa
bruja le ha hecho la vida imposible al pobre. Pero él, ¡qué hombre bueno! Un pan
de Dios, viera. Bueno, usted lo ha conocido bien.
-Sí, realmente un buen tipo. Trabajador y sin malicia; además hombre de buen
humor, siempre sonriente
Velásquez recordó su gran carcajada de dientes de oro que exhibía con el orgullo
con que se muestra algo ganado con el sudor de la frente.
-Nos está haciendo falta mucha gente como él, Juan.
-Así es patrón, no como la ruina del Vinchuca. Ahora anda en una moto, el vago.
¡De adónde la habrá sacado, no sé! Cuando iba a dar el primer sorbo el rostro de
Nemesio se demudó de dolor y soltando el mate se llevó la mano al pecho. “Se
paró redepente, pegó tres brincos como una corzuela, vea, y ahí nomás se cortó.
Cayó seco, el hombre, como fulminado por un rayo” como contó su esposa.
Nemesio quedó de cara al cielo, con la boca abierta en una última y brillante
sonrisa que contrastaba con sus ojos grandes, tristes y ahora sin vida. Fue
enterrado más allá del patio del rancho, donde hasta hace poco podían verse dos
velas sobre un ladrillo de adobe casi desarmado por las lluvias y el viento.
Justamente hasta hace dos meses cuando volvió el Vinchuca.
Su madre no estaba cuando llegó y se acercó a la tumba. Sin derramar una lágrima
agarró una pala y cavó, cavó y siguió cavando hasta encontrar el tesoro. Al
atardecer del día siguiente se lo vio volver de la ciudad en la moto que había
comprado con la sonrisa de Nemesio.
Por Marcos Mirande – para Estilo Agrositio