Su baño

Para el es indispensable, tanto en verano como en invierno, darse revolcadas en barros que conocen muy bien. El barro que se adhiere a su piel es el jabón, que luego al fregarse contra un palo o planta, le ayudará a limpiar su piel.
Precisamente la existencia de lugares con estos barros son siempre visitados en sus recorridas, sobre todo por los padrillos que conocen al dedillo cada uno de estos charcos.
Es notable poder observar cuanta precaución ponen estos animales para llegar a sus revolcaderos, pues saben perfectamente que allí es donde los espera el hombre para darles caza.
Muchas veces he visto en las noches claras andar horas dando vueltas antes de llegar a alguna aguada, tratando de escuchar u olfatear la presencia del hombre, cosa que casi siempre logrará, salvo cuando el cazador puede esperarlo a una considerable altura, sobre alguna planta o magrullo construidos para tal fin, en cuyo caso no alanza a ser olfateado o escuchado.
Accidentalmente descubrí, a raíz de un filtro de gasoil que había quedado tirado en el monte, que estos animales son amantes de asearse y ponerse lustrosos con este líquido, ya que pocos serán los que no acudan a revolcarse al mismo, cuando lo descubren, para desinfectar y embellecer su piel.
Recuerdo que los cazadores, cuando nadie conocía este secreto, me decían: “che Moro, que lustrosos están los chanchos, parece que les ponés brillantina”. Y algo así ocurría, pues tenía diseminados en el monte cientos de litros de este combustible en varios lugares.

Su alimentación

No es delicado y lo mismo le viene bien un animal muerto, una oveja viva a la que mata sin ningún problema, cuando se acostumbra a ello, y cualquier cereal, se trate de cosecha fina o gruesa le viene al dedillo para engordar. En cuanto a las chauchas, papas y otras raíces de monte, siempre las recibirá o buscará de buen agrado, y cuando le toca vivir en ríos y lagunas, la raíz del junco o junquillo, junto con el pescado, cuando este queda sin agua, le servirá para saciar su apetito y seguir su vida sin problemas, no desdeñando tampoco hierbas, larvas, insectos, lombrices, huevos, etc.
Lo que no le resulta muy satisfactorio es cambiar todos los días de menú y si se está alimentando con trigo, tratará de no usar el sorgo u otro alimento distinto, los que le llevan días hasta adaptarse al nuevo plato.
Al viejo y experto jabalí, que casi siempre estará en buen estado de gordura, pocas veces se lo podrá atraer, cebándolo con comida. El sabe que el maíz o cereal que se le tiró en el charco no nació ahí y por algo se lo ofrecen. Por ello quizás llegará cerca, pero difícilmente se digne a tomarlo.
Si, en muchos casos pude comprobar como mientras hembras y cachorros jóvenes tomaban este alimento y se dirigían a la sombra del monte, a veces bastante lejos, para consumirlo, los padrillos que no se dejaban ver, les quitaban las espigas, para comer ellos sin necesidad de arriesgarse, al salir a la claridad de la luna.
Los animales ya viejos, tienen bien en claro que su vida corre peligro cuando en noches claras deben salir a un lugar iluminado por la luna. Muchas veces pude comprobar esto, cuando estaba apostado sobre alguna planta tratando de observarlos y con ello no era detectado por su olfato, e imprevistamente, siempre en los lugares más sombreados, aparecía silenciosamente, casi como un fantasma, alguno de estos animales. En esos lugares, antes de salir a la claridad, dará varias vueltas o permanecerá a la expectativa, quieto, a veces durante horas, antes de decidirse a dar el baño o saciar su sed, cosa que seguramente está anhelando. Cuando por fin se convence de que puede arriesgarse, comienza a dar sus pasos finales, y a veces imprevistamente por las dudas sale disparando como una bala, recordando posiblemente como se salvó por casualidad en alguna oportunidad en que intentó hacer lo mismo, o porque presintió los latidos acelerados del corazón del cazador.

Sus cacerías, mis cacerías

Como sabrán perfectamente mis lectores, dos son las formas deportivas de cazar el jabalí. Una, al acecho, donde el cazador debe poner a prueba todo el control de su sistema nervioso, al tener que estar en el más profundo silencio, pues como siempre le digo, “un muerto tiene que hacer más ruido que ustedes”, al menos si se desea cazar algo parecido a un trofeo.
Puedo afirmar que estar 6, 8 y más horas en estas condiciones, a veces con frío, otras con calor, también con mosquitos, sin cometer errores, o sea movimientos o ruidos insignificantes, como lo es el de un roce de ropa simplemente, y que el animal astuto escuchará aún estando a unos 100 metros e su posible llegada, no es nada fácil.
El secreto para ello será tratar de estar cómodo, sentado si es posible , pues en esa posición es más difícil dormirse y es más placentera que otras, para pasar muchas horas. La silla deberá ser cómoda y que no haga pequeños ruidos o crujidos, que muchas veces son el motivo del fracaso en cacerías de esta clase.
Bien dormido y descansado, serán otros requisitos para estar en condiciones óptimas de iniciar con posibilidades de éxito una de estas difíciles cacerías; y si la apostada la podemos hacer a más de 5 metros de altura y mejor a 8 o 9, cosa que únicamente se puede lograr subido en mangrullos construidos para ello, creo estaremos con el 80 por ciento o más de posibilidades favorables, ya que no tendremos más el problema de los cambios de vientos que a veces en una noche son varios y así es prácticamente imposible cazar si no se está en las alturas mencionadas.
Esta clase de cacería puede ser calvario de un cazador, cuando no está preparado física y mentalmente para resistir tantas horas o una noche entera en vigilancia, a veces sin poder ver ni detectar nada. Pero también muchas veces, serán estos los únicos momentos de su generalmente agitada actividad o vida en que se encontrará con él mismo sin acordarse del trabajo, negocios, familias y hasta de la novia que lo pueda tener con la cabeza dada vuelta, al estar en ese silencio desconocido, aprendiendo de los secretos de la noche, juntamente con la esperanza de ver en cualquier momento aparecer a su largamente esperado trofeo.
Automáticamente todo cazador que llega para apostarse, lo primero que hace es ir a patalear en el lugar donde el animal se supone va a bajando con ello inequívocos rastros y olores de su presencia en las cercanías y si a esto le agregamos alguna inoportuna orinada en los alrededores ya se habrá ganado la posibilidad de estar una noche de gusto, salvo que se tenga la suerte de saberla vivir, aún sin cazar.
Cuando se está cazando lo que aparezca y hay abundancia de animales, el cazador podrá darse algún lujo como fumar, comer o rascarse la picadura de algún mosquito que lo está saboreando, pues perderá una, dos o más posibilidades por hora, pues las piaras volverán o aparecerán otras. Es cosa muy distinta cuando esperamos a un solo animal que nos dará uno o dos minutos como máximo en toda la noche, de posibilidades y no será difícil que antes de esa hora crucial, si no estamos como muertos, no hayamos cometido alguno de los errores mencionados.
El otro sistema de cacería es el rececho y siguiéndolo con perros. Pocos son los cazadores y guías que ejecutan este tipo de cacería como debe ser. En mis muchos años de andanzas y cacería mayor no he encontrado gente y perros, que deben ser un equipo; o sea los primeros buenos rastreadores, si el cazador no lo es y segundo perros adiestrados y obedientes.
Los hermanos Riesco de la provincia de La Pampa, han sido una excepción en ese sentido, con quienes pude hacer varias cacerías y en este caso, que debería ser una obligación siempre, los perros seguían al amo y cazador, mientras estos eran los que continuamente seguían las pisadas del jabalí, que siempre era un animal padrillo y grande. Cuando había perros nuevos o corredores, se los acorrallaba con otros, y así el grupo siempre marchaba compacto y en orden. Cuando ya el animal perseguido comenzaba a hacer algún rodeo y su última bosteada, antes de acostarse y se presentía el lugar del encame, recién se soltaban los canes, quienes con el viento bien, en pocos minutos lo levantaban y alcanzaban, haciéndolo empacar rápidamente.
De esta manera el resto de la fauna y hacienda no sufría molestias ni se ahuyentaba, cosa que siempre ocurre cuando cada perro va para donde se le parece y corriendo todo lo que se le cruza al paso. No se quien, pero alguien debería poner orden en este tipo de caza, que tanto mal está haciendo a toda clase de fauna, sin necesidad de prohibirla, pero sí hacerla correctamente y en lugares habilitados para ello.
En mis largos años de cuidado de reservas y cotos de caza, siempre éste, junto con el demás furtivismo, fue el problema más grande que debía afrontar para tener a la fauna tranquila y en lugares adecuados o que yo deseaba se quedara, pues bastaba una pasada de perros, para ser todo un desbande.
Una de las penas que siempre me ocasionaba esta clase de cacería era cuando al efectuarlas lo hacían en épocas de parición de jabalinas. Estas pobres madres, al querer defender a sus hijos, demoran su huida y por el mismo motivo son aniquiladas rápidamente por la media docena de perro o más que se lanzaban sobre esta fácil presa. Las crías si se salvan de ser encontradas, igualmente mueren, esperando inútilmente la leche materna, ocasionando con esto no solamente un desequilibrio muy rápido de la especio, sino un acto criminal.
No entiendo como quienes tienen el poder de hacer y deshacer sobre la fauna, no ponen una veda terminante en los meses de primavera para cazar con perros, que es la época donde nacen casi todas las crías de esta especie, ya que no debe mirarse como una plaga, salvo en raras ocasiones y siempre porque no se los sabe aprovechar.
No sería justo quizá, prohibir a los amantes de este tipo de cacería que apasiona a muchos, pero sí educarlos para hacerlo por ejemplo en los meses de invierno y en forma correcta.
Cuando la caza del jabalí se efectúa apostado, es distinto, ya que fácilmente el cazador puede elegir al animal que va a disparar y muy pocas veces lo hará sobre una madre parida o con hijos a la vista. ¡Que buena combinación podría ser tratar de cazar en primavera, verano y otoño, apostado, no sufriendo así el frío y heladas y con perros al rececho en invierno, donde no sufren el calor ni perros ni cazadores!
Volviendo al tema de los perros y al tremendo daño que estos ocasionan a toda la fauna, creo oportuno señalar que igual a lo que me pasaba a mí con la caza menor, donde debía valerme del auxilio del perro para encontrar a mis piezas, ya que personalmente no era capaz de ello, lo mismo ocurre a los cazadores de jabalí, quienes cuanto menos habilidad disponen para cazarlo, más se apoyan en sus canes.
Por ello es habitual que en muchos poblados, generalmente con gente pobre y de escasa educación, o sea de pobre intelecto, casi siempre existen tres o cuatro perros por habitante que vive en los mismos. Fácil es deducir la suerte de la pobre fauna que puede existir en la zona para poder alimentar tanto perro y ser humano.

Por Juan C. Moro - Este artículo es un extracto del libro “Observaciones de un conservacionista y cazador”, que muestra cómo se puede llevar a cabo la caza de una forma ética y ordenada para mantener la cantidad y calidad de las especies. Como una primera parte incluimos sus reflexiones sobre la cacería como deporte y las mejores formas de hacerlo, luego de haber sido cazador por más de cincuenta años y creador de muchos de los más importantes cotos de caza del país.