Desde los inicios del desarrollo de la agricultura en Argentina las langostas constituyeron una de las principales plagas, causando estragos en las áreas sembradas de la zona central del país. Poco a poco se fueron desarrollando métodos para combatirlas, aunque se encontraba una forma eficiente, en especial por lo difícil que era fumigar grandes áreas con la escasa maquinaria que existía. En la primera mitad del siglo XX, con el avance de la agricultura en la zona pampeana, este problema pasó a ser uno de los más importantes para el sector y comenzaron a gestarse planes que llevarían a su eliminación total durante los años cuarenta y cincuenta. Sin embargo fue necesaria la aparición y el perfeccionamiento de un tipo de máquina nuevo para hacerlo posible: el avión.
Tan solo ocho años después del primer vuelo que los hermanos Wright hicieron en 1903, con el que comenzó el vuelo propulsado de los aparatos más pesados que el aire, el 29 de marzo de 1911, el inspector forestal alemán, Alfred Zimmermann, patentó en Berlín la idea del uso del avión para la aplicación de insecticidas en masas forestales. Sin embargo por ese entonces los aviones existentes eran muy pequeños, con poca potencia y por lo tanto, muy poca capacidad de carga, de modo que solamente podrían haber sido efectivos en pequeñas superficies.
Como sucede en la mayoría de los casos está idea recién se pudo poner en práctica algún tiempo después. En este caso, el fin de la I Guerra Mundial brindó la posibilidad de contar con aeronaves más desarrolladas, con mayor velocidad y capacidad de carga. Esto permitió continuar en forma práctica con la idea de emplear el avión con fines agrícolas, lográndose los primeros resultados a comienzos de los años veinte en los Estados Unidos.
En Argentina, enterados de esta realidad, durante la Primer Conferencia Nacional Algodonera, celebrada en 1926, fue presentado un trabajo sobre la lucha contra la langosta utilizando aviones, el cual también se llevó al entonces Ministerio de Agricultura de la Nación, que resolvió apoyar la experiencia durante la primavera de ese año, disponiendo se entregara cantidad suficiente de arseniato de sodio, a través de la oficina de Defensa Agrícola, para hacer una evaluación. Tras fabricar el equipo para esparcir el insecticida, el 12 de septiembre de 1926, utilizando su propio avión biplano SAML, Marcelino Viscarret realizó en Rafaela (Pcia. de Santa Fe) la primera experiencia de fumigación en Argentina.

Contra las langostas desde el aire

A pesar del resultado exitoso de esta experiencia, la aviación civil argentina aún era muy pequeña y no contaba con infraestructura suficiente como para encarar una campaña a gran escala para combatir a las langostas, principal flagelo para los cultivos en los años 30 y 40, de modo que lo que se hacía en esos tiempos era poner barreras metálicas para contenerlas, donde eran aplastadas o quemadas. El problema de fumigar era que solamente se podía hacerlo desde tierra, por lo que era muy difícil alcanzar a cubrir grandes superficies, mientras que la efectividad era solamente contra los insectos que estén en tierra, por lo que había que adivinar en donde aparecerían a comer las langostas para fumigarlas. Atacándolas desde el aire, podía eliminárselas en vuelo, con mayor velocidad y en una mayor extensión. Por ese motivo a comienzos de la década del cuarenta se solicitó el apoyo de la Aviación del Ejército, que tenía gran cantidad de aeronaves que podían ser de utilidad. Por ese motivo en 1944 se comenzó a trabajar en el tema y se eligió el modelo del avión que realizaría el primer trabajo agrícola a gran escala en Argentina, que fue un modelo de concepción totalmente argentina, uno de los primeros modelos construidos por la Fábrica Militar de Aviones (FMA), el Ae.M.B.2 Bombi. Este modelo había sido concebido en 1935 como aparato de bombardeo o transporte, siendo hasta entonces la máquina más grande producida en el país. Se fabricaron quince ejemplares pero pronto demostraron que no eran muy eficientes como bombarderos por las nuevas tecnologías que por ese entonces se experimentaban en las primeras potencias y que Argentina logró incorporar poco antes de que se inicie la guerra al importar bombarderos desde Estados Unidos. Por esa razón el Bombi fue relegado a tareas de observación, transporte, lanzamiento de paracaidistas, evacuación sanitaria, fotografía, etc. Dada la disponibilidad de estos robustos aparatos y a que no tenían una tarea específica asignada por ese entonces, se decidió modificar a tres aviones del Grupo 1 de Observación para servir como fumigadores y participar activamente en la lucha contra la langosta, con un equipo instalado en la abertura ventral empleada para la cámara fotográfica y dos tanques de 200 litros cada uno en el interior del fuselaje. Las máquinas fueron enviadas desde su base en Paraná en comisión a la Agrupación Entrenamiento en El Palomar donde fueron modificados y evaluados a mediados de 1945, ya operando en la recién creada Fuerza Aérea Argentina.
Inmediatamente comenzaron los vuelos fumigando la provincia de Buenos Aires y otras áreas del país de manera exitosa demostrando la efectividad de la idea de atacar a las langostas desde el aire. Desde entonces la aviación no dejaría de atacar a los insectos hasta acabar con la plaga.

Nuevos aviones

Sin embargo, el Bombi era un avión demasiado grande para lo que se necesitaba y era caro de operar en este tipo de misiones, además de que eran necesarios en otras tareas, especialmente lanzando paracaidistas. Por ese motivo el 21 de febrero de 1946 los aparatos retornaron a El Palomar para sacarles el equipo rociador, que fue instalado junto a otros dos fabricados, en cinco biplanos Avro 626 Advanced Trainer. Los aparatos, que lucían las matrículas 6, 7, 9, 10 y 12, eran los sobrevivientes de un lote de quince adquiridos en 1932 para entrenamiento y que aunque habían sido reemplazados en sus funciones por los Focke Wolf Fw-44J Stieglitz, construidos bajo licencia por la FMA, aún seguían volando para tareas generales, sobre todo para que los pilotos puedan hacer horas de vuelo en una máquina económica y fácil de volar. En esos tiempos ya estaban cerca del fin de su carrera y como en el caso de los Bombi, estaban disponibles, de modo que se decidió adaptar el habitáculo para el alumno, ubicado detrás del piloto, instalando el tanque de insecticida y una abertura en la parte inferior.
La Agrupación Entrenamiento empleó estas máquinas hasta que el 3 de julio se decidió transferirlos a la Dirección General de Aeronáutica Civil, para que vuelen bajo un mando civil que se adecuaba más a sus funciones. Sin embargo los aviones estaban muy viejos y solamente volaban dos a la vez, mientras los otros tres estaban fuera de servicio, de modo que en 1947 se decidió radiarlos de servicio definitivamente y buscar un aparato más adecuado.

Guerra total a la langosta

Luego de la experiencia obtenida con los Bombi y Avro Trainer, la Secretaría de Aeronáutica y el Ministerio de Agricultura estaban listos para dar un paso más e implementar la lucha contra la langosta en todas las zonas afectadas, de una manera efectiva que acabe con la plaga. En ese año de 1947 apareció en Argentina un insecticida llamado Effusan, que causaba una parálisis motriz en las langostas al entrar en contacto con ellas, de modo que lanzando el producto sobre una manga de estos insectos, a una altura de unos 125 metros, todas eran eliminadas sistemáticamente. Ahora solamente era cuestión de localizar la manga y luego enviar allí a los aviones. El problema era que para exterminarlas era necesaria una gran cantidad de Effusan y a veces los aviones deberían mantenerse en vuelo por largos períodos, esperando hasta que los observadores en tierra localicen a las langostas y los guíen hacia el lugar. Por eso se necesitaba un aparato grande y con un importante radio de acción. El apoyo terrestre a las aeronaves era fundamental, debiendo contar en los aeródromos de las localidades en donde operaban, con suficiente cantidad de combustible e insecticida.
Luego de analizar los distintos aviones de transporte con que se contaba en ese entonces se descartó a los Vickers Viking, Bristol 170 y Douglas DC-4 porque eran más necesarios en tareas de transporte y no podían adaptarse fácilmente a este tipo de operaciones. Los DC-3 también fueron descartados porque se los necesitaba para apoyar a las actividades de la fuerza aérea, de modo que solamente había un modelo que se adaptaba a los requerimientos, los viejos trimotores alemanes Junkers Ju-52/3m. Estos eran aviones diseñados antes de la Segunda Guerra Mundial y aunque eran extremadamente robustos y confiables, ya estaban quedando obsoletos frente a los nuevos transportes y la derrota alemana en la guerra hacía que poco a poco los repuestos vayan escaseando. La aviación militar Argentina disponía de cinco aparatos desde 1938 y en 1945 se incorporaron otros diez provenientes de Brasil. Con la llegada de los nuevos transportes arriba mencionados, los Ju-52 quedaron relegados a tareas de transporte sanitario, lanzamiento de paracaidistas y remolque de mangas de tiro, operando en la Agrupación Transporte II, basada en El Palomar, provincia de Buenos Aires. Todos menos uno de los aviones fueron adaptados para rociar el polvo, instalando un equipo en el interior de la cabina consistente en una tolva con una toma de aire en la parte inferior del avión. El aire ingresaba por allí y al dirigirse hacia el escape succionaba el Effusan. En diciembre de 1947 los aviones estaban listos para empezar a operar en el norte del país, en donde eran necesarios, por lo que progresivamente fueron desplegados primero a las localidades de Formosa, Orán, Paso de los Libres, Posadas, Presidencia Roque Sáenz Peña y Tartagal, y más adelante a Monte Caseros, Resistencia y Corrientes. El traslado de las 40 toneladas de insecticida se hizo en aviones Bristol 170 hasta Monte Caseros y desde allí en los Junkers. Según recuerda el comodoro Carlos Smachetti en su libro “Una Guerra Singular”, donde narra su experiencia en estas operaciones, durante el vuelo el polvo caído de algunas bolsas rotas se esparcía por la cabina y era inhalado por la tripulación, al tiempo que se pegaba en la piel por la transpiración, causando la intoxicación de muchos pilotos y mecánicos. A comienzos de 1948 se iniciaron las operaciones, con el apoyo de la Dirección de Acridiología del Ministerio de Agricultura, proveyendo el Effusan y todo el apoyo técnico necesario. Para que el polvo no los afecte la tripulación debió empezar a usar un mameluco blanco, antiparras, guantes y barbijo. Debido al intenso calor de la zona, el trabajo con ese equipo era agobiante, además que restaba potencia los motores, mientras que debieron colocarse rejillas en las tomas de aire de los radiadores de aceite, para que no entren las langostas. A esto se sumaba lo agreste de la zona que debían sobrevolar a 125 metros de altura, en la que cualquier emergencia hubiera dado pocas posibilidades para elegir un terreno propicio para aterrizar. Sin embargo las tareas se llevaron a cabo sin que se produzcan accidentes graves, recorriendo todo el norte de Argentina en estos viejos aviones, que vibraban intensamente, volando desde aeródromos con instalaciones muy precarias. Solamente hubo algunos accidentes forzosos que no causaron víctimas ni daños importantes en los aviones.
Debido a que la Fuerza Aérea ya no necesitaba los aviones y la lucha contra la langosta no había terminado, a comienzos de 1949 nueve de los aviones fueron transferidos al Ministerio de Agricultura que comenzó a operarlos con matrículas civiles en lugar de las militares. Mientras tanto en la zona central del país comenzaban a emplearse gran cantidad de pequeños aviones civiles adaptados para fumigar y los primeros helicópteros, que fueron los Sikorsky S-51 y Bell 47 de la Secretaría de Aeronáutica, difundiéndose cada vez más el uso de la aeronáutica en apoyo de las tareas agrícolas.
Para la primera mitad de los años cincuenta se el intenso trabajo ejercido por los Junkers Ju-52 había logrado disminuir la cantidad de langostas de una forma tan considerable que ya no eran una amenaza para los cultivos. Debido a esta situación el Ministerio de Agricultura decidió terminar la campaña y dar de baja a los aviones, ya que las tareas de mantenimiento de la cantidad de langostas, así como los demás trabajos de fumigación contra otras plagas podían realizarse con la creciente flota de aeronaves pequeñas, la mayoría de las cuales eran privadas. Además la infraestructura disponible para apoyar su accionar fue cada vez mayor y actualmente es el sector de la aeronáutica con más desarrollo en el país.
Uno de estos Junkers Ju-52 fue preservado y hoy se encuentra en el Museo Nacional de Aeronáutica, actualmente es el único de estos famosos aviones que queda en América Latina y uno de los únicos en el mundo. De los otros modelos no se conserva ninguno.

Por Santiago Rivas – exclusivo estilo Agrositio.com