Desde luego, no podían imaginar una catástrofe como la del domingo y que
serían testigos de las imágenes dantescas que les tocó presenciar. Todavía
conmovidos, relataron ayer a LA NACION, a su llegada a Ezeiza –al igual que
otros argentinos que sobrevivieron–, las escenas del horror.
“Nos salvamos porque cinco minutos antes del tsunami subimos a la habitación,
en el segundo piso del hotel. Un bote entró en una habitación debajo de la
nuestra. Lo único que quedó en pie en esa parte de la isla fue el hotel Cabana,
donde estábamos nosotros. Lo demás ya no existe”, contó Ezequiel, mientras
Cecilia lloraba y abrazaba a su mamá, que le decía: "Ya pasó, ya estás acá",
transmitiéndole todo el amor que siente por ella.
Ayer regresaron al país los primeros argentinos que sobrevivieron a la
catástrofe en el sudeste asiático. Entre los pasajeros del vuelo 201 de Malasia
Airlines volvieron tres parejas de recién casados que disfrutaban de su luna de
miel en las románticas playas de la isla de Phi Phi. Hasta que las olas gigantes
transformaron el paisaje paradisíaco y lo convirtieron en catástrofe.
También volvieron dos médicas, madre e hija, que colaboraron para socorrer a
los heridos en el spa de un hotel que quedó convertido en sala de emergencias.
Todos ellos lloraron de emoción en el aeropuerto de Ezeiza al ver a sus
familias, a quienes, en los peores momentos, pensaron que no volverían a ver.
"En un minuto pasamos de estar rodeados por un montón de turistas en el
muelle a estar solos en el medio del agua", recordó emocionada Mora Varela, una
arquitecta de 31 años.
"Estábamos por entrar en un bote para irnos de excursión, cuando nos
sorprendió una ola gigante que nos llevó a todos. Quedamos nadando en el medio
de la nada. De pronto divisamos un barco que estaba cerca y logramos meternos en
él. Allí nos encontró la segunda ola, hasta que vino un turista inglés en una
lancha y nos rescató", dijo Pablo García Oliver, el flamante esposo de Mora.
La mamá de Pablo esperaba su llegada con ansias. "El domingo último a las
diez de la mañana llamaron los chicos diciendo que estaban bien. Yo estaba a
punto de tomarme un avión porque me iba de vacaciones. Todavía acá no habíamos
escuchado nada, así que me alegré y subí al avión", recordó a LA NACION Mercedes
García Oliver.
"Cuando vi la televisión -agregó- entendí las dimensiones de la catástrofe y
regresé de mis vacaciones para estar cuando lleguen a casa. Ellos estaban
desesperados por volver y ver caras conocidas. Teníamos que estar presentes para
recibirlos."
Una práctica inesperada
Bárbara Villafañe recibió un regalo muy especial por haberse recibido de
médica recientemente. Su madre le obsequió un viaje a las paradisíacas islas de
Tailandia. Hacía allí viajaron ambas, y allí comenzó, inesperadamente, su
práctica profesional.
"A nuestro hotel llegaron muchos heridos de la otra parte de la isla, que fue
la más afectada. Se armó una sala de emergencias en el spa, que queda en lo alto
de una colina", dijo Bárbara.
"Cada médico llevaba lo que tenía en su botiquín, porque el hotel no estaba
equipado", dijo Silvia Villafañe, médica y madre de Bárbara. "Ayudamos en todo
lo que pudimos", agregó.
Todos los pasajeros repetían su agradecimiento a la embajada argentina en la
zona más afectada de la catástrofe: "Volvimos gracias a la gente de la embajada
que nos rehizo los pasaportes, nos dieron los pasajes y ayudaron mucho", dijo
Cecilia Tesouro, que no dejaba de llorar.
"Me mandaron un e-mail en el que me decían que estaban vivos y eso fue
suficiente para que el alma me vuelva al cuerpo", contó a LA NACION, con
lágrimas en los ojos, la mamá de Cecilia, mientras aguardaba la llegada de su
hija y de su yerno.
Las flamantes parejas han pasado por una experiencia inolvidable. No fue por
lo romántico, como esperaban, sino por los momentos difíciles que les tocó
vivir.
"De toda la gente que estaba en el muelle alrededor nuestro, de pronto
quedamos nosotros dos: solos y juntos. Ahora, cuando discutimos por cosas sin
importancia, pensamos que estuvimos a punto de ahogarnos... entonces no podemos
discutir por nada", dice Mora Varela, al evaluar el aprendizaje que le deparó la
experiencia.
"Esto nos da mas fuerza como pareja", dijo Pablo, de 34 años, marido de Mora
desde el 10 del actual. El hotel en el que se alojaban, el Hollyday Inn de la
isla de Phi Phi, quedó completamente destruido.
"Tuve suerte"
Juan Pablo Barrera llegó en silla de ruedas. No puede caminar porque las
plantas de sus pies sufrieron golpes y cortes a causa del maremoto, que lo
sorprendió a 100 metros de la costa, mientras practicaba snorkel. La fuerza del
agua lo arrastró hacia rocas cercanas a la costa.
"Tuve suerte, me agarré de donde puede: de ramas, de raíces y pude soportar
la fuerza del agua", dijo mientras su reciente esposa, Carolina, repetía entre
sollozos: "Sólo quiero volver a casa".
Ese parecía ser el anhelo de todos los argentinos que arribaron al país. "En
un momento pensamos que no sobrevivíamos. Alcancé a agarrar a mi mujer y la metí
dentro del bote", dijo Pablo García Oliver.
Cansados y emocionados luego de casi 30 horas de viaje, saben que las
imágenes que retienen en sus memorias son mucho más fuertes que las que en unos
días aparecerán en sus álbumes de recuerdos de viaje.
Por Irina Jorolinsky
De la Redacción de LA NACION
Con la colaboración de: María Helena Ripetta