Después de 12 años de riego por goteo enterrado, el INTA Manfredi evaluó las propiedades químicas del suelo en sus módulos experimentales, ubicados en la región central de Córdoba. El estudio analizó la salinidad, la sodicidad y el pH hasta los 2 metros de profundidad, bajo condiciones específicas de suelo, agua y manejo.
Los resultados obtenidos en Manfredi constituyen un primer aporte nacional para evaluar estos procesos en un sistema de riego de incorporación reciente a la agricultura extensiva argentina. Si bien existen antecedentes sobre los efectos de largo plazo del riego por pivote central, los estudios sobre las modificaciones químicas del suelo asociadas al goteo enterrado son más limitados.
Carolina Álvarez, responsable del Laboratorio de Suelos y Aguas del INTA Manfredi, presentó los resultados de la investigación durante la 9º Reunión Internacional de Riego, realizada en la experimental. “Esta tecnología se utilizaba sobre todo en cultivos intensivos y en regiones áridas de países como Israel y Estados Unidos. En la Argentina no era común su uso en cultivos extensivos, por lo que es necesario evaluar sus efectos en estos sistemas”, explicó.
El INTA Manfredi comenzó a instalar los módulos experimentales de riego por goteo enterrado entre 2012 y 2013 para evaluar su desempeño en una rotación de trigo, soja y maíz. El agua subterránea utilizada en el ensayo es de calidad intermedia y contiene sales y sodio en concentraciones que, según los criterios de clasificación utilizados, requieren prestar atención a sus posibles efectos sobre el suelo.
La evaluación incluyó cuatro configuraciones con separaciones entre laterales de riego de 0,8, 1 y 1,6 metros, y caudales de emisores de 0,6 y 1 litro por hora. Se tomaron muestras en seis estratos hasta los 2 metros de profundidad y se compararon los resultados con un sector de secano que mantiene la misma rotación.
Uno de los principales resultados fue la mayor concentración de sales solubles en las parcelas regadas respecto del sector de secano. La conductividad eléctrica, utilizada como indicador de salinidad, presentó valores superiores en todo el perfil, aunque las diferencias fueron más importantes por debajo de los 40 centímetros.
En los primeros 20 centímetros, la conductividad eléctrica fue casi el doble de la registrada en secano. Entre los 40 centímetros y los 2 metros, los valores promedio fueron 2,4 veces superiores. Mientras que el sector sin riego presentó registros de entre 0,5 y 0,8 dS/m, en las parcelas regadas se alcanzaron valores de hasta 1,8 dS/m en profundidad.
Una de las sorpresas del ensayo fue el aumento de sales en los primeros centímetros del suelo, a pesar de que el agua se aplica mediante mangueras enterradas. “Esperábamos que las sales no ascendieran hacia la superficie, pero comprobamos que sí lo hicieron por capilaridad, debido a la evaporación del agua del suelo”, explicó Álvarez.
Este resultado es relevante para comprender las particularidades de la tecnología. A diferencia del pivote central, que distribuye el agua desde la superficie, el goteo enterrado la aplica en el interior del perfil. Los resultados del ensayo indican que, bajo las condiciones evaluadas, las sales pueden desplazarse tanto hacia las capas superficiales como hacia sectores más profundos.
El comportamiento del sodio
Otra de las diferencias registradas correspondió al porcentaje de sodio intercambiable, un indicador relacionado con el riesgo de deterioro de la estructura del suelo. En el sector de secano se observaron valores cercanos al 3–4%, mientras que en las parcelas regadas alcanzaron registros de entre 6 y 13% por debajo de los 40 centímetros.
El mayor valor se observó en la configuración con laterales separados a 0,8 metros y emisores de 0,6 litros por hora. En las parcelas con mayor separación entre laterales, los registros fueron menores. Estas diferencias describen el patrón observado en el módulo y requieren profundizar el análisis para establecer el efecto de cada configuración de riego.
El umbral convencional para clasificar un suelo como sódico se ubica en un 15% de sodio intercambiable, valor que no se alcanzó en el ensayo. Sin embargo, pueden producirse alteraciones en las propiedades físicas del suelo con concentraciones inferiores. “Según la bibliografía, con valores de entre 8 y 10% de sodio intercambiable podrían aparecer problemas de dispersión de los coloides y, como consecuencia, de permeabilidad del suelo”, explicó Álvarez.
Por ese motivo, consideró necesario prestar especial atención a los sectores donde se registraron mayores concentraciones, evaluar si se producen modificaciones en la permeabilidad y determinar qué medidas de manejo podrían contribuir a controlar esos valores.
Sin pérdidas productivas
Los cambios químicos registrados en el módulo experimental no estuvieron acompañados por una disminución de la productividad de los cultivos. Los promedios de producción de trigo, soja y maíz fueron elevados y acordes con los resultados de un sistema de riego bien manejado.
Sin embargo, Álvarez advirtió sobre la importancia de controlar la evolución de las condiciones del suelo. “Si no monitoreamos estos cambios y su evolución, en el futuro podríamos tener mermas de producción”, señaló.
El muestreo se realizó antes de comenzar la campaña 2025/26, después de tres años con precipitaciones inferiores a los promedios históricos de la región. Esta condición podría haber limitado el lavado natural de sales que ocurre durante los períodos de mayores precipitaciones y contribuido a los valores registrados en el ensayo.
La investigadora destacó que, al tratarse de la primera evaluación desde la instalación del sistema, todavía no es posible determinar cómo evolucionarán estos parámetros. “Un nuevo monitoreo, que permita confirmar o no los resultados obtenidos, nos daría una mejor evaluación de la evolución del suelo”, explicó.
Monitoreo y manejo
Los resultados plantean la importancia de incorporar controles periódicos de las propiedades químicas del suelo a las decisiones de manejo del riego. La calidad del agua utilizada, las láminas aplicadas, las características del suelo y el régimen de precipitaciones son factores que deben considerarse en conjunto para interpretar los cambios registrados.
Una de las alternativas mencionadas por Álvarez consiste en aprovechar los períodos de precipitaciones para favorecer el lavado de sales, sobre todo en épocas de menor demanda de riego de los cultivos. Aunque aclaró: “No se corrige solo con las lluvias. Depende del ambiente, de la calidad del agua con la que se riega y de la cantidad de milímetros que se apliquen”.
Si el lavado natural no resulta suficiente, pueden evaluarse otras alternativas, como la aplicación de enmiendas. Sin embargo, su conveniencia depende de las condiciones particulares de cada campo y requiere analizar el tipo de suelo, la calidad del agua y el manejo del sistema de riego.
La principal recomendación para productores y asesores es implementar un monitoreo periódico, diseñado junto con un profesional, que permita comparar las mediciones a lo largo del tiempo. Esto incluye establecer una grilla de muestreo, mantener criterios consistentes de evaluación y definir una frecuencia adecuada para cada situación.
“También es necesario tomar muestras a mayor profundidad para determinar hasta dónde llegan las sales dentro del perfil”, recomendó. El monitoreo sistemático permitirá conocer la evolución de los parámetros químicos del suelo y evaluar posibles medidas de manejo antes de que se produzcan consecuencias sobre la productividad.