Víctor Tomaselli, Maestro Oleario en Patagonia y especialista en Agroecología, evaluando olivos patrimoniales en San Rafael, Mendoza.
En una época que mide todo en rendimientos, planillas y algoritmos, hay quienes eligen mirar el campo de otra manera. No como una fábrica de toneladas, sino como un tejido vivo de relaciones. Esa mirada tiene un aliado filosófico poco conocido en el mundo rural: Miguel Benasayag.
Sus libros no hablan de olivos. Pero cada una de sus ideas centrales encuentra en el olivar una traducción concreta. Leído desde la Patagonia, su pensamiento se vuelve una herramienta de trabajo.
Un filósofo forjado en la resistencia
Miguel Benasayag nació en Buenos Aires en 1953. Es filósofo y psicoanalista. Militó en los años setenta, estuvo preso durante la dictadura y desde 1978 vive en Francia.
Su obra cruza a Spinoza con la biología y la experiencia militante. Entre sus libros más leídos están La época de las pasiones tristes, El mito del individuo, Funcionar o existir y La tiranía de los algoritmos. Todos rondan una misma pregunta: cómo actuar en un mundo complejo sin caer en la impotencia ni en la ilusión de controlarlo todo.
Cinco claves para leer el olivar
1. Lo vivo no se reduce a un balance contable
Para Benasayag, un organismo no es una máquina que se pueda modelizar. Lo mismo vale para el olivar. Pretender reponer solo el potasio que se lleva la cosecha es tratar la finca como un sistema de entradas y salidas.
Tomaselli lo plantea desde la práctica: el suelo, la rizosfera y las matrices de intercambio forman una trama que hay que leer, no solo calcular. Es la diferencia que el filósofo marca entre funcionar y existir. Un olivar que solo funciona rinde. Uno que existe se sostiene.
2. La finca no es un individuo aislado
En El mito del individuo, Benasayag sostiene que ningún ser existe separado de sus vínculos. Un olivo tampoco: vive en relación con el suelo, los microorganismos, el agua, los animales y quien lo cuida.
Por eso integrar ganado y fabricar bioinsumos en la propia finca no es un detalle técnico. Es reconocer que el establecimiento es un tejido de relaciones.
3. La autonomía como contrapoder
Benasayag desconfía de la idea de que el cambio llega "tomando el poder" desde arriba. Para él, transformar ocurre en situaciones concretas, en el territorio.
Depender lo menos posible de insumos externos es un gesto de ese tipo. Cada productor que elabora su abono o su bokashi construye autonomía. Y un grupo de productores que comparte saberes, de Chubut a la Línea Sur, funciona como una red de situaciones que se potencian entre sí.
4. Contra las pasiones tristes
El filósofo describe una época que vive el futuro como amenaza, y eso genera impotencia y repliegue. Plantar un olivo es exactamente lo contrario: un acto que trabaja para varias generaciones.
Los olivos patrimoniales que se rescatan, y los que se plantan con sentido simbólico, devuelven al futuro su carácter de promesa. Actuar, dice Benasayag, es la forma de salir de la impotencia.
5. Complejidad y círculo ascendente
Benasayag pide actuar sin la pretensión de controlarlo todo, aceptando que el sistema vivo nos excede. Tomaselli trabaja con un método que llama círculo ascendente: cada vuelta complejiza la lectura de la realidad antes de intervenir.
Primero la planta, luego el suelo, después el territorio y la comunidad. Recién entonces se define el camino para modificarla. Filosofía y agronomía, en este punto, hablan el mismo idioma.
Otra forma de habitar el territorio
Leída desde Benasayag, la agroecología del olivo deja de ser una técnica alternativa. Se convierte en una manera distinta de estar en el territorio: cuidar vínculos antes que optimizar rendimientos, construir autonomía local y devolverle al futuro su sentido.
En la Patagonia, donde el viento y la escasez de agua obligan a pensar cada gesto, esa filosofía tiene raíces firmes. Como el olivo.