De los farmers a los tecno-farmers: la revolución que transformó el campo y la industria en Villa María

LA CAPITAL NACIONAL DE LOS FARMERS

El nacimiento de la hija del riel alteraría para siempre la geografía económica y política de la antigua provincia de Córdoba. Si la vieja geografía criolla e hispánica había gravitado sobre el eje Córdoba-Río Cuarto, la nueva geografía gringa y agraria se organizó sobre dos corredores que exceden a la provincia: el de la ruta 9 y el ferrocarril, que une Buenos Aires y Rosario con Córdoba y el noroeste, y el de la ruta 158, la diagonal que enlaza el litoral con Cuyo sin pasar por la capital provincial. En este sentido, Villa María es el alumbramiento de una nueva Córdoba, que en un mismo movimiento se nacionaliza y se internacionaliza.

Fue desde entonces —y su identidad la empujará en ese sentido una y otra vez— una ciudad bisagra, entre el puerto y el interior, entre el litoral y la cordillera, que mira tanto a Rosario como a Córdoba y al mundo: expansiva, sin el reflejo defensivo de la heroica Río Cuarto de los fortines, y modernizadora, sin el peso de la tradición que carga la capital provincial, antigua y religiosa. Esa pujanza renovadora, sin apellidos ilustres, que brota del suelo de su sociedad civil, repercutiría en el carácter de sus hijos políticos: desde el médico y radical intransigente Amadeo Sabattini hasta el intelectual comunista y gramsciano José Aricó.

El ferrocarril le permitió a Villa María erigirse como el epicentro social, logístico, comercial y de servicios de la región centro y sudeste de Córdoba (departamentos de General San Martín, Tercero Arriba y Unión). En esa primera milla, tamberos y agricultores de la ruralidad la fueron definiendo como su urbanidad. Un punto de encuentro socioeconómico y sociocultural, alimentado por la picardía comercial de la colectividad árabe y la tozudez honrada de los vascos tamberos; una ciudad que no era de naides y era de todos. Sin murallas, sin barrancos, para utilizar la expresión de Sarmiento.

En ese espacio abierto, se fueron levantando cooperativas, con sus plantas de acopio, sus lecherías y sus centros comerciales, un entramado vivo que fue haciéndole contrapeso, lentamente, a la vieja estructura de acopiadores privados y almacenes de ramos generales. El asociativismo fue el Grito de Alcorta de los cordobeses. Silencioso, pero duradero y potente: “La storia dell’immigrazione italiana in Argentina è, quindi, la storia delle sue associazioni”.

Este capitalismo democrático (de abajo hacia arriba), regado con el espíritu de acumulación y la cultura de trabajo de los chacareros, careció de un orquestador central. Esto es, a diferencia de General Deheza o Arroyito, no existió una gran firma que organizara el territorio, sino que fue la acción asociativa y competitiva de sus pequeños y medianos empresarios la que dinamizó peldaño a peldaño a la floreciente llanura cordobesa. Y de ahí su vitalidad cocoliche. Como queda reflejado magistralmente en La pampa gringa cordobesa del gran historiador Roberto Ferrero, en las palabras de Homero Manzi a Arturo Jauretche: “lo que ha salvado a este país ha sido la actitud del italiano y del turco, que en el ridículo del cocoliche se ha propuesto como arquetipo un hombre de esta realidad”. Amén.

La radicación de la fábrica militar de pólvoras y explosivos por parte del Estado nacional en 1937, decisión basada en el valor estratégico de un territorio mediterráneo y sin relación aparente con la matriz productiva de la zona, pobló de obreros calificados, químicos e ingenieros la geografía de este mercado precoz, facilitando de un modo accidental —o por la acción apropiativa de los sujetos económicos dinámicos que ya operaban en el territorio— la emergencia de una pujante industria derivada: talleres metalúrgicos que fabricaban lo que el tambo y la usina lechera demandaban, industrias alimenticias, maquinaria agrícola. Paradójicamente o no, lo estatal-nacional y lo familiar-cooperativo convivieron sin mezclarse demasiado, pero ambos empujaron en el mismo sentido: capacidades tecno-empresariales de pequeña y mediana escala. Había nacido la capital nacional de los farmers.

 Paradójicamente o no, lo estatal-nacional y lo familiar-cooperativo convivieron sin mezclarse demasiado, pero ambos empujaron en el mismo sentido: capacidades tecno-empresariales de pequeña y mediana escala. Había nacido la capital nacional de los farmers. 

EL GRAN SALTO ADELANTE

“En 1990 Villa María era todavía un pueblo”. La frase es de Vicente Peña, un sanjuanino que se radicó en la hija del riel a comienzos de esa década con el objetivo de desarrollar su profesión de carpintero. El testimonio forma parte del documental “20 locos alrededor de un sueño”, dirigido por Sergio Stocchero. ¿Cómo fue posible la transformación de ese pueblo de pueblos en la potente Villa María de nuestros días? ¿Cómo logró la ciudad llegar a ser uno de los tres polos económicos, culturales y políticos de la provincia de Córdoba? La respuesta es el encuentro, contingente, de una sociedad exigente e innovadora con un gobierno desarrollista y modernizador.

De hecho, la pregunta sobre “el gobierno” fue tan relevante como difícil de contestar en el marco de la idiosincrasia que hemos descripto: ¿Cuál es el rol del gobierno local —por definición, una instancia vertical— en un ecosistema horizontal como el de Villa María? La solución que se encontró, con el triunfo de Eduardo Accastello y Unión por Córdoba en 1999, fue pensar al gobierno como un nodo de modernización y coordinación de las fuerzas vivas de una sociedad pujante, plebeya y dinámica, que se organizaba de abajo hacia arriba. No se trató de invertir su lógica, sino de potenciarla y empujarla hacia adelante. Acelerarla.

 Lo fue también por lo que produjo: no una universidad de enclave, asentada sobre un territorio en crisis, sino una universidad de eslabonamiento, inserta en una frontera productiva en permanente transformación. 

Las vigas de esta transformación se levantaron, sobre todo, entre 1997, el año en que empezó a funcionar la Universidad Nacional de Villa María, y hoy. En esas casi tres décadas, el peronismo farmer del centro y el sur de Córdoba gobernó la ciudad con Eduardo Accastello (1999-2003, 2007-2015 y desde 2023), Nora Bedano (2003-2007) y Martín Gill (2015-2023), y llevó adelante una modernización intensa, en frentes simultáneos. Fue un peronismo del hacer, pragmático y desarrollista, despojado de discusiones identitarias. Qué es un peronista o qué es el peronismo fueron siempre, para esa tradición, preguntas secundarias, sectarias. La cuestión principal era y es otra: qué hace y qué deja una acción de gobierno. Esa es la cuestión, de cara al interior de la fuerza y de cara a la sociedad.

La creación de la Universidad fue el hito fundacional de esta etapa. Lo fue, ante todo, por lo que trajo: arraigó en la ciudad a una masa de estudiantes jóvenes, capaz de renovar su vida cultural. Lo fue también por lo que produjo: no una universidad de enclave, asentada sobre un territorio en crisis, sino una universidad de eslabonamiento, inserta en una frontera productiva en permanente transformación. Pero lo fue, sobre todo, por cómo nació: de una lucha de la sociedad. Empezó en 1991, cuando Eduardo Accastello era concejal de la oposición y logró reunir en un mismo proyecto a los vecinos, organizados en la Comisión Pro-Universidad, y al entonces intendente radical, Miguel Ángel Veglia. Sin mezquindades, el justicialismo local puso primero a Villa María.

Ya en el gobierno, la prioridad pasó a ser la obra: una lista de infraestructura y bienes públicos tan larga que cuesta enumerarla. Primero, la conexión. Se construyeron tres accesos a la autopista, un subnivel que unió lo que hasta entonces eran dos ciudades —una a cada lado de las vías— y un aeropuerto. Después, el espacio público. Sobre los restos de los galpones ferroviarios abandonados se levantó uno de los principales lugares de encuentro cívico, cultural y recreativo de la ciudad: el Parque de la Vida, el Centro Cultural Comunitario Leonardo Favio, el Parlamento Infantil, la Medioteca, la Tecnoteca (un centro de innovación tecnológica para niños y jóvenes). Se recuperaron el río y la costanera, y se jerarquizó el anfiteatro. Luego, lo que no se ve. El agua potable, las cloacas y el gas, que en 1999 llegaban a la mitad de la ciudad, alcanzaron a la totalidad, y una planta depuradora pasó a tratar todos los líquidos cloacales. Se construyó un edificio modelo para el Hospital Pasteur, que les evita a los vecinos del centro de la provincia el viaje a Córdoba capital.

Por último, la producción. Se desarrollaron 147 hectáreas de parque industrial, tecnológico y logístico, con una zona primaria aduanera para facilitar las exportaciones de la región, y una cámara colectiva de maduración de quesos, que les permite a pequeños productores y pymes almacenar su producción y esperar cuando el precio cae. Se recuperó la organización del Festival de Peñas, convertido en un evento internacional. Un Viña del Mar de la pampa gringa, que ha servido para proyectar la ciudad al país, pero también para celebrar el encuentro de los hijos de los colonos. Como inmortalizó Hernán Figueroa Reyes: “Deje las penas por ahí y dentre a Villa María”.

DE LOS FARMERS A LOS TECNO-FARMERS

Sobre esta acción gubernamental, las fuerzas sociales del territorio desplegaron una transformación profunda de la estructura productiva, que, como enseña la economía política, es sinónimo de desarrollo. El cambio se apoyó sobre todo en la revolución biotecnológica, en el marco de la economía del conocimiento y del despliegue de las tecnologías de propósito general, en particular las digitales: la computación, internet y la conectividad. En ese proceso la biología salió del laboratorio y entró, como saber de producción, en distintos sectores del tejido productivo regional.

Quien explica el despegue agrobioindustrial de América Latina como una respuesta al boom de precios de las materias primas de los años 2000 ve solo la superficie. Por debajo hay una revolución tecnológica, la de la biotecnología, que permitió ya no sólo analizar los fenómenos biológicos, sino copiarlos, reproducirlos, mejorarlos y modificarlos. Ya no sólo usar microorganismos, sino domesticarlos, reprogramarlos y crear organismos nuevos. En palabras de Jean-Claude Pelissolo, estamos frente a un salto tecnológico expresado en una discontinuidad en el rendimiento de los procesos biológicos o, dicho de otro modo, ante un aumento espectacular de la productividad del “obrero microbiano”.

¿Cómo impactó este salto tecno-productivo en el territorio villamariense? Desde el punto de vista sectorial, se derrumbó la categoría de sector primario para abordar la actividad agropecuaria. En el viejo esquema, en las zonas aledañas a la ciudad, el productor sembraba la semilla del año anterior (no había semillas híbridas), la maquinaria eran los caballos, se trabajaba a fuerza de hombre (el arado y la sembradora), no había fertilización, casi no había tecnología. Eso era actividad “primaria”. Encerrada en la geografía de lo rural. Afuera de la ciudad.

En la actualidad, el campo no opera como un sector, sino como una red de geometría variable: la semilla sale de un semillero intensivo en biotecnología; el fertilizante nitrogenado se produce en el país con gas argentino; la siembra y la cosecha se realizan con agricultura de precisión, articulando software e imágenes satelitales, con maquinaria de altísima complejidad tecnológica desarrollada en el país; la biomasa local se industrializa para producir energía; y el comercio se desarrolla a lo largo de una red de proveedores de transporte, financiamiento y comercio exterior.

A los cultivos y las ganaderías se suman —con rasgos disruptivos— las bioenergías y la transformación en origen de la biomasa (granos, fibras y desechos); aguas abajo, bienes de mayor elaboración, como carnes y productos industriales; y aguas arriba, productos biotecnológicos de altísima complejidad, como los eventos transgénicos y los organismos editados. Como han explicado Roberto Bisang y Eduardo Trigo, el nuevo campo, además de producir alimentos, comienza a convertirse en un yacimiento de generación de materia prima energética. Así como existe el cracking del petróleo, existe el cracking de la biomasa: la posibilidad de transformar materias primas biológicas en una multiplicidad de productos industriales. Esta tendencia explica el aumento sostenido del valor agregado en la red. Fernando Vilella lo llama “vaca viva”.

El caso emblemático de este salto tecno-productivo fue la radicación en Villa María de ACABIO, la “etanolera” más grande de la Argentina. Se trata de un emprendimiento entre la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA) y 62 cooperativas de Entre Ríos, Santa Fe, Buenos Aires, La Pampa y Córdoba. Sus propietarios finales son unos 50.000 productores agropecuarios, asociados a las cooperativas primarias que integran la Asociación. La transformación industrial del maíz da tres productos extraordinarios: etanol para biocombustible, “burlanda” para alimentación animal, y dióxido de carbono para bebidas carbonatadas. La planta no genera efluentes de proceso y cogenera la energía eléctrica que consume a partir de los excedentes de vapor del proceso industrial.

En este territorio ampliado y transformado, el campo volvió a producir empleo. Según las distintas estimaciones, la red generó entre 2,6 y 3,7 millones de puestos de trabajo en las primeras décadas del siglo; para FADA, las cadenas agroindustriales explican el 22% del empleo privado nacional, más de dos de cada diez puestos. Lo que ocurre es que el nuevo empleo se produce con una lógica diferente a la del siglo XX: mucha gente vive del campo, pero cada vez menos gente vive en el campo. La Villa María contemporánea es parte de este nuevo mapa bioterritorial urbano-rural.

En esta dinámica general, la gran transformación biológica empujó a la reconversión del sujeto productor: de farmer a tecno-farmer. En palabras de Bisang, este moderno productor captura energía libre, produce biomasa usando alta tecnología y después hace ‘cracking industrial’ de granos, animales y foresta para obtener alimentos diferenciados, bioenergías e, incipientemente, algunos biomateriales. Ahora bien, el tecno-farmer es apenas un eslabón —muy relevante— de una red compleja y biobasada. Nada más y nada menos que el eslabón que permite que este salto tecnológico sea compatible con la generación de una burguesía nacional pequeña y mediana, desconcentrada en términos geográficos (desarrollo federal), pero con estándares de productividad en la frontera internacional: los rendimientos por hectárea en maíz, soja y trigo en Argentina son similares a los de los Estados Unidos, el Brasil y el Canadá, a pesar del impacto negativo de más de dos décadas de retenciones.  

 La sociedad sin el gobierno habría seguido siendo un pueblo de pueblos. El gobierno sin la sociedad habría levantado edificios vacíos. Y ambos, sin la revolución tecnológica, habrían administrado con prolijidad una cuenca lechera. Nada de esto estaba escrito, y lo contingente puede deshacerse 

LOS ARTIGUISTAS CORDOBESES Y EL TIEMPO

En Villa María se ensayó, con más constancia que en otros lugares del país, una fórmula que la Argentina discute hace décadas sin terminar de practicar. La fórmula de la trilogía garibaldina: una sociedad que se organiza de abajo hacia arriba, sin patrón y sin apellidos, y que hizo de la asociación su manera de construir escala. Un gobierno que entendió que su tarea era coordinar a esa sociedad, potenciarla y empujarla hacia adelante, sin reemplazarla. Y una revolución tecnológica que le dio al viejo homo chacarero un horizonte nuevo.

La sociedad sin el gobierno habría seguido siendo un pueblo de pueblos. El gobierno sin la sociedad habría levantado edificios vacíos. Y ambos, sin la revolución tecnológica, habrían administrado con prolijidad una cuenca lechera. Nada de esto estaba escrito, y lo contingente puede deshacerse. Ha habido y hay todavía luces y sombras. Ningún camino de crecimiento está exento de tropiezos y de zigzagueos. Pero el tridente que ha sostenido la transformación de Villa María —una sociedad pujante, un gobierno modernizador y un esfuerzo tecnológico capilar— se resiste, por el momento, a dejarse llevar por los vientos de la descomposición y la anarquía. 

Villa María nació de una infraestructura: fue la hija del riel. Un siglo y medio después invirtió la relación, y es ella la que tiende las vías e intenta, todos los días, arduamente, que el futuro sea el presente. El gesto, sin embargo, es el mismo: del nonno gringo al nieto tecno-farmer, trabajo, ahorro-inversión e innovación.

Escribieron Daniel Altamirano y Julio Sáenz en el prólogo de Canto al Inmigrante de Los Cuatro de Córdoba: “Porque esto, compadre, se hizo a pala, pico, sudor y ganas de alzar los cimientos de una Patria eterna. Y mirando el cielo y engordando espaldas, se hicieron poetas del maíz y el trigo. Abrieron los surcos con melgas de luna en cuarto creciente, antes de la lluvia, mientras que en el vientre de sus hembras maduraba el gringo, el fruto primero. Porque ellos vinieron a alumbrar de pueblos a esta extensa madre que cobija tierna bajo su bandera. La paz, el trabajo, el amor, la siembra. La justa y honesta virtud de los hombres. La fiesta infinita de hermanar la vida con la primavera.”

Fuente: Panamarevista