En el Chaco, la soja se concentra históricamente en siembras de diciembre, pero determinadas condiciones de humedad en el perfil durante el invierno y el comienzo de la primavera pueden abrir una alternativa más temprana. La llamada soja de primavera no plantea reemplazar la fecha tradicional, sino aprovechar situaciones particulares en las que el agua disponible y las condiciones climáticas permiten adelantar la implantación.
El análisis de los especialistas del INTA pone el foco en qué ocurre con el cultivo cuando se modifica el calendario. La soja responde principalmente a la temperatura y a la duración del día, por lo que una implantación en septiembre modifica la velocidad de desarrollo y el momento en que comienza la etapa reproductiva.
Para Johana Luzzi, investigadora del INTA Las Breñas, uno de los puntos centrales es “encontrar un equilibrio entre el desarrollo de la planta y la duración del ciclo”. Los materiales excesivamente cortos pueden llegar rápidamente a floración sin desarrollar suficientes nudos, hojas y ramas. Esto reduce la capacidad de la planta para interceptar radiación. En el otro extremo, un grupo demasiado largo puede extender el período vegetativo y llevar las etapas reproductivas hacia momentos de mayor temperatura y demanda de agua.
En este sentido, las experiencias de la Red de Soja en el NEA señalan como alternativas de interés los grupos V y VI cortos para las siembras tempranas. La elección, sin embargo, debe acompañar la fecha de siembra, las características del ambiente y el objetivo productivo.
El agua disponible en el suelo constituye otra condición determinante. “La demanda hídrica de la soja para la región puede estimarse en torno a los 650 milímetros, incluido el período previo a la siembra”, detalló Luzzi. Por eso, antes de definir una implantación temprana es necesario conocer la cantidad de agua útil almacenada en el perfil. También deben considerarse la profundidad y capacidad de almacenamiento del suelo, la cobertura y el cultivo antecesor.
La temperatura del suelo tiene un papel decisivo durante la implantación. Alrededor de los 22 °C se presenta una condición favorable, con una emergencia rápida y pareja. Cuando el suelo se encuentra por debajo de los 18 °C, el proceso puede demorarse y hacerse más desuniforme. En el otro extremo, temperaturas superiores a 35-38 °C reducen de manera marcada la velocidad y el porcentaje de emergencia, especialmente cuando se combinan con déficit hídrico.
La estructura del cultivo también requiere ajustes. En lotes con alta disponibilidad de agua o ambientes de alto potencial, se apunta a un stand de 25-30 plantas por metro cuadrado. Cuando la reserva hídrica es más ajustada, la recomendación es trabajar con densidades de alrededor de 20 a 25 plantas por metro cuadrado. El distanciamiento entre hileras también puede modificarse: reducir el espaciamiento permite una distribución más uniforme de las plantas, un cierre más rápido de los entresurcos y una mejor competencia inicial contra las malezas.
Por otro lado, es fundamental realizar un monitoreo permanente desde la emergencia. Las condiciones de humedad temprana predisponen la aparición de enfermedades como la mancha marrón (Septoria glycines), la mancha púrpura de la semilla (Cercospora kikuchii) y la roya asiática (Phakopsora pachyrhizi), además de exigir un control estricto sobre poblaciones tempranas de chinches y orugas defoliadoras.
“La soja de primavera, según Luzzi, no debe incorporarse como una nueva fecha fija al calendario”. Es una alternativa que depende de que coincidan determinadas condiciones de agua, temperatura y manejo. Cuando el perfil cuenta con la reserva necesaria y el resto de las variables acompaña, adelantar la siembra puede permitir completar el ciclo antes de lo habitual y liberar el lote durante el verano para otras alternativas productivas.