Drones agrícolas: por qué el costo de US$ 3,34 por hectárea no alcanza para definir una tarifa

Un trabajo del INTA aporta datos de más de mil vuelos y estima un costo operativo de US$ 3,34/ha. El valor es un buen punto de partida, y la Fundacion Benet quiere profundizar para evaluar una inversión o determinar una tarifa sostenible es necesario incorporar otros costos: logística, estructura, tiempos improductivos, inversión total, capital y rentabilidad.

La Fundación Benet destaca el reciente trabajo de las agencias de extensión de Otamendi y Balcarce del INTA estimó en US$ 3,34 por hectárea el costo operativo de aplicaciones fitosanitarias con drones en papa, en el sudeste bonaerense. El estudio se apoya en más de mil vuelos registrados durante tres campañas —una base de datos de campo con mucho valor—, sobre un dron multirrotor de 40 a 50 litros, una inversión de referencia de US$ 25.000 y una utilización anual de 6.000 hectáreas.

Ese dato es un excelente punto de partida, pero responde una pregunta distinta a la que enfrenta quien evalúa una inversión o define una tarifa: ¿qué hay que sumarle a esos US$ 3,34/ha para llegar al costo económico integral del servicio?

En primer lugar, la inversión no termina en los US$ 25.000: según la estructura de cada prestador pueden sumarse vehículo, tráiler, equipos de preparación y protección personal, y todo activo ya comprado también tiene un costo por usarlo (combustible, mantenimiento, seguro, depreciación). En segundo lugar, no todas las horas se traducen en hectáreas facturadas: traslados, esperas climáticas, personal, cargas sociales y estructura general reducen la superficie realmente rentable, y las 6.000 has anuales del estudio son, de hecho, uno de los supuestos más determinantes del resultado: con menos superficie, el costo por hectárea sube. Los propios investigadores lo advierten, y por eso toda evaluación debería incluir un análisis de sensibilidad: qué ocurre con el costo trabajando 2.000, 3.000, 4.500, 6.000 u 8.000 hectáreas anuales. Dos prestadores con el mismo dron pueden tener costos por hectárea muy diferentes.

Por último, falta el capital, un costo que no consume combustible ni aparece en las horas de vuelo. El dinero colocado en el dron, baterías, generador y vehículo queda inmovilizado en la actividad y tiene un costo de oportunidad, que no debe confundirse con la depreciación: la depreciación reconoce el consumo y la pérdida de valor de los activos, mientras que el costo de oportunidad reconoce que ese mismo dinero podría estar generando rendimiento en otra alternativa. Y todavía queda una última pregunta: qué rentabilidad esperamos obtener por invertir ese capital y asumir el riesgo del negocio. Porque recuperar todos los costos no significa que la inversión sea rentable.

Por eso, US$ 3,34/ha es un costo operativo, no un costo económico integral, y mucho menos una tarifa comercial. El recorrido correcto es:

Costo operativo → Costo económico integral → Tarifa comercial, sumando en cada paso logística, estructura, capital, riesgo y rentabilidad pretendida.

Esta dificultad para transformar datos técnicos en decisiones económicas fue uno de los motivos que nos llevó a desarrollar el curso Evaluación Económica de Drones Agrícolas de AgroFormar, donde trabajamos una metodología para que cada productor, contratista o profesional determine su propia inversión, proyecte ingresos, calcule punto de equilibrio y rentabilidad, y evalúe distintos escenarios de escala. La pregunta no es si el dron es caro o barato, sino si es económicamente conveniente para mi empresa, con mi estructura, mi inversión y las hectáreas que realmente puedo trabajar.

Del dato a la decisión: el trabajo del INTA aporta algo sumamente valioso, información operativa obtenida en condiciones reales de producción. La evaluación económica toma esos datos y les suma otra capa: inversión total, logística, estructura, escala, capital, riesgo y rentabilidad. Ambas miradas son necesarias, y el razonamiento excede ampliamente a los drones: deberíamos hacer el mismo ejercicio antes de invertir en una pulverizadora autopropulsada, un avión, una cosechadora o cualquier otro activo. Porque en evaluación económica un número puede ser perfectamente preciso y, al mismo tiempo, insuficiente para tomar una decisión.

Por Cr. Matías Méndez
Fuente: Fundación Benet