Abastecer en el caos: por qué la geopolítica cambió para siempre la producción agrícola

Durante años, el comercio agrícola internacional se apoyó en un conjunto de certezas que parecían inamovibles. Las reglas del comercio multilateral, la estabilidad de las rutas marítimas, un clima relativamente predecible y un orden internacional sostenido por instituciones consolidadas permitían planificar inversiones, sembrar y construir relaciones comerciales de largo plazo. Sin embargo, según sostuvo el geopolítico francés Olivier Antoine durante una conferencia organizada por el Grupo de Países Productores del Sur (GPS), ese escenario ya pertenece al pasado.

La principal transformación, explicó, no radica únicamente en la aparición de nuevas crisis, sino en la velocidad con la que estas se suceden y se superponen. Mientras la agricultura continúa funcionando con tiempos largos —una campaña agrícola dura un año, una mejora genética requiere una década y una infraestructura logística demanda varias décadas para amortizarse—, la política internacional opera en cuestión de horas. Un arancel, una sanción económica o el cierre de un estrecho marítimo pueden alterar las condiciones del comercio mundial de un día para otro.

Esa desincronización entre el tiempo del campo y el tiempo de la geopolítica constituye, según Antoine, el principal riesgo estratégico para la producción agroalimentaria de la próxima década. «Quien siembra decide para un año. Quien sanciona decide para mañana por la mañana», sintetizó durante su exposición.

A partir de esa premisa, el especialista describió la erosión simultánea de los cuatro pilares que sostuvieron la globalización agrícola durante las últimas tres décadas.

El primero es el sistema de reglas. El debilitamiento de la Organización Mundial del Comercio y el uso creciente de aranceles, embargos y sanciones como instrumentos de política exterior han hecho que el acceso a los mercados deje de depender exclusivamente de los acuerdos comerciales y pase a estar condicionado por consideraciones geopolíticas.

El segundo cambio afecta a las rutas comerciales. La guerra en el Mar Negro, la inseguridad en el Mar Rojo, las restricciones en el Canal de Panamá y las tensiones en el estrecho de Ormuz demuestran que la logística ya no puede considerarse un servicio neutral. El transporte de alimentos depende cada vez más de corredores vulnerables a conflictos militares, fenómenos climáticos y disputas estratégicas. Al mismo tiempo, fertilizantes, semillas y tecnologías agrícolas también se han convertido en activos estratégicos dentro de una creciente competencia por el control de insumos críticos.

El clima constituye el tercer factor de transformación. Antoine advirtió que los eventos climáticos extremos ya no representan únicamente un problema productivo. En un contexto de creciente inseguridad alimentaria, una sequía puede desencadenar restricciones a las exportaciones, aumentos de precios en los mercados internacionales y tensiones políticas que amplifican el impacto inicial. El agua, en consecuencia, deja de ser solamente un recurso natural para convertirse en un activo estratégico.

En ese escenario, el Cono Sur adquiere una relevancia inédita. La región concentra algunas de las principales reservas de agua dulce del planeta, posee una elevada capacidad para producir proteínas animales y vegetales y mantiene una ventaja poco frecuente en el contexto internacional: la ausencia de conflictos armados entre Estados. Para Antoine, estos atributos incrementarán su valor estratégico a medida que se intensifique la competencia global por garantizar el abastecimiento de alimentos.

La cuarta transformación responde al nuevo equilibrio del poder internacional. La creciente influencia de China como compradora, financiadora y generadora de estándares, el surgimiento de nuevos polos exportadores y la proliferación de regulaciones ambientales están modificando quién define las condiciones de acceso a los mercados. Ya no alcanza con producir: también resulta imprescindible participar en la construcción de las reglas que organizarán el comercio internacional en las próximas décadas.

En este nuevo contexto, Antoine sostuvo que la verdadera ventaja competitiva ya no será producir al menor costo, sino ofrecer confiabilidad. Los compradores internacionales valoran cada vez más la seguridad del abastecimiento, la continuidad de las entregas y la capacidad de cumplir compromisos incluso en escenarios de elevada incertidumbre. La competencia, afirmó, ya no se define únicamente por el precio, sino por la confianza que cada proveedor es capaz de generar. La conferencia concluyó con una reflexión que sintetiza el cambio de paradigma. Para los países productores del Cono Sur, el desafío ya no consiste únicamente en adaptarse a un mundo más inestable, sino en aprovechar esa nueva realidad para convertirse en protagonistas de las reglas que definirán el comercio agrícola del futuro. Porque, como resumió Antoine al cerrar su presentación: «El que abastece en el caos, escribe las reglas del orden que viene».

Fuente: Grupo GPS