La universidad que produce sus propios alimentos: el proyecto que ya llega a cinco comedores

Walter Mela es ingeniero agrónomo, productor, especialista en horticultura y experto en hidroponía, tecnología de la que fue pionero en el país desde que se graduó, en 2001. Hace casi 15 años, este porteño criado en El Huecú comenzó a dar clases en la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional del Comahue y, junto a unos compañeros, armó un proyecto hortícola que conjugaba lo pedagógico con lo social; pero su ansiedad se estrelló con los tiempos burocráticos y la falta de recursos, y pronto terminó yéndose a trabajar a la actividad privada.

Hace un par de años decidió volver a la docencia, concursó y retomó el proyecto junto a uno de sus antiguos compañeros. Hoy, la chacra universitaria que armaron en Cinco Saltos no solo les permite a los estudiantes aprender con herramientas de alta tecnología y productividad en las distintas instancias de los cultivos, sino que además genera alimentos accesibles para cinco comedores universitarios, donde almuerzan cada día entre 700 y 900 alumnos, una iniciativa por la que recientemente convocaron a Mela a exponer en el grupo de pensadores de la bioeconomía Antropoceno. Sobre este proyecto educativo y social, en las antípodas de la agricultura de subsistencia, conversó con +P.

—¿Cuándo comenzaste con la hidroponía?

—Más o menos en 2001. A veces les cuento a mis alumnos que ahí, en la Facultad, no había ningún libro de hidroponía ni casi acceso a internet, así que medio fui aprendiendo a prueba y error. Pero ya desde antes fui productor: la primera chacra me la alquilé en 1995, en Cinco Saltos, y desde ahí estoy con la horticultura. Mi padre y mi abuelo también fueron productores.

—¿Y con la docencia universitaria?

—Gané un concurso en 2012, pero después de seis meses renuncié y mi vida profesional estuvo en el ámbito privado. Hace más o menos dos años, por distintas circunstancias, decidí volver, concursé y hoy estoy a cargo de la cátedra de Horticultura de Ingeniería Agronómica y también de las materias Cultivos I y II de la Tecnicatura en Empresas Agropecuarias de la universidad.

La perversión del “cuanto peor, mejor”

—Este proyecto de abastecimiento a los comedores universitarios, ¿Cómo se dio?

—Con unos amigos habíamos presentado un proyecto para hacer, con la chacra de la Facultad, alguna producción que generara ingresos que pudieran suplir parte de las demandas que teníamos en ese momento. Yo estudié de 1995 a 2001 con una beca en la residencia de la universidad. Existía un comedor rebarato, pero ni así podíamos pagarlo. Como yo tenía mi chacra alquilada y vendía mi producción, pensé: ¿por qué no hacerlo en la Facultad y con eso generar alguna beca o algo? Había herramientas, tractor, personal docente y no docente, chacra y riego. Pero en ese momento no se pudo llevar adelante.

La iniciativa ya abastece cinco comedores universitarios, alimenta a entre 700 y 900 estudiantes por día y alcanza rindes superiores a los de muchos productores de la región.
La iniciativa ya abastece cinco comedores universitarios, alimenta a entre 700 y 900 estudiantes por día y alcanza rindes superiores a los de muchos productores de la región.

—¿Por qué?

—Básicamente, porque la mayoría de los profesores y los estudiantes más avanzados planteaban que con eso lo que hacíamos era sacarle el lazo del cuello al Gobierno, quitarle al Estado la responsabilidad de financiar la universidad.

—O sea, ¿Qué era mejor no ayudar a los alumnos con tal de no “ayudar” al Gobierno?

—Sí. En ese momento yo era un pibe, no tenía experiencia en el debate, en lo discursivo; tampoco ahora. Pero la idea quedó dando vueltas en mi cabeza y en la de un grupo de compañeros, y por suerte hoy dos somos profesores en la universidad: Waldemar Stickar y yo. La Facultad hoy está peor que en 2001. Ahora parece que van a poner algunos fondos, pero la universidad está en una crisis económica total. Tiene distintas formas de subsistir. En parte la viene bancando el Gobierno provincial y, después, cuando llega la plata de la Nación, la recupera. Muchas veces subsiste con créditos y préstamos del banco para pagar salarios y aguinaldos.

—¿Y cómo retomaron el proyecto de abastecer a los comedores de la universidad?

—Cuando volví a la docencia, surgió la idea de recuperarlo, pero teniendo como principal objetivo la formación profesional del alumno, para que los próximos ingenieros agrónomos puedan hacer algunas prácticas aplicadas a cultivos hortícolas, con tecnología y a escala comercial en todo el proceso.

Ni agricultura de subsistencia ni terapéutica

—No es una agricultura de tipo “familiar” o de subsistencia, entonces.

—No, nosotros no producimos a una escala de autoconsumo, recreativa, terapéutica o hobbista: producimos a una escala comercial, con volúmenes de producción similares o superiores a los que tiene un productor que vive de esta actividad. Hacemos todo el proceso con los alumnos: la producción de los plantines, el trasplante, el armado del sistema de riego, todas las labores culturales del cultivo, y el ciclo termina con la cosecha, la preparación y el acondicionamiento del producto, con el packaging para la venta.

Con hidroponía, tecnología y prácticas de producción comercial, estudiantes de Agronomía aprenden mientras generan miles de kilos de verduras para abastecer los comedores de la Universidad Nacional del Comahue.
Con hidroponía, tecnología y prácticas de producción comercial, estudiantes de Agronomía aprenden mientras generan miles de kilos de verduras para abastecer los comedores de la Universidad Nacional del Comahue.

—Toda la cadena de valor.

—Exactamente, igual que un productor que vive de la producción. Y no dicto ninguna línea de trabajo que no sea una actividad productiva sustentable en lo ambiental y en lo económico. Porque pensar en producir de manera sustentable solo ambientalmente, sin pensar en los números, es una fantasía de alguien que nunca se dedicó a producir. Lo que hacemos es siempre en el marco de las buenas prácticas agrícolas y con la mirada puesta en que sea un producto sostenible económicamente. No le puedo recomendar a nadie que haga algo para que se funda.

Las vicisitudes del financiamiento

—¿Cómo obtienen los insumos?

—En este momento, el 100 % lo está poniendo la universidad. El primer año, como los tiempos del Estado son superlentos y yo soy superansioso, y los agrónomos trabajamos con tiempos biológicos y no podemos estar esperando, salimos a buscar recursos para arrancar. Tuvimos muy buena colaboración de varias empresas de la región, varias de las cuales conocía por mi actividad privada, entre ellas Inagri y Plantas del Sur. Fui a pedir con una nota de la universidad y nos donaron semillas, mangueras para riego por goteo, telas rompevientos, plástico… Todo lo hacemos en el marco de lo que sería una agricultura intensiva, con buenas prácticas agrícolas. No es tecnología “de punta” por un tema de recursos, pero estoy tratando de avanzar hacia allí. Por eso, como nos va yendo bien, tenemos muy buena cantidad de producción y calidad, la universidad va invirtiendo un poquito para mejorar las condiciones de infraestructura con las que producimos e incorporar algo de tecnología. Por ejemplo, arrancamos regando con una bomba simple; hoy ya tenemos un sistemita de riego automatizado.

—¿Hoy tienen fondos propios?

—Hoy tenemos un porcentaje de lo que producimos. Casi el 100 % de lo que se produce se entrega a los comedores, gratis. A la universidad le enviamos la cantidad que se produjo, le ponemos un precio, como costo de producción, y la universidad nos ingresa ese dinero a un fondo con el que vamos reinvirtiendo y ampliando. Hoy tenemos una linda cantidad de recursos, no para pegar un salto enorme de inversión, para, no sé, un sistema de monitoreo por dron o un sistema para insertar nanoburbujas de oxígeno en una solución, pero sí, de a poquito, podemos ir mejorando lo que estamos haciendo.

Con una chacra de tres hectáreas la Universidad Nacional del Comahue convirtió la enseñanza en una herramienta para producir alimentos y sostener a sus estudiantes.
Con una chacra de tres hectáreas la Universidad Nacional del Comahue convirtió la enseñanza en una herramienta para producir alimentos y sostener a sus estudiantes.

—¿Tienen alguna iniciativa nueva?

—Ahora estamos con una iniciativa muy interesante que nos financió Pluspetrol. Es un invernadero que bautizamos como “aula hidropónica”, porque está pensado, más que nada, para dar clase a los alumnos y a otros que se quieran perfeccionar. Damos un curso que se llama “Formador de formadores”, destinado a ingenieros que forman gente en los territorios en esta técnica. La verdad es que es una locura el invernadero que estamos armando: muy lindo, con bastante tecnología y mucha plata.

—¿Cuánto cuesta?

—Deben ser más o menos unos 150.000 dólares. Es un lindo proyecto, un invernadero con todos los chiches, calefaccionado, con ventilación forzada y con paneles evaporativos para bajar la temperatura. Creo que no hay ningún invernadero así en actividad en la Patagonia Norte. Así que la idea es dar clases y también grabar ahí para poder empezar a dictar capacitaciones virtuales, y que eso nos pueda generar algún pequeño ingreso extra para la universidad.

—¿Ya lo han hecho?

—Yo el año pasado dicté dos cursos, en horario de trabajo, para otras universidades, y le pagaron a la universidad. Así que, si bien no fue para la cátedra, luego logré que me dieran una parte de esos recursos y con eso compré un pHmetro para medir el pH de una solución. Con esta aula hidropónica, mi idea es generar cursos a nivel nacional y para el exterior, que dejé de hacer por mi cuenta por el contrato de exclusividad con la Facultad; cuando tenga la posibilidad de editar esos cursos virtuales, vamos a poder brindarlos como servicio de la Facultad, y esos fondos van a entrar a la universidad.

"Si logro que un pibe menos deje la universidad, me doy por satisfecho", dice Walter Mela, impulsor de una chacra que hoy produce alimentos para cientos de estudiantes mientras forma nuevos profesionales.

Ajustarse a la demanda

—¿Cómo establecieron qué producir?

—Al principio fue medio a ciegas, en función de los cultivos que conocíamos y que son mejores para los alumnos. La lechuga, por ejemplo, es un cultivo fácil de hacer y barato. Entonces empezamos haciendo un montón de lechuga. Pero después, en el ida y vuelta con un grupo muy interesante de no docentes que participa del proyecto —la nutricionista que prepara las dietas de los chicos, la gente que está en la cocina— comenzamos a darnos cuenta de que había otros productos de mayor interés para el comedor, porque se pueden procesar o porque tienen mayor cantidad de proteína por igual cantidad de peso. Así que incorporamos una mirada más nutricional e hicimos algunos cambios, con productos que son más de guarda, más fáciles de procesar: mayor cantidad de espinaca, acelga, mucho zapallo, mucha cebolla y más tomate perita para hacer salsa, que sirve para muchas comidas. Si al principio, del tercio de hectárea que teníamos para verduras de hoja, hicimos la mitad de lechuga, hoy hacemos cerca de la mitad de espinaca, la otra mitad toda de acelga y menos cantidad de lechuga, entre otros cultivos.

—O sea, se fueron adaptando a la demanda, como debe hacer un productor para sobrevivir.

—Sí. Por ejemplo, al principio no habíamos hecho pepino, pero la gente del comedor hace un jugo de pepino riquísimo, así que ahora hacemos. Eso gracias a Beti Elevoff, la señora que está a cargo del comedor en la Facultad de Ciencias Agrarias (FaCA), que es una topadora: laburante y comprometida.

Fuente: Masp.lmneuquen