El rechazo de Teherán a propuestas de alto el fuego y la continuidad de los ataques refuerzan un escenario de tensión prolongada, con el Estrecho de Ormuz operando muy por debajo de su capacidad habitual. Este factor, junto con daños en infraestructura energética, sostiene los precios del petróleo en niveles elevados y volátiles, cercanos a los USD 120 por barril. En el corto plazo, el impacto ya es claro: mayores costos de diésel, fletes y seguros presionan toda la cadena agroindustrial, mientras que la energía cara también impulsa la demanda de biocombustibles, dando soporte a productos como los aceites vegetales. Sin embargo, la abundante oferta de granos y oleaginosas en los principales exportadores ha contenido subas más agresivas en los precios agrícolas.

El foco del mercado, no obstante, comienza a desplazarse hacia un riesgo más estructural: los fertilizantes. Lo que inicialmente era una preocupación logística hoy se transforma en una amenaza sobre la producción futura. Interrupciones en la oferta, costos elevados y posibles restricciones a las exportaciones —particularmente en países clave como China y Rusia— configuran un escenario desafiante para las próximas campañas. Este encarecimiento de insumos ya empieza a influir en las decisiones de los productores, con potenciales recortes en aplicaciones, cambios en la asignación de cultivos y ajustes en el área sembrada. En consecuencia, más allá de un presente contenido por stocks elevados, el mercado comienza a construir un escenario de precios más firmes en el mediano plazo, donde la disponibilidad y el costo de los fertilizantes serán determinantes para el equilibrio agrícola global hacia 2027.

Por Esteban Moscariello