“Esta es la época en la que tenés que estar a full todo el día, porque tenemos carritos en Las Grutas, Rada Tilly, Playa Unión, en todos lados”, dice Julio Kresteff (59). Son cerca de las 11 de la mañana y el productor recién sale de una reunión. Sabe que será un día de organizar tareas, entre ellas un viaje a Comodoro Rivadavia para poder traer cerezas y que los carros sigan teniendo frutas, pero pone en pausa sus actividades y cuenta a ADNSUR el trabajo que está realizando su empresa y cómo viene la venta de cerezas este año.  

Kresteff es el creador de Puente Colgante, una empresa familiar de Trelew que hace más de 20 años está en el rubro de esa fruta. En esa ciudad también es presidente de la Cooperativa de Cerezas del Valle Inferior del río Chubut, presidente de la Compañía de Riego y un reconocido corredor de autos. En su trayectoria, Kresteff guarda tres campeonatos con Fiat 128 y una incursión en la Clase 2 a nivel nacional.

Puente Colgante es la empresa que vende cerezas en la costanera de Rada Tilly, frente al restaurante IN, que hoy muchas turistas pueden ver en diferentes playas de Chubut y Río Negro, y que el año próximo espera llegar a Cariló, Pinamar y Mar del Plata, la costa bonaerense.

Kresteff también está encarando un ambicioso proyecto que promete revolucionar la producción de cerezas en Comodoro Rivadavia, una ciudad que históricamente fue productora y exportadora de esta fruta fina, pero que hoy está casi olvidada. A 30 kilómetros al norte de la ciudad, el productor plantó 10 mil plantas que espera poder cosechar el próximo año. En 2025, una helada arruinó más de 4.000 kilos de fruta y el debut de la producción.

El emprendimiento está en La Begonia, el campo del empresario Cristóbal López, donde Kresteff hace cuatro años comenzó a desarrollar su propio proyecto, conociendo el potencial que tenía la fruta en este lado de Chubut.

“Sale una fruta tremenda”, cuenta a ADNSUR. “Este año tuvimos la mala suerte de no armar el riego antihelada y pusimos más plantas. La pifié y perdimos como 40.000 kilos de fruta, pero bueno, son los riesgos de la producción”. 

“Es un lugar muy lindo, con un clima bueno. Tenés dos heladas y nosotros acá en el valle tenemos quince, pero ojo: cuando te caen esas dos podés perder todo. El resto lo tenés: hay buen clima, muy buen suelo, y estoy poniendo variedad como la que tenemos acá, para que sea exportable, de buen tamaño”, detalla. 

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El productor inicialmente plantó 5.000 plantas y este año plantó otras 5.000, una apuesta fuerte en un suelo que, por sus características y su cercanía al mar, ofrece una fruta más dulce. “Va a ser una linda producción; el año que viene calculamos estar arriba de los 40.000 kilos. Trabajo con los mismos criterios y la misma gente que hace 20 años trabaja conmigo. Podan de la misma manera, talan la rama de la misma manera, ponemos el mismo fertilizante. La fruta tiene dos grados más de azúcar por la cercanía del mar; es más dulce, pero no la podíamos hacer grande, hasta que, con raleo, poda y demás, pudimos hacer una fruta más grande”.

Va a revolucionar, va a ser tremenda cuando la podamos vender y poner en la caja de Puente Colgante. Va a ser un producto muy rico para seguir avanzando hacía toda la costa”.

El productor asegura que él es dueño del 90% de la plantación. El otro 10% queda en La Begonia. Cuando habla de López, admite que tiene una buena relación y no escatima elogios al hablar de su persona. “Tengo una relación muy buena con él. A él le gusta lo que yo hago, cómo lo hago con mi familia, y cuando vio cómo tengo organizada mi empresa y cómo tengo todo, avanzamos”.

DE PRODUCIR A EXPORTAR AL MUNDO

Julio, hace más de 20 años, se dedica a la producción de cerezas. Antes fue vendedor de autos y llegó a ser gerente de ventas en la concesionaria que tenía la representación de Mercedes-Benz. Sin embargo, el campo siempre lo atrajo y un día decidió producir en el lugar donde creció.

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La chacra donde tiene su emprendimiento fue una de las primeras en tener plantaciones de cereza en la zona. Su abuelo, un búlgaro que llegó desde Chaco a la Patagonia —primero a Comodoro y luego a Trelew, donde compró las 25 hectáreas de tierra que trabajó durante 15 años— fue productor de esta fruta, que se da muy bien en Chubut.

De esa porción de tierra, Julio heredó dos hectáreas y media y, cuando decidió comenzar con el emprendimiento, compró la tierra a su hermana. Así nació “Puente Colgante”, en homenaje al puente Hendre que fue construido por los galeses y que dividía dos chacras.

“Era la famosa revolución productiva. La chacra estaba abandonada, mis abuelos habían fallecido y se hablaba de cerezas. Me gustó la idea y me contacté con el ingeniero agrónomo Walter Domínguez. Él me dijo: ‘Si lo hacés, tenés que hacerlo de esta manera’, y hacerlo de esa manera era invertir mucho dinero. Había que hacerlo bien, con riego por goteo, por aspersión, tener el agua que necesita la planta, y busqué dos socios: mi cuñado y un amigo. Y fue un éxito, porque el primer año ya vimos cómo venía pero el viajar nos abrió la cabeza. Vimos que con una sola chacra o individualmente no íbamos a hacer nada. Entonces, tuvimos la visión de decir: ‘vamos a hacer una cooperativa con gente que quiera lo mismo que nosotros y un mismo estándar".

En total se reunieron 12 productores que trabajan la misma variedad, el mismo fertilizante y apuntan a un objetivo común: exportar, lo que cambió todo y permitió que el negocio se desarrolle a gran escala y largo plazo. 

“Arrancamos con España, después con Francia y Alemania. Llegamos a Estados Unidos y un productor nos dio la posibilidad de armar una máquina electrónica que identifica el color y tamaño de la cereza. Es tecnología de primer nivel. Nadie la financiaba en Argentina porque es muy costosa, y Peter, que tiene 85 años, nos financió esta máquina con el compromiso de que le entreguemos el 70% de la fruta. Todavía debemos cuatro años de la máquina. Pero ahí pegamos el estampido porque es la forma de hacer las cosas”.

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Con orgullo, Julio cuenta que este año la cooperativa fue una de las mayores exportadoras argentinas de cereza a Estados Unidos. En total se exportaron 800.000 kilos tanto a ese país como a China, Dubái y Europa. 

Además, por su tecnología, la cooperativa, el año pasado y el anterior, procesó el 80% de la fruta de los antiguos en el galpón de empaque de Gaiman, y abastece gran parte del mercado interno con el 30% de la fruta que no va a exportación.

Julio trabaja codo a codo en la cooperativa, pero también quiere que Puente Colgante siga creciendo y, además de su llegada a la costa atlántica, avanza en un proyecto que incluye un restaurante en la antigua casa de Jorge Galina, el primer gobernador que tuvo la provincia del Chubut.

“Compré la chacra con un cuñado, un primo y un amigo y la casa está intacta. La idea es hacer un restaurante y poder mostrar toda la degustación que hacemos y que el turista pueda reconocer el lugar donde vivió el primer gobernador. No es que nos sobra el dinero, pero lo volvemos a invertir en lo que nos gusta”.

“Todo esto lo hemos logrado con trabajo y haciendo bien las cosas, generando muchos puestos de trabajo. Jamás tuvimos un juicio laboral, cosas que te marcan que no hemos hecho tan mal las cosas y nos hemos hecho conocer en todos lados con lo que hacemos”, dice con convicción.

El restaurante podría estar finalizado en un año y coincidir con la primera producción de cerezas de Comodoro. A Julio le entusiasma la idea, principalmente por la calidad que tiene la fruta y el crecimiento que puede tener la producción.

“Le tengo mucha fe porque Comodoro tiene un clima bárbaro para la cereza. Al margen del viento, la fruta es muy rica; también hicimos un reservorio de agua de 33 millones de litros que se alimenta de unos manantiales del campo y ya estamos trabajando para hacer las cortinas para el viento, pero el resto es todo positivo.”

Y es cierto: la proyección puede ser buena. Una buena producción posicionaría nuevamente a Comodoro en el mapa de la cereza, sumándose a la cosecha de Mendoza, Neuquén, Río Colorado, Trelew, Sarmiento y Los Antiguos. 

Por el momento, habrá que esperar que termine la temporada de comercialización y consumo de la fruta; luego llegará el trabajo en el campo para que la fruta soporte las heladas y llegue con buen tamaño y sabor a los primeros días de diciembre, cuando los jornaleros del Valle, Las Plumas y Paso de Indios realicen la cosecha.

Con orgullo, Julio cuenta que contrata mano de obra local, que se suman a los más de 800 trabajadores externos e internos que trabajan cada año en la zona del valle para que la cereza llegue al mercado internacional, pero también a las playas de la Patagonia, con una fruta que cada temporada es tradición de consumo y sabor. 

Fuente: ADNSUR