Se ha establecido el mito de que bajar el gasto público para equilibrar las cuentas fiscales equivale a un ajuste salvaje. Incluso, más de un político cree que el aumento del gasto público impulsa el crecimiento, como si $ 100 gastados por el burócrata de turno tuviese un efecto multiplicador al estilo de la multiplicación de los panes y los peces.

Creen que si Pedro gasta $ 100 la economía no crece, pero si los gasta don Burócrata, esos $ 100 es como si se gastaran $ 150. Mágicamente, por el solo hecho de cambiar el que gasta, crece la economía. La realidad es que los $ 100 que gasta don Burócrata los deja de gastar Pedro por la mayor cantidad de impuestos. Pedro se iba a comprar una camisa con sus $ 100 y ahora deja de comprarla, con lo cual cae la demanda de camisas, menos ingresos del sector, menos crecimiento y puestos de trabajo.

Ahora, si don Burócrata gasta los $ 100 en construir en un canal de televisión estatal, crece la demanda de equipamiento para estudios de TV, empleo en el sector y expansión de todo lo ligado a ese rubro.

El aumento del gasto público es solo un cambio en la asignación de los escasos recursos productivos. En vez de producir camisas, que es lo que demanda la gente, se producen programas de televisión que nadie quiere ver. Se produce lo que quiere el burócrata, no que lo que la gente demanda, con lo cual hay una pésima asignación de recursos que no generan riqueza, en el sentido de bienes demandados por la población, sino que se generan bienes que nadie demanda salvo don Burócrata.

En definitiva, terminan beneficiados los que viven de la televisión estatal y perjudicados los que trabajan en la industria de las camisas. Es un juego de suma cero.

Pero en el ejemplo anterior se supone que solo se financia el aumento del gasto público con impuestos, cuando en realidad hay diferentes formas de financiar el gasto público. A saber:

Impuestos

Crédito interno
Crédito externo
Emisión monetaria
Confiscando activos

Si se financia el gasto con impuestos algo se ha dicho ya pero cabe agregar que, en la medida que aumente la presión impositiva, aumenta el estímulo por trabajar en el mercado informal evadiendo la carga tributaria y se desestimula la inversión, por lo tanto se afecta el crecimiento.

Si se financia con crédito interno, el estado desplaza al sector privado del mercado crediticio, haciendo subir la tasa de interés y frenando la inversión y el financiamiento del consumo.

Si toma deuda externa para financiar el gasto, es el único caso en que puede aumentar la actividad interna sin afectar en el corto plazo la demanda del sector privado. En efecto, el estado puede gastar en el canal de televisión estatal usando ahorro de los japoneses y no necesita, en el corto plazo, cobrar más impuestos. Pero sí tendrá que cobrar más impuestos cuando haya que pagar los intereses de la deuda, suponiendo que se renueva el capital. Si no cobra más impuestos para pagar los intereses, tendrá que tomar más deuda para pagarlos y se irá acumulando una bola de nieve imparable que en algún momento se transformará en un alud. Algo que ya hemos visto varias veces en Argentina, tanto en el caso de la deuda externa como interna.

Al respecto cabe recordar los depósitos indisponibles en los 80 con el gobierno de Alfonsín cuando el stock de deuda del BCRA, algo parecido a las actuales LELIQs, devengaban tal cantidad de intereses que llegaron a superar el gasto mensual del tesoro. Obviamente eso terminó en la hiperinflación.

Otro mecanismo de financiamiento del gasto público es la emisión monetaria, instrumento utilizado intensamente en nuestro país gobierno tras gobierno al punto de destruir 5 signos monetarios y actualmente no tener moneda en el estricto sentido de la palabra moneda.

Al margen que a uno le guste o no le guste hacer política monetaria, lo concreto es que para poder hacer política monetaria primero hay que tener moneda y Argentina no tiene moneda porque el peso no es reserva de valor. Es solo un instrumento de intercambio indirecto que sirve para operaciones de muy corto plazo.

Finalmente, el estado puede recurrir a las confiscaciones de activos, generalmente activos líquidos, para financiar el gasto. Lo hizo con los depósitos en el sistema financiero en 3 oportunidades: 1) plan Bonex en 1989, 2) pesificiación asimétrica en 2002 y 3) los ahorros que teníamos en las AFJP en 2008.

En definitiva, han atacado tanto el ahorro de los argentinos para financiar el gasto público que el mercado de capitales en Argentina quedó reducido a la mínima expresión por falta de seguridad jurídica. La gente opta por llevar sus ahorros al exterior, lejos de las garras de los políticos argentinos que suelen ser confiscadores seriales.

Considerando que solo en el corto plazo puede aumentarse el gasto público sin afectar al resto de los sectores si se utiliza ahorro externo, es claro que resulta absolutamente falso que una baja del gasto público vaya a generar recesión o, dicho de otra manera, que bajar el gasto público sea recesivo.

Aun con déficit fiscal, de alguna manera hay que financiar ese gasto: 1) emitiendo y cobrando el impuesto inflacionario, 2) tomando más deuda externa o 3) tomando más deuda interna.

En el caso argentino, dado que no tenemos acceso al mercado financiero internacional, las opciones son emitir, aumentar impuestos o tomando más deuda interna.

En cualquier caso, se afecta el poder de compra de los que pagan el financiamiento del déficit, con lo cual se contrae más la actividad que genera bienes y servicios que demanda la sociedad y se expande el gasto en bienes y servicios que la gente no demanda.

Es falso que el aumento del gasto público genere mágicamente más actividad económica, solo produce un cambio en la asignación de recursos en que unos sectores salen beneficiados a costa de otros sectores, pero los beneficiados no brindan ningún bien o servicio que la gente demande, o que lo demande a ese precio y calidad.

En definitiva, más que producir un mágico aumento de la actividad, el aumento del gasto produce un deterioro en el nivel de productividad de la economía con caída del ingreso real y empobrecimiento progresivo.

Por eso, el problema para bajar el gasto público no está en que genera recesión, es falso. Lo que hace la reducción del gastos es afectar a los sectores que se benefician con ese aumento del gasto, normalmente sectores que le aportan votos y poder a la dirigencia política. La baja del gasto público no es un problema económico, es un problema de conveniencia política y de cálculo electoral.

Pero como este desbordado aumento del gasto está llegando a quedarse sin financiamiento y empobreciendo más a la gente, llegará un momento en que alguien tendrá que ponerse en serio a bajarlo o la economía seguirá languideciendo con cada vez menos sectores productivos sosteniendo el gasto público hasta que se quede sin financiamiento.

No voy a espoilear la Rebelión de Atlas, pero a los que se niegan a bajarlo por razones de recesión, les sugiero que lean ese libro para ver lo que les espera si no ponen manos a la obra de inmediato y dejan de fantasear con que el gasto público tiene propiedades mágicas de crecimiento económico.

Fiuente: Economía para Todos