Soja
Criterios para el manejo de la fertilización del cultivo
Martín Díaz-Zorita - Consultor privado - Facultad de Agronomía, UBA - NITRAGIN Argentina S.A.
La soja es el cultivo de leguminosas de grano más importante en el mundo en términos de su uso para alimentación humana y animal concentrándose en Argentina junto con Brasil, China y los Estados Unidos más del 95 % de su producción mundial. En condiciones mejoradas de manejo del cultivo se observan rendimientos que llegan a duplicar los promedios regionales siendo el manejo integral de la nutrición mineral y las rotaciones unos de los elementos que con mayor frecuencia contribuyen para el mejoramiento de sus rendimientos. Por ejemplo, resultados provenientes de 920 cultivos presentados en los concursos de altos rendimientos de BASF Argentina en las campañas 2001 y 2002 muestran que los lotes correspondientes al 5 % de mayor producción fueron en su mayoría fertilizados e inoculados y el cultivo antecesor predominante fue maíz. Otras de las prácticas de manejo que contribuyeron al logro de los altos rendimientos fueron sistema y fecha de siembra y grupo de madurez (Díaz-Zorita y col. inédito).
En cuanto a la nutrición mineral de la soja, la demanda de nutrientes varía proporcionalmente con los niveles de producción logrados, los que en términos unitarios resultan mayores que los requeridos por cultivos de cereales (cuadro 1). La exportación de nutrientes se relaciona con el índice de cosecha nutricional, relación entre contenido en granos y los requerimientos totales. Este índice es alto para nitrógeno (N) y fósforo (P), intermedio para azufre (S) y potasio (K) y muy bajo para calcio (Ca) y magnesio (Mg). Por ejemplo, cultivos de 4000 kg/ha de rendimiento se requieren unos 320 kg/ha de N, 32 kg/ha de P, 28 kg/ha de S de los cuales, aproximadamente 240 kg/ha de N, 27 kg/ha de P y 19 kg/ha de S son exportados fuera del lote en los granos.
Cuadro 1. Requerimientos totales y partición de nutrientes en
soja, maíz y trigo (García, 2000)
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La información provista por los análisis de tejidos (granos, hojas, plantas enteras en estadios de desarrollo temprano) no solo contribuye a estimar los requerimientos totales y la exportación de nutrientes sino que puede emplearse para el diagnóstico de deficiencias nutricionales. Este diagnóstico puede realizarse por comparación con concentraciones críticas (cuadro 2) o el balance de sus relaciones. Por ejemplo, según Sumner (2000), en la región pampeana la relación N:P, N:K y P:K en hojas de soja en floración sería de 14,9, 2,7 y 5,7 respectivamente. Los elementos cumplen funciones esenciales para el desarrollo y producción del cultivo manteniéndose rangos de relaciones consideradas como óptimas según los niveles de producción alcanzados.
En general, aumentos en el desbalance relativo de las relaciones óptimas entre estos conduce a condiciones de menor productividad. Por ejemplo resultados recientes provenientes de la aplicación del sistema integrado de diagnóstico y recomendación (DRIS) en cultivos de soja del estado de Paraná (Brasil) muestran que aumentos en la medida del balance (sumatoria de índices DRIS por elemento) coinciden con lotes de baja productividad (cuadro 3; De Castro y col., 2003).
Cuadro 2. Rangos de concentraciones de nutrientes, según niveles de suficiencia, en la hoja trifoliada completamente desarrollada superior entre inicio y plena floración de cultivos de soja (Fageira y col. 1997)
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Cuadro 3. Aplicación del sistema integrado de diagnóstico y recomendación (DRIS) en dos muestras de hojas de soja con diferente productividad (De Castro y col., 2003)
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# IBN = índice de balance nutricional
* Concentración media de niveles adecuados de macro y micronutrientes usados
para la interpretación de análisis de hojas de soja.
En la Argentina, del total de elementos requeridos por la soja para su desarrollo y producción, nitrógeno (N), fósforo (P) y azufre (S) son frecuentemente identificados como aquellos que limitan el logro de cultivos de alto rendimiento. La ocurrencia de deficiencias de otros elementos son menos frecuentes y no presentan la magnitud de las de N, P y S. Es propósito de esta presentación describir y discutir elementos para el eficiente manejo de N, P y S incluyendo la identificación de condiciones potenciales de deficiencia y alternativas de corrección.
Nitrógeno
El nitrógeno (N), dada su alta demanda (80 kg/tn de grano, Tabla 1), es el elemento que en mayor magnitud restringe el logro de cultivos de soja de alta producción. Las deficiencias nitrogenadas se manifiestan por marcadas reducciones en el crecimiento y amarillamiento de las plantas con la aparición de los primeros síntomas en las hojas inferiores (hojas viejas). Las especies de leguminosas, tal es el caso de la soja, logran proveerse del N por dos mecanismos: absorción desde el suelo y fijación biológica en simbiosis con rizobios.
Fijación biológica del nitrógeno atmosférico
La soja obtiene entre el 25 y el 75 % de sus requerimientos nitrogenados a partir de la fijación biológica. Este proceso es energéticamente costoso para la planta (6-12 g de carbohidratos por g de N fijado) por lo que es común observar estrechas relaciones entre crecimiento del cultivo y fijación biológica. Por lo tanto factores que restrinjan el crecimiento limitarán la fijación biológica del N y reducirán la eficiencia de este proceso. En general, este proceso comienza 30 días después de la siembra, aumenta hasta alcanzar un máximo durante el período reproductivo e inicio del llenado de los granos y disminuye a partir del estadio de desarrollo de r5 (Zapata y col. 1987). Los requerimientos de N hasta floración con cubiertos mayormente a partir de la oferta edáfica mientras que los aportes por fijación biológica son muy importantes luego de la floración y durante el llenado de los granos.
Las semillas de soja poseen un alto contenido de N en comparación con los demás cultivos de grano (6,5 %, para un contenido de proteína del 40 % del peso del grano) por lo que cobra especial importancia el suministro de N a través de la fijación simbiótica (Maddonni y col. 2003).
La inoculación es el proceso de incorporación de bacterias seleccionadas por su eficiencia de fijación del N en el sistema suelo-cultivo. Para el logro de una inoculación exitosa es conveniente el uso de inoculantes de calidad recordando que manejamos seres vivos y que estos productos tienen recomendaciones de uso, en cuanto condiciones de almacenamiento, manipulación y aplicación, particulares de cada fabricante. En el caso de tratamientos sobre semillas, es recomendable lograr una distribución homogénea del producto tratando de cubrir, y mantener, sobre todas las semillas a sembrar una concentración óptima de bacterias hasta el momento de la siembra. Restricciones ambientales y de nutrientes que afecten al normal desarrollo de los cultivos limitan la tasa de acumulación del N por lo que variaciones en la cantidad fijada de N se deben a la ocurrencia de factores que afectan a este proceso (ej: temperaturas extremas, sequía, anaerobiosis en condiciones de excesos hídricos o compactación y presencia de altos contenidos de N del suelo).
En los suelos de la región pampeana no se encuentran cepas nativas de
Bradyrhizobium japonicum (bacteria específica para la fijación del N en
simbiosis con soja) por lo que es frecuente observar relevantes aumentos de
rendimientos (aproximadamente 1000 kg/ha) al inocular en lotes sin antecedentes
recientes de cultivos de soja inoculados. La repetida inoculación con un
inoculante de buena calidad favorece la nodulación y en campos con antecedentes
de soja aumenta las posibilidades de infección concepas seleccionadas
explicando la observación de aumentos en rendimientos por reinoculación. En
estos lotes la diferencia por inoculación es de menor magnitud, en general
dependiendo del manejo integral de la nutrición del cultivo (figura 1). En
varios estudios de fertilización e inoculación de soja desarrollados en las
campañas 2001-02 y 2002-03 se observó que la respuesta al agregado de
fertilizantes también se incrementa en los tratamientos con inoculación,
independientemente de los antecedentes sojeros de lote evaluado (Bianchini,
com.pers.; Chamorro, com.pers.; Fontanetto, com.pers.).
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Figura 1. Efecto de la fertilización con 55 kg/ha de fosfato
monoamónico (MAP) y de la inoculación sobre los rendimientos de soja en
Daireaux, Bs. As. (Adaptado de Díaz?Zorita, 2003)
El proceso de fijación biológica de N requiere, además de los fotosintatos provistos por el cultivo, de elementos minerales tales como P, Mo, Co, Ni, B, Fe y Mn (Martínez Lalis, 1999). La adecuada nutrición fosfatada del cultivo permite una mayor producción de grano junto con una mayor nodulación (Díaz-Zorita y col.1999, Chamorro y col. 2003 com. pers) y por lo tanto una mayor fijación biológica del N (figura 2). En algunos ambientes de la región pampeana también se han descrito mejoras en la producción de granos por la aplicación de Co y Mo junto con las semillas al inocular (Melgar y col. 2002). Si los suelos presentan niveles de pH inferiores a 6,2 es posible la ocurrencia de deficiencias de Mo recomendándose su corrección con aplicaciones tanto junto con la semilla como foliares en estadios de desarrollo temprano del cultivo. Es conveniente recordar que los micronutrientes, tal como el caso de los funguicidas, afectan negativamente la supervivencia de rizobium requiriéndose emplear dosis y productos previamente seleccionados por su compatibilidad con los inoculantes a emplear.
Figura 2. Efecto de la fertilización fosfatada y la inoculación
sobre la nodulación de soja en Venado Tuerto, Sta. Fe (Adaptado de Chamorro y
col., 2003. com.pers.)
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Fertilización nitrogenada
En general, los ensayos de fertilización nitrogenada en soja muestran una
sustitución del N fijado por el aportado por los fertilizantes sin aumentos en
la asimilación neta del nutriente (Diebert y col. 1979; Ghelfi y col. 1984). Es
decir, aumentos en la cantidad absorbida del N del fertilizante se corresponden
con disminuciones en la cantidad de N fijado (figura 3).
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Figura 3. Cambios en el origen del N en cultivos de soja según dosis de fertilización nitrogenada (Diebert y col. 1979)
En estudios realizados en la región pampeana sólo se encontraron aumentos en rendimientos por fertilización nitrogenada en lotes sin antecedentes de soja y cultivos sin inoculación. En general, en sitios con dos o más cultivos previos de soja la fertilización con N no tiene efectos sobre los rendimientos de los cultivos (Bodrero y col. 1984 y 1985; Barbagelata y col. 2001). La fertilización con N sólo sería recomendable en ausencia de inoculación y con fallas en nodulación que manifiesten síntomas visuales de falta de N (hojas basales amarillentas) en el inicio de floración.
El uso de dosis moderadas de N en la fertilización basal del cultivo
estaría circunscrito a ambientes con baja concentración de nitratos en la
siembra pero también muestra una limitada capacidad de producirlos durante el
cultivo. En estudios en la región pampeana, el agregado hasta 18 kg/ha de N en
la siembra en suelos con 15 kg/ha de N?NO3 no afectaría significativamente la
nodulación ni los rendimientos del cultivo (Scheiner y col. 2000, Gutierrez
Boem y col. 2002). El N en grandes cantidades presenta un efecto negativo en la
nodulación de soja, siendo su impacto mayor cuando la fertilización se realiza
en la línea de siembra. Algunos trabajos sugieren que los nitratos (NO3-)
afectan más a la formación de nódulos mientras que el ión amonio (NH4+)
reduce el proceso de fijación (Munns, 1977).
Durante el llenado de los granos gran parte del N contenido en las hojas se
trasloca a los granos simultáneamente con la senescencia foliar, consecuente
disminución en el área foliar, tasa de fotosíntesis del canopeo y
disponibilidad de fotoasimilados. Por lo que otra alternativa de fertilización
nitrogenada del cultivo sería la aplicación del N en etapas avanzadas del
desarrollo para satisfacer la demanda de N de los granos con recursos externos
provenientes del suelo. No obstante, las recomendaciones de fertilización
nitrogenada en estadios avanzados del cultivo no se basan en evidencias
consistentes, aún en ambientes con altos rendimientos (Gutiérrez Boem y
Scheiner, com. pers.).
En síntesis, en cuanto al manejo de la nutrición nitrogenada es recomendable garantizar el adecuado establecimiento de nodulación y eficiencia del proceso de fijación simbiótica del N a partir de la inoculación con cepas seleccionadas de Bradyrhizobium japonicum aún en lotes con antecedentes de cultivos de soja (Fig. 1) y el óptimo manejo agronómico del cultivo incluyendo la corrección las deficiencias de otros nutrientes. Las altas dosis de N en el momento de la siembra sólo logran inhibir la nodulación sin mayores beneficios sobre el cultivo. En el caso de fallas en la nodulación y síntomas manifiestos de deficiencia de N podría justificarse la aplicación de N durante estadios de inicio de la floración del cultivo.
Fósforo
Este elemento, es el segundo elemento limitante para la producción de cultivos luego del N. La soja para producir una tonelada de grano requiere unos 8 kg de P, cantidad que es mayormente exportada en la cosecha (ver cuadro 1).
La adecuada disponibilidad de P es crítica para el logro de un crecimiento rápido y el desarrollo adecuado del cultivo tanto de su parte aérea como de las raíces y de su nodulación y de la eficiencia de fijación biológica del N atmosférico. Las deficiencias de P reducen el crecimiento de las plantas, hojas pequeñas, de color verde oscuro y de mayor grosor (Gutiérrez Boem y Thomas, 1999 y 2001). Las reducciones en los rendimientos como consecuencia de deficiencias en la oferta de P se explican mayormente por reducciones en el número de los granos al afectar el área foliar y consecuente captación de la radiación en estadios tempranos de desarrollo del cultivo (Gutiérrez Boem y Thomas, 1999).
Si bien los requerimientos de P son máximos luego de 30 días de la emergencia de las plántulas, su escasa movilidad en el suelo junto con el proceso de captación (difusión) requieren que el diagnóstico y las correcciones de potenciales deficiencias se realicen en el momento de la siembra o con anterioridad. Para el eficiente manejo de la nutrición fosfatada del cultivo es conveniente estimar la capacidad del suelo para proveer este elemento recomendándose en gran parte de las áreas agrícolas de Argentina la determinación del contenido de P extractable de los suelos (método de Bray Kurtz 1) en la capa de 0 a 20 cm de profundidad.
Varios estudios se han realizado en Argentina para relacionar los niveles extraídos de P de los suelos con la respuesta de soja a la fertilización fosfatada. Entre ellos, a partir de resultados del proyecto Fertilizar del INTA durante las campañas 2000/01 y 2001/02 en sitios mayormente ubicados en la región pampeana se observó que los rendimientos en cultivos sin fertilización con P disminuyen en la medida que el P del suelo disminuye (Díaz?Zorita y col. 2002). También a partir de los resultados de esta red de 53 ensayos se establecieron las clases de disponibilidad de P del suelo que se presentan en el cuadro 4.
Niveles críticos similares han sido descritos en otros estudios en la
región pampeana (Melgar y col. 1995), sudeste bonaerense (Satorre, com.pers.),
Entre Ríos (Barbagelata y col. 2000; Melchiori y col. 2002) y Tucumán (figura
4) y aún en otros ambientes tales como en Estados del medio-oeste de los
Estados Unidos (Gutiérrez Boem y Scheiner, com.pers.).
Cuadro 4. Clases de disponibilidad de P del suelo (Bray Kurtz 1, 0-20 cm)
para el cultivo de soja. Resultados de la red de ensayos del proyecto Fertilizar
del INTA: Campañas 2000/01 y 2001/02 (Adaptado de Díaz-Zorita y col. 2002)
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Figura 4. Rendimientos medos de cultivos de soja en Tucumán según
niveles de P extractable del suelo (Bray Kurtz 1, 0-20 cm) y dosis de
fertilización fosfatada (Adaptado de Sánchez y Lizondo, 1999)
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En sistemas de siembra directa, la estratificación de P y otros nutrientes genera dudas en cuanto a la interpretación y aplicabilidad de los niveles de P en relación con la nutrición fosfatada de los cultivos y su respuesta a la fertilización. No obstante, se ha observado que la acumulación superficial de P no afectaría significativamente la absorción de este elemento (Uranga y Grove, 2003). No obstante, los niveles críticos de respuesta llegan casi a duplicarse cuando se consideran muestreos superficiales (0 a 5 cm) de suelos bajo siembra directa que cuando el espesor de suelo evaluado es el recomendado de 0 a 20 cm (Díaz-Zorita y Grove, 2000).
La soja, junto con el girasol, son cultivos con requerimientos mayores de P que los cultivos de cereales pero también con menores respuestas a la fertilización fosfatada induciendo al empobrecimiento de P de los suelos si no se considera su reposición en el cultivo o en la rotación (Berardo, 2003). A partir de los resultados de la red de ensayos del proyecto Fertilizar del INTA, se pueden esperar respuestas en grano al fertilizar con 20 kg/ha de P (equivalente a 100 kg/ha de superfosfato triple) superiores a los 200 kg/ha en suelos con contenidos de P extractable inferiores a las 12 ppm. La respuesta es superior a los 300 kg/ha si el P extractable del suelo es inferior a las 10 ppm.
Las dosis de fertilizantes a aplicar no sólo dependen de los contenidos de P extraídos del suelo sino también de los rendimientos esperados del cultivo. Basándose en las necesidades de suficiencia nutricional del cultivo y de mantenimiento de la fertilidad de los suelos se han elaborado variadas recomendaciones de dosis de fertilización con P que tienen en cuenta los rendimientos esperables del cultivo y el contenido del suelo como herramientas de diagnóstico (cuadro 5).
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Cuadro 5. Dosis de fertilizantes fosfatos recomendados para suelos del sudeste bonaerense según niveles de extractables de P (Bray Kurtz 1) y de rendimientos (Echeverría y García, 1998)
La tecnología de fertilización fosfatada, dada la escasa movilidad de este elemento en el suelo, requiere que en suelos con niveles de fertilidad media a baja los fertilizantes se apliquen por dónde las raíces lo alcancen durante su crecimiento o concentrados en bandas angostas (figura 5). Si se realizan aplicaciones superficiales de fertilizantes fosfatados, recomendadas para estrategias de mantenimiento de fertilidad en cultivos con limitada respuesta al agregado de P, es conveniente su anticipación al momento de la siembra y el aumento en las dosis a utilizar en al menos un 20% sobre las recomendadas para aplicaciones incorporadas en el suelo.
Figura 5. Efecto de la colocación de 45 kg/ha de P2O5 como superfosfato triple sobre la producción de grano de soja en Balcarce. Promedio de 2 campañas, suelos con 8,0 a 8,5 ppm de P (Fariña Nuñez, 1997)
En el caso de la secuencia trigo/soja se ha observado que las prácticas de fertilización aplicadas al trigo influyen sobre la soja de segunda y que en el caso de tratamientos con nutrientes poco móviles en el suelo (por ejemplo P) es posible dejar remanentes aprovechables directamente por la soja (Fontanetto y col. 2003; Salvagiotti y col. 2003). Los resultados de cinco ensayos ubicados en el sur de Santa Fe muestran que los rendimientos de soja de segunda no muestran diferencias a la fertilización con P o con S según momentos de aplicación, dosis completa en la siembra del trigo o fraccionada en cada cultivo (figura 6).
Figura 6. Rendimiento de cultivos de soja según momentos de fertilización con P, en el trigo para la secuencia o en cada cultivo (Adaptado de Salvagiotti y col. 2003)
Las semillas de soja son más sensibles a los efectos salinos y fitotóxicos
de fertilizantes aplicados en contacto directo con estas que las semillas de
girasol y de soja (figura 7). Como consecuencia de este daño se observan
reducciones en el porcentaje de plantas emergidas que afectando la uniformidad
de implantación del cultivo. La aplicación separada de fertilizantes y
semillas permite atenuar este inconveniente (Barraco y Díaz?Zorita, 2002).
Además, la textura y los contenidos de materia orgánica y de humedad de los
suelos son importantes elementos a considerar al evaluarse los potenciales
efectos fitotóxicos y salinos de estas aplicaciones. En suelos con texturas
arenosas, pobres en materia orgánica o en condiciones de sequía las dosis de
riesgo, para evitar estos daños, son significativamente menores que con
texturas finas o en suelos secos. El contacto directo de fertilizantes y
semillas inoculadas reduce significativamente la nodulación de las plántulas
afectando en consecuencia la efectividad del proceso de fijación simbiótica
del N atmosférico.
Figura 7. Porcentaje relativo de plantas emergidas de soja, girasol y maíz
fertilizados con 30 kg/ha de superfosfato triple (SPT), superfosfato simple
(SPS) o fosfato diamónico (FDA) en contacto con las semillas en un Hapludol
Típico (Adaptado de Barraco y Díaz-Zorita,2002)
Azufre
El azufre (S) es un elemento esencial para la síntesis de dos aminoácidos y proteínas requerido a razón de unos 7 kg/tn de grano producidos (Tabla 1). El metabolismo de N y S están vinculados, por lo que deficiencias de S diminuyen la asimilación de N las hojas Los síntomas de deficiencia son similares a los de N (hojas amarillentas) pero con la diferencia de detectarse en las hojas superiores, en formación o nuevas, y no en las hojas inferiores o viejas. Las reducciones en rendimientos de soja ante condiciones de baja disponibilidad de S afectan tanto al número de granos como al peso individual de estos (Gutiérrez Boem y Scheiner, com.pers.)
En Argentina, las regiones con mayor frecuencia se describen síntomas de deficiencia en este elemento y respuestas a su fertilización es el centro y el sur de Santa Fe (Cordone y Martínez, 2002). Con menor frecuencia se han presentado respuestas al agregado de S en el centro-norte de Buenos Aires. La información proveniente de la red de ensayos de soja de primera del proyecto Fertilizar del INTA no muestra respuestas al agregado de S en el sur y oeste de Buenos Aires, La Pampa, Córdoba, Entre Ríos, Tucumán y Salta (Díaz-Zorita y col. 2002).
No hay procesos biológicos de incorporación de S en los suelos por lo que las correcciones de su deficiencia deben realizarse con aplicaciones de fertilizantes conteniendo S directamente en el cultivo o en la rotación. Las aplicaciones de fertilizantes con azufre inducen a mayores rendimientos de cultivos de soja en lotes degradados (muchos años de agricultura) y en ausencia de deficiencias de P (Figura 8).
Figura 8. Efecto de la fertilización con azufre sobre la producción de cultivos de soja en la región centro-sur de Santa Fe. Promedio de 6 sitios con niveles de P > 15 ppm (Martínez y Cordone, 2000).
La necesidad de fertilización con S podría determinarse según a partir de análisis de suelos. Messick (1992) recomienda esta práctica en suelos con niveles extractables de S?SO4 inferiores a 10 ppm o si se han descrito deficiencias generalizadas en la región. Resultados preliminares del proyecto Fertilizar de INTA muestran que parte de las variaciones en la respuesta al agregado de S serían explicados por diferencias en la capacidad de mineralización de los suelos (Díaz-Zorita y col. 2002). En cuanto a los diagnósticos foliares, resultados del sur de Santa Fe muestran que la relación N:S en hojas de soja al inicio del llenado de los granos se redujo de 20 a 17 al fertilizar el cultivo con S (Martinez y Cordone, 1998). Agrawal y Mishra (1994) sugieren que relaciones N:S superiores a 16 indican deficiencias relativas de S alcanzándose los máximos rendimientos con una relación N:S de 11.
Se han observado reducciones en los rendimientos de cultivos de soja de segunda cuando los cultivos de trigo antecesores fueron fertilizados con N y P en comparación con tratamientos sin fertilización. La incorporación al suelo de materiales vegetales con relaciones C:S superiores a 400 pueden reducir el contenido de sulfatos de los suelos por inmovilización durante varias semanas luego de su aplicación (Eriksen y col. 1998). Este efecto explicaría, en parte, la mayor frecuencia de respuesta de cultivos de soja de segunda a la fertilización azufrada realizada directamente en el cultivo o en el trigo antecesor. Varios estudios muestran que tanto el P como el S aplicados en cultivos de trigo tienen efectos residuales de importancia sobre la soja de segunda y cultivos siguientes (figura 9)
Figura 9. Rendimiento de soja de segunda según niveles de fertilización con P y con S aplicados al trigo (Adaptado de Fontanetto y col. 2003)
Consideraciones finales
Nitrógeno, fósforo y azufre son los elementos que en mayor medida controlan
la producción de cultivos de soja en la región pampeana. La inoculación
eficiente con el uso de inoculantes de calidad permite cubrir gran parte de las
demandas de nitrógeno del cultivo y aumentos en los rendimientos aún en lotes
con antecedentes de cultivos de soja en rotación. La información disponible en
cuanto a fertilización nitrogenada no es conclusiva y sólo podría
recomendarse en ambientes sin nodulación y evidentes síntomas de deficiencias
nitrogenadas en el cultivo.
En cuanto al manejo del fósforo, el diagnóstico por análisis del suelo es la
principal herramienta a emplear. En suelos con P extractable (Bray Kurtz 1)
inferior a las 13 ppm es probable la ocurrencia de respuestas en rendimiento por
fertilización con P. Es conveniente realizar aplicaciones localizadas de este
elemento y evitar su colocación en contacto directo con las semillas.
Las deficiencias de azufre son frecuentes en suelos de texturas arenosas, con abundantes años bajo prácticas agrícolas sin fertilización con este elemento y se recomienda su corrección empleando fuentes azufradas directamente en el cultivo de soja o en los cultivos antecesores a este.
La información disponible sobre diagnóstico y manejo de la nutrición mineral en cultivos de soja en la región pampeana, si bien es creciente, aún requiere de su intensificación tendiendo a la identificación de potenciales requerimientos de otros elementos (ej. microelementos), al ajuste de las metodologías de diagnóstico de necesidades de fertilización, especialmente azufradas y a la integración de las prácticas de fertilización en el contexto de sistemas de labranza estables (i.e. siembra directa permanente) y rotaciones frecuentes según diferentes ambientes de producción.
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