Todo indicaba que el 21 de diciembre era el fin del mundo, pero se pudo observar que este no consistía en un meteorito en medio de la tierra, sino que en saqueos a supermercados y camiones. Personas que con toda libertad e inpunidad atacaron a las góndolas y a los ciudadanos. ¿Acto de violencia? ¿Simple vandalismo? ¿Hambre? O ¿algo más?
Tras los incidentes de la semana pasada en las ciudades de Bariloche, San Fernando y Rosario, los especialistas en política y economía, Massot y Monteverde, afirman que al estallar incidentes como los de la semana pasada, los autores desaparecen y las investigaciones judiciales y policiales nunca llegan a buen puerto. Si alguien, pues, aguarda alguna revelación que eche luz sobre los responsables de tantos robos a supermercados, a negocios de distinto tipo y a automovilistas inmovilizados en la Panamericana, es mejor que se arme de paciencia y pierda las esperanzas.
Los saqueos a supermercados del pasado 21 de diciembre en Bariloche dejaron como resultado 20 heridos. Los de la ciudad de Rosario: cuatro muertes. Decenas de personas provocaron destrozos y se llevaron comida, ropa, bicicletas y televisores. ¿Cuál fue la reacción de la policía, de Gendarmería y la del Poder Judicial?
Aunque el Gobierno nacional dispuso el envío de 400 gendarmes a Bariloche para frenar la situación, Massot y Monteverde aseguran que lo verdaderamente alarmante se vincula con un Estado que demostró una manifiesta incapacidad para devolverle el juicio perdido a Bariloche, a Rosario y a San Fernando, entre otras 40 ciudades presas de esos vándalos que actuaron con total impunidad.
Sólo imaginemos qué hubiera sucedido si a los 400 gendarmes enviados de apuro a San Carlos de Bariloche se los necesitara en Tucumán, Mendoza y Corrientes a la misma hora, el mismo día. No es que la administración que obedece a Cristina Fernández haya perdido, a manos de unos cuantos saqueadores, el monopolio de la violencia legítima. Sería exagerado siquiera insinuarlo. Aunque, eso sí, ha puesto en evidencia su falta de idoneidad en el momento en que era necesario aplicar todo el peso de la fuerza disponible a los efectos de salvaguardar el orden público.
En cuanto al personal policial, logró recuperar elementos que habían sido robados, en tanto el gobierno de Río Negro confirmó que indemnizará a los pequeños y medianos comerciantes afectados.
Otra cuestión que se puso en la mirada de los argentinos fue la de relacionar estos hechos de la semana pasada con los saqueos del 2001. Algunos argumentaban que la crisis que destituyó a De La Rúa fue la reacción de la ciudadanía por motivos económicos y que en este caso son políticos. Las manifestaciones del 2001 fueron tras la decisión del Gobierno Nacional de reducir salarios estatales y jubilaciones, el “corralito” que congeló los depósitos bancarios y una desocupación y pobreza creciente. Las mismas dejaron como resultado 30 muertos en todo el país, cinco de ellos en la capital porteña.
También se apelo a la posibilidad de que todo haya sido una “movilización” social planeada por una fuerza opositora. Otros más absurdos dijeron: _ “Estos no tienen hambre, estos se llevaron LCD, electrodomésticos y demás cosas”
Pero, ¿Es importante saber si se llevaron un pedazo de queso, una flauta de pan, un lavarropas o un LCD? ¿Qué tan importante es saber si a los ladrones los mandó una fuerza política o si fueron a saquear supermercados por voluntad propia? ¿Cuán importante es saber si los ladrones del 2001 tenían hambre de comida y los de 2012 hambre de electrodomésticos? Esos son datos, simplemente datos. Lo que se debería destacar es la actitud en sí. La forma en que actuó la gente que atropelló, empujó, robó, mató y salió. Son ladrones, no hay otra palabra para definirlos más allá de la necesidad que tengan. ¿Dónde están los responsables ahora?
Si bien resulta difícil desentrañar las causas del fenómeno, es evidente que los índices de pobres e indigencia que existen entre nosotros, después de ocho años de crecimiento a tasas chinas, son alarmantes. Si a eso se le agrega que explotó en vísperas de las fiestas de fin de año y en ocasión de recordarse los acontecimientos que sacudieron a la Argentina una década atrás, se entenderá, al menos en parte, la génesis del problema.
No parece un dato menor, aparte de los ya apuntados, el efecto contagio que siempre se produce cuando un determinado conjunto humano le pierde el miedo a la autoridad y toma conciencia de que determinados delitos nunca serán reprimidos y pocos serán castigados cual corresponde en virtud de la lectura, en clave ideológica, que se hace de los mismos.

Lo que hay es un estado, por momentos latente y por momentos manifiesto, de crispación política y social combinado con la convicción de que, aquí, avanzar sobre lo ajeno no conlleva demasiados riesgos, aseguran Massot y Monteverde.
En este orden de cosas la incapacidad a la que antes hacíamos referencia se relaciona, asimismo, con la ministro Nilda Garré y el hombre fuerte de la cartera, Sergio Berni. Aquélla es una perfecta indocumentada en materia de seguridad, y en cuanto al médico militar que teóricamente la secunda, vestirse con uniforme de combate y tratar de emular a Rambo cada vez que debe intervenir, no sirve de mucho. Los improvisados en asuntos de tanta seriedad no deben jugar con fuego o con fósforos cerca de un polvorín.
Que mueran dos personas —poco importa si inocentes o culpables de vandalismo— en San Salvador de Jujuy o en Rosario, como de hecho sucedió, nunca implicará lo mismo que en el Gran Buenos Aires. Si Kosteki y Santillán hubiesen sido abatidos en Río Gallegos o La Quiaca, seguramente Eduardo Duhalde habría permanecido al menos seis meses más en la Casa Rosada.
Hay otro dato que no le pasó desapercibido a nadie: la escasa labor de inteligencia desplegada por los organismos estatales cuyo cometido es anticiparse, precisamente, a este tipo de estallidos o, en su defecto, la poca importancia que se le dio a los informes recibidos días antes de estallar la violencia en Bariloche. No parece haber faltado información, de modo tal que cuanto fracasó fue la forma de evaluarla y prevenir los incidentes por parte del Ministerio de Seguridad.

Tal como decía la Iglesia Medieval: “el diablo es uno solo pero tiene mil rostros”; la violencia también es una sola aunque tenga mil saqueos. No importa qué se llevan de un supermercado, sino lo que dejan: muertes, robos, destrozos. Y eso es: Violencia.