CAMBRIDGE, EE.UU. - No hace falta pasar mucho tiempo en países en desarrollo para observar que sus economías son una mezcolanza, pues combinan lo productivo con lo improductivo, el Primer Mundo con el tercero. Ese "dualismo" es uno de los conceptos más fundamentales del desarrollo económico, formulado por primera vez en el decenio de 1950 por el economista holandés J.H. Boeke, que se inspiró en sus experiencias en Indonesia. Boeke consideraba que había una separación absoluta entre el estilo capitalista moderno de organización que predominaba en Occidente y el modo precapitalista y tradicional que predominaba en las "zonas subdesarrolladas".

Cuando los economistas contemporáneos piensan en el dualismo económico, recuerdan al Nobel sir W. Arthur Lewis, que dio la vuelta a la idea de Boeke, al sostener que la migración laboral de la agricultura tradicional a las actividades industriales modernas es el motor del desarrollo. Para Lewis, la coexistencia de lo tradicional junto a lo moderno es lo que hace posible el desarrollo.

El carácter dualista de las sociedades en desarrollo se ha acentuado a consecuencia de la mundialización. Algunos sectores de sus economías, como los enclaves exportadores, las altas finanzas y las hipertiendas, han experimentado aumentos de la productividad al vincularse con los mercados mundiales y tener acceso a las tecnologías de vanguardia. Otros sectores no han tenido oportunidades similares y la distancia que los separa de los sectores "mundializados" ha aumentado.
Esos desfases son problemáticos, pero, como recalcó Lewis, constituyen un posible motor del crecimiento. En economías como las de China y la India, el traslado de los trabajadores de la agricultura tradicional a la manufactura y los servicios modernos representa una parte sustancial del aumento total de la productividad. En muchas otras partes del mundo hemos observado un desarrollo inconveniente en los últimos decenios. Las industrias con gran productividad han llegado a emplear un porcentaje menor de la fuerza laboral de la economía, mientras que las actividades con escasa productividad han aumentado. Esa diferencia en las modalidades del cambio estructural explica gran parte de la diferencia entre las tasas recientes de crecimiento de América latina y del Africa subsahariana, por un lado, y las de Asia, por otro.

Podría parecer que esa conclusión no cuadra con la experiencia de países como la Argentina, Brasil y Chile, donde muchas empresas de los sectores modernos de la economía (incluida la agricultura no tradicional) han experimentado un crecimiento innegable. Lo que no se ha entendido es que gran parte de dicho crecimiento se ha debido a operaciones de racionalización y mejora tecnológica, sin que haya ido acompañado de la creación de puestos de trabajo. La productividad total en la economía no se beneficia demasiado en los casos en que las empresas se vuelven más productivas despidiendo a trabajadores, que acaban dedicados a actividades de la economía no estructurada caracterizadas por una productividad muy inferior.

Mi investigación, junto a Maggie McMillan, de la Universidad Tufts, muestra que los países con una gran ventaja comparativa en materia de recursos naturales son propensos a caer en la trampa del cambio estructural que reduce el crecimiento. Para dichos países, la mundialización tiene un lado bueno y otro malo. Las industrias relacionadas con los recursos naturales que fomenta la mundialización tienen una capacidad limitada para absorber el empleo correspondiente a los sectores tradicionales. La mundialización consolida el dualismo, en lugar de contribuir a superarlo.

Unas políticas apropiadas pueden contribuir a que se consiga. Una enseñanza es la de evitar el desplome prematuro de las industrias de importación y exportación que emplean a gran número de personas antes de que hayan surgido suficientes oportunidades de empleo en industrias más productivas. Los países asiáticos se han caracterizado por liberalizar en el margen (mediante subvenciones de las exportaciones o zonas económicas especiales), con lo que han espoleado las nuevas industrias exportadoras sin dejar a las demás en la estacada.

El tipo de cambio reviste una importancia decisiva. Las divisas competitivas fomentan y protegen las industrias modernas de productos comercializables que emplean a un porcentaje importante de la fuerza laboral. En nuestra investigación descubrimos que los países con divisas competitivas tenían más probabilidades de experimentar un cambio estructural que aumentara el crecimiento.

Las políticas flexibles en materia laboral parecen ser importantes también. Los requisitos legales que aumentan los costos de la contratación y del despido disuaden la creación de empleo en las nuevas industrias.

El cambio estructural necesita un impulso en la dirección adecuada. La mundialización no modifica esa realidad, pero aumenta los costos de la aplicación de políticas inadecuadas.
1950/59

Fue la década en la que el economista holandés J. H. Boeke formuló el concepto de dualismo en el desarrollo económico de un mismo país.

El autor es profesor de Política Económica Internacional en la Universidad de Harvard