
En estos tiempos de turbulencia, de mezcolanza, de agitación; donde la búsqueda de justicia se asemeja más a una despreciable forma de venganza, y donde la justa compensación se parece más a una revancha cultivada en el cantero del odio. En este tiempo de atardecer, donde la transparencia no vale nada, donde el poder se simboliza en la polarización de dos brazos tensos cerrados en una pulseada. Pulseada en la que el golpe de la mano del perdedor sobre la mesa, aplasta a los inocentes, que son y han sido siempre los mismos. En estos tiempos donde las posturas que tienden a los extremos nos llevan cuarenta o setenta años para atrás; pareciera que hay tres virtudes que se hacen muy difíciles de encontrar: la mesura, el diálogo y el equilibrio.
Volver cuarenta o setenta años atrás, ¿será volver a los blancos y negros?, a la imposibilidad de ir por el medio del camino. Será que de nuevo debemos optar por una banquina o por la otra, ambas llenas de barro. Si es así, es retomar una senda que termina siempre en el mismo desenlace, ya que cuando sólo es posible la existencia de dos posiciones, la salida es buscar la eliminación de una de ellas. Cuando se está en ese camino, una sociedad se va corriendo de la luz a la oscuridad, de la convivencia respetuosa a la imposición de una manera de ver el mundo.
Primero se comienza hablando del “apoyo crítico” y al poco tiempo se termina criticando al que no apoya. Un espejo de color, incluso una moneda de oro, da valor a un baúl mayor que la contiene, y donde se mezclan prácticas de corrupción, de venalidad, de impunidad, de mentiras, de falsedades, de construcción de islas de poder, y sobre todo de islas de riquezas que no tienen como justificarse ni por la vía del esfuerzo personal y la capacidad de trabajo, ni por la vía del azar. Formas de poder y de riqueza que son en su esencia, la más plena contradicción con las doctrinas que se alegan. El logro de un valor parcial, en un escenario de oscuridad y enceguecimiento, hace que no se mire siquiera el costo real de dicho valor.
Muchas sociedades –al igual que la nuestra- padecieron la oscura llegada a los límites; a esa raya a partir de la cual, si no estás conmigo y con mi razón, eres parte de lo que debe desaparecer para que “nosotros” creemos el mundo nuevo. Estas sociedades –como la nuestra- pagaron un alto precio por haber entrado en ese tobogán, lento muy lento al inicio, y de caída libre al final. Cuando se abandonan la razón y el sentido común, se hace muy difícil volver de esa toma de posiciones tan radicales y extremas; muchas veces tan difícil como volver del ridículo. José Hernández advertía a la sociedad de su tiempo: “Cuando la vergüenza se pierde, jamás se vuelve a encontrar”.
Es difícil en medio de una tormenta, saber con claridad adónde va nuestro barco. Es difícil como sociedad saber si vamos en el proceso lógico de la madurez, o si seguimos navegando en círculos infinitos, siempre en torno al ombligo.
Como no sabemos muy bien adónde vamos, tampoco sabemos muy bien qué somos. No sabemos –y muchas veces parece que no nos importa demasiado- si navegamos en un barco llamado Argentina o en uno llamado Titanic. No sabemos si somos pasajeros que viajan a un destino de felicidad, o hacia una desgracia que asumimos de antemano que no se puede evitar.
No sabemos bien adónde vamos. ¿Será porque que no sabemos a dónde queremos ir? O ¿será que sabemos a dónde queremos ir, pero estamos dispuestos a crear una nueva y única manera de llegar allí? Incluso despreciando los mapas que los demás pueblos han construido con su historia. La soberbia puede ser más efectiva matando, que la peor de las bombas de neutrones.
Mientras nos debatimos en un barco a la deriva, entre los gritos, la confusión, el saqueo, la oscuridad y la mentira. Mientras unas banderas tratan de tapar –que es una forma de negar la existencia- a las otras, nuestro barco no avanza, solo gira sobre sí mismo, en una forma de tirabuzón que se acelera lentamente.
En el mismo mar, otras naciones hermanas, con serios problemas de fuselaje –no fueron dotadas de los mismos recursos que componen nuestra nave- van encontrando el camino, se van poniendo de acuerdo entre los pasajeros y la tripulación, van encontrando un rumbo y ante cada acuerdo o concertación, aceleran. Aceleran porque se han dado cuenta, que este es un tiempo de la historia (no de la histeria) para aprovechar los vientos, para desplegar las velas, para tomar mejores posiciones, para salir de donde estaban y no querían estar. Definieron un proyecto, saben cada día un poco mas quiénes son y hacia dónde van. Asumen toda su carga de errores y la van acomodando en el viaje. No se detienen, mucho menos retroceden.
¿Qué nos habremos olvidado hace cuarenta o setenta años en el camino, que nos estamos volviendo a buscarlo?
Por Luis Ulla
Director Ejecutivo del Instituto Argentino de Responsabilidad Social Empresaria (IARSE)