Los exabruptos recientes del ministro Boudou y de Hebe de Bonafini, diatribas de gravedad inusitada dirigidas a dos periodistas y a la Corte Suprema, por ejemplo, no han merecido el rechazo del poder real. Ni Kirchner ni la Presidenta han condenado esos ataques verbales desmesurados. Sólo los han premiado con el silencio.

En su obra “Sociología del espectáculo”, el ya fallecido jurista Miguel Herrera Figueroa traza un paralelismo entre el fútbol y el teatro, en tanto formas diversas de representación que la sociedad asume y exhibe bajo la vidriera del espectáculo. Aquello destinado a la contemplación, más que a la participación activa. Seguramente, en los tiempos que corren, el pensador hubiese ampliado ese concepto al territorio político, espacio hoy bastardeado, hasta transformarse de a ratos en un show cuasi obsceno, mirado por una azorada platea de ciudadanos a quienes les cuesta entender tanta complacencia y estímulo del poder a las ofensas y los insultos impunes.

Las máscaras, cuyo origen se funda en las civilizaciones más remotas, fueron un símbolo del teatro de la Grecia antigua. Eran usadas por los actores para asumir la representación de sus personajes. Una máscara significaba siempre que el actor hablaba en nombre de otra persona. Cierta vez, Aníbal Fernández, un habitué de los derrapes verbales, pero nunca un arribista de la política como algunos colegas suyos del Gabinete, salió a parar las críticas al polémico Guillermo Moreno: “Es un funcionario que hace lo que la Presidenta le ordena”. Nunca tan cierto: los Moreno, los Boudou y tantos más, no son sino la máscara de otros. Mascaritas del poder.