Los análisis y soluciones a problemas presentes y futuros en la protección de maíz y soja fue el tema sobre el que giró uno de los módulos de conferencias de Mundo SojaMaíz 2010, el congreso anual de Sema-Servicios y Marketing.
En la oportunidad, el ingeniero Santiago Barberis disertó y coordinó el último panel de la primera jornada, del que también participaron el licenciado Daniel Tuesca (Cátedra de Malezas FCA-UNR) y el ingeniero Marcelo Carmona (UBA).
Dentro de los principales problemas de los cultivos de soja y maíz está el de la resistencia de malezas. Aquí se trató la situación actual, los peligros potenciales y qué es lo que se puede hacer, en materia de manejo, para evitarlas. Asimismo, se hizo una fuerte referencia al futuro del glifosato. También se profundizó en los determinantes de la decisión de aplicación de funguicidas en los dos cultivos, haciéndose hincapié en la “Mancha ojo de rana”.
Barberis aconsejó comenzar a utilizar “umbrales dinámicos” para determinar aplicaciones que prevengan males provocados por plagas. Es decir, no aplicar protocolos rígidos basados en experiencias de años anteriores, cuando la realidad de un lote puede ser variable en cada temporada. Para lograr un diagnóstico preciso puntualizó que los parámetros necesarios a tener en cuanta son el pronóstico climático y el monitoreo preventivo en barbecho.
También apuntó a la colocación de trampas de luz, y ya dentro del cultivo, a la continuidad del monitoreo, el chequeo del estado fenológico, la elección del insecticida y especialmente tener en cuenta la estructura de las plantas, ya que la eficiente penetración del producto va a depender en gran medida del tamaño en que se encuentre el cultivo.
Asimismo, Barberis aconsejó –siempre en el marco de elaborar “umbrales dinámicos”- trabajar “en redes por zonas. Eso sería con la colocación de varias casillas meteorológicas y una serie de trampas de luz, por ejemplo, y los datos que surjan de todos los puestos deben ser reportados vía Internet, para que todos los actores involucrados en la red puedan acceder, en tiempo real, a esa información que le va a permitir elaborar sus propias conclusiones”.
La exposición de Daniel Tuesca giró en torno a la resistencia de las malezas, la situación actual, los peligros potenciales y el manejo para evitarlos. Tras destacar que con el paso de los años el uso de glifosato es prácticamente excluyente, ya que casi no se aplica ningún otro herbicida, aseguró que “el problema no es cuánto glifosato usamos, sino cómo lo hacemos”.
Pero añadió que “el producto no es mágico en el sentido de que no todo lo que toca se muere”. Por eso reforzó la idea de que “hay un aumento de especies resistentes y tolerantes al glifosato”. En ese punto se refirió a “18 especies en el mundo que están detectadas mientras que en Argentina, seguro que hay cuatro (yuyo colorado, sorgo de alepo, raigrás y capiín), mientras que otras tantas están en duda sobre si efectivamente están instaladas en el territorio nacional”.
Otro punto importante de la disertación fue la diferenciación entre tolerancia y resistencia. “Tolerancia –dijo Tuesca- es la capacidad natural heredable de una especie para sobrevivir y reproducirse luego de un tratamiento herbicida”, mientras que a resistencia la definió como “la capacidad heredable de una población o biotipo para sobrevivir y reproducirse después de la aplicación de una dosis de herbicida que era letal para la población original”.
También destacó que “el tamaño es importante” para la eficiencia del producto o visto desde el otro lado, para la resistencia de plaga. “Cuanto antes se controla, mejor”, aseguró Tuesca, especialista en malezas con centro de operaciones en la zona de Rosario.
Finalmente, al referirse al futuro del glifosato dijo que “es improbable su restricción total” aunque para ello es necesario “un empleo racional”.
Por su parte, Marcelo Carmona hizo hincapié en la importancia de la cuantificación de daños causados por las enfermedades porque “sin el conocimiento del daño no se puede usar el Umbral de Daño Económico (UDE)”.
En ese marco se preguntó “¿cómo controlar si no se sabe cuánto es el daño?” y
señaló que, “por ejemplo, para roya común del maíz, por cada tonelada de rinde
se pierden 9 kilos por cada 1% de severidad (8-10 pústulas). Para un rinde de 10
toneladas se perderán entonces 90 kilos.
En cuanto al tizón del maíz, señaló que “sitios enfermos pueden generar nuevos
sitios enfermos a través de la infección de sitios adyacentes a aquellos
previamente enfermos, sin que sea necesario la participación de esporas”.
En cuanto a la pérdida por daño de tizón, Carmona aseguró que “por cada tonelada de rinde se pierden 27 kilos por cada mancha promedio en las tres hojas de referencia. Para un rinde de 10 toneladas se perderán entonces 270 kilos”.