Las plantas frigoríficas han ido concentrando el negocio en términos económicos y políticos durante los últimos años, y esa es una de las principales causas de la degradación que se observa en la calidad de la cadena ganadera e industrial.

Calidad en este caso significaría transparencia, reglas claras, previsibilidad, información abierta y confiable para todos, equidad para el pago de compensaciones y cobro de impuestos, libertad de acceso a nuevos participantes en el negocio y movilidad ascendente y descendente para los actores dentro de la propia cadena. En definitiva, todo lo que no ha sucedido últimamente en nuestra actividad.

Después de hacer grandes diferencias en los 80 con las maniobras de evasión de IVA y el sistema antiguo de matrículas de matarifes y abastecedores, el negocio de los frigoríficos venía muy golpeado de la década del 90.

La convertibilidad los sorprendió con una moneda que no les permitía ser competitivos en el mercado externo e interno, una capacidad de faena sobredimensionada con respecto a la matanza, que atentaba contra los gastos fijos de las plantas y un negocio de la carne acaparado por las grandes cadenas de supermercados que sometieron a los frigoríficos a prestar el servicio de faena por chaucha y palitos. Encima la profunda recesión sobre finales de la década pasada castigó el negocio de la venta de carne por falta de demanda.

A partir del 2002, con la escalada inflacionaria los frigoríficos recuperaron en primer lugar el precio del cuero y la carne. Los primeros años fueron magníficos porque los precios de los cortes tuvieron una recuperación asombrosa en pesos y ellos siempre venían de atrás con la compra de hacienda, lo que les permitió pasar a márgenes mucho más abultados a los que estaban acostumbrados. Este proceso impulsó la compra de plantas que venían financieramente muy comprometidas de la convertibilidad por parte de otras más fuertes, generando grupos de hasta siete fábricas de un mismo dueño o sociedad.

Viendo esa situación decidieron utilizar el poder de tener concentradas en pocas manos una gran cantidad de plantas del conurbano bonaerense, que representa 60% de la faena nacional y es donde se forman los precios de hacienda y carne para el resto del abasto argentino.

En primer lugar generaron un “corralito” de matarifes que son usuarios en sus propias plantas, no permitiéndoles cambiarse de frigorífico y de esa manera eliminando la competencia entre ellos por captar mayor faena. De esa forma, en un acuerdo explicito pero nunca formalizado se apropiaron de toda la suba del cuero pisando el valor de recupero para matarifes en niveles muy inferiores a la diferencia de precio entre cuero, patas, cabeza y vísceras versus el servicio de faena prestado. 

A la vez que le sacaron renta al matarife fueron por lo más importante que este tiene, sus clientes. Salieron a venderle a precios mucho más competitivos al carnicero utilizando todo ese margen que antes le correspondía al abastecedor, dejando una cantidad de usuarios sin posibilidades de competir.

Con los supermercados no les fue tan fácil, fundamentalmente porque la mayoría de ellos adquirieron plantas frigoríficas propias sobre finales de los 90 e inicios de este proceso, contribuyendo a una concentración aun mayor. Pero como el margen de venta en carnicería tuvo una gran recuperación en este tiempo y este rubro nunca fue controlado por la Secretaría de Comercio, tampoco era tan atractivo avanzar sobre el supermercadismo, y terminaron aliándose en cuestiones como acuerdos de precios, la gran barata, recortes de exportación y negociaciones con Moreno.

Viendo que el abastecimiento de hacienda en pie era una amenaza inmediata a partir del brutal deterioro que se estaba generando en el eslabón de cría y engorde de ganados, los empresarios de la industria se sentaron a conversar con el gobierno a ver como se iba a resolver el tema de la oferta de hacienda.

La solución pasó por acordar compensaciones fabulosas al engorde en confinamiento, de manera que los mismos frigoríficos y algunos otros empresarios pudiesen tomar también la porción que debía corresponderle al invernador tradicional. Además esto aseguraba al gobierno que cualquier escalada de precio podría ser conversada oportunamente con un grupo reducido de oferentes que tengan fuerte incidencia en la venta de producto, en vez de tener que conformar a cientos de miles de desaforados que salen a cortar rutas y reclamar equidad y reglas de juego claras para todos.

Los frigoríficos exportadores también terminaron entrando al sistema, aunque les costó un poco más porque el que era su principal negocio (la exportación) se vio fuertemente perjudicado en el 2006 y los grandes grupos de empresas que entraron a nuestro mercado tardaron en adaptarse a estos cambios repentinos de reglas.

Pero con el tiempo entendieron que tenían que acoplarse a lo que quería el gobierno ofreciendo mucha más carne al consumo con márgenes también muy interesantes, y exportar solo lo que la secretaría les permitiese a cambio de la entrega de cortes para la “gran barata” de los supermercados, que en definitiva es un gesto para publicar en el diario del domingo porque en volumen no representa casi nada, y la mayor parte de esa venta de fin de semana va a parar a las carnicerías con un 20% de remarcación en el precio. De hecho cuando doña Rosa llega a las 11 hs del sábado por la oferta que vio en el diario se encuentra que ya no queda nada porque se la llevaron los carniceros apenas abrió el local.

También pusieron el grito en el cielo cuando las compensaciones al feedlot no llegaban a la hacienda de exportación. Entonces lograron que las paguen y mucho mejor aún, en vez de dárselas al que produce novillo pesado en el feedlot se la dan directamente al frigorífico que además de engordarlo lo mata y lo vende, así la plata llega a destino seguro. No vaya a ser que algún productor ganadero se guarde algo en el camino.

Así vemos como en poco tiempo los frigoríficos avanzaron hacia arriba apropiándose del negocio del matarife abastecedor y hacia abajo reemplazando el trabajo del invernador.

Todo esto lo pudieron hacer porque entendieron que la necesidad del gobierno era generar una oferta importante de carne, aunque sea ficticia, para ganar la batalla contra el campo. La excusa era ofrecer a todos los habitantes, ricos y pobres, carne en exceso a precios bajos hasta tanto el sector productivo aguante.

Y en la medida que se vayan acabando las vacas tapar esos baches con recursos del estado en forma de compensaciones que van a parar al sector que se viene beneficiando en los últimos seis años en vez del que se está fundiendo.   

Esta es la historia de la industria frigorífica en las últimas décadas, que la encuentra al día de hoy con un negocio formidable dentro de una cadena gravemente herida en su origen.