Por una parte, en el plano internacional, está la expectativa de cuál será la actitud de China, la gran demandante de alimentos, una vez finalizadas las Olimpiadas.

Como este país procedió a cerrar empresas industriales, en tiempos previos a esta gran competencia internacional, con el fin amortiguar la contaminación derivada de la acción de éstas y para disminuir el tráfico y los problemas logísticos, lógico sería esperar, para después de las Olimpíadas, una reactivación industrial y económica en general que debería producir un aumento en la demanda, hasta postergada.

A ello hay que agregar que el precio del petróleo ha mostrado algunos signos de recuperación, luego de haber llegado a las nubes.

El crudo de OPEP cotiza a un nivel casi 110 dólares esto es bastante más que el correspondiente a la semana pasada.

Aparentemente existe cierto temor a que la oferta del combustible sufra una contracción a raíz del solapado conflicto entre EE.UU. y Rusia. Entre ambos países existe hoy un cuadro de distanciamiento que puede acentuarse.

Lo dicho hasta aquí corresponde al mundo. Vamos al país.

La furia y la frustración son dos agudos sentimientos que fogonean la posibilidad de un conflicto con mayúsculas.
La sociedad agropecuaria, en su conjunto, sobre todo los que están en la explotación agraria y los que se desarrollan como proveedores están perdiendo la paciencia, al ver que la dirigencia política no toma debida nota de los errores incurridos. Por ende, ella no tiene una expectativa de curso favorable para el futuro inmediato.

Una cosa así es terrible. Cuando alguien queda entre la espada y la pared, las consecuencias son impredecibles. Hasta el manso, puede convertirse en fiera.

Es cierto que el Gobierno ha mostrado algunas señales positivas como la liberación de 1 millón de toneladas de trigo y la mayor flexibilidad en quesos.

Pero todo lo que hace parece más bien una o dos gotas de cloro en una pileta con agua podrida. Así, la pileta ni cuenta se da.

El cóctel explosivo está preparado. Sólo falta que lo tomen.

Para pero colmo, el clima está en contra.

Más corren los días, mayor es la diferencia entre el trigo del centro y norte.

En el sur las lluvias ocasionales han dejado que el trigo se desarrolle más o menos normalmente.

Pero en la región norte, el agua brilla por su ausencia. No sólo se ha sembrado mucho menos sino que también se aguarda un rendimiento unitario menor.

Prácticamente, se puede afirmar que la producción total tendrá una reducción del orden del 20%. Y, para colmo, los precios del trigo son los que muestran, a nivel internacional, las peores expectativas.

Pocos dólares entrarán a los bolsillos de los productores y de todos aquellos ligados a éstos. Lo mismo sucederá con el Fisco.

Tal como habíamos informado en los anteriores análisis, se nota un suave rebote. El rebote se afirma en la suba del petróleo, y la desvalorización, otra vez, del dólar.

Los indicadores señalan que habría un nuevo piso. En términos de precios locales, para el caso de la soja, rondaría en un nivel de $880. Y, seguramente, veremos picos por encima de $900.

Claro que nadie tiene la bola de cristal.

Hoy 21 de agosto, los mercados estuvieron firmes. Los compradores de soja pagaron $ 900 y las operaciones de maíz se concretaron en un nivel de $ 455.