Fue siempre así. Levantarse a la madrugada, ir a buscar las vacas -en aquel tiempo ordeñando a mano y durante muchas horas… hoy a máquina- y, entre ordeñe y lavado de los animales, -cuatro horas a la mañana y otras tantas a la tarde- mas tarde atender a los guachos, darles ración o agua a las otras categorías, mover a los boyeros, hacer las compras, ocuparse de la siembra y la entrega de leche cuando viene el camión…. Durante 365 días al año, siempre que no llueva, porque si llueve y además hace frío, la cosa se complica y mucho: sacar la leche a la ruta, que quizás esté a varios kilómetros, y es posible que, justo ese día, se corte la luz o se empaque la bomba de vacío, o haya que atender un parto.

Todo es así porque es la vida que elegimos y comprendemos que sacar leche es fundamental para la gente, nuestra gente, nuestro país.

Claro, sabemos todo esto los tamberos porque nacimos en medio del barro, detrás del culo de las vacas y estamos hechos a esto. Es más, sabemos que no es para cualquiera y por eso, cada vez somos menos. Nobleza obliga, también nos gusta. Si nos sacaran de acá, nos moriríamos de puro extrañar las vacas, el olor a silo y a bosta y a alfalfa, al aire libre y con el grito de los teros que nos acompañan en la recorrida.

Pero ese día en que el campo necesita hacerse escuchar -porque hace meses (¿años?) que se olvidan de nosotros- y se tira la leche porque los camiones no vienen a buscarla, nos tratan de traidores a la patria, dicen que no nos importa la salud de los ancianos y los niños. Nos parece muy injusto. Y que nos cierren las puertas y no nos quieran escuchar y armen una gran parafernalia para demostrar que estamos en contra de nuestra bandera o de las familias de nuestro pueblo como si nosotros fuéramos extraterrestres o de otro país, nos parece demasiado.

Hay demasiada historia de esfuerzo, trabajo y dignidad, para que nos traten como miserables. Nos da tanta tristeza, que muchos hemos resuelto abandonar esta tarea. Por eso, cada vez hay más vacas blancas y negras en las ferias, por eso cada año hay menos leche. Por eso nos la rebuscamos con la soja o con lo que se pueda.

Cuando no quede un litro de leche en la Argentina y haya que cerrar las fábricas y el personal de la industria se quede en la calle y haya que importar leche, se acordarán de nosotros. Pero ya no estaremos.

Y será inútil que nos vengan a buscar. Quien desarmó el tambo, no lo volverá a abrir. Y los jóvenes saben bien que esto es demasiado esclavizante, como para meterse en un negocio en el que sus padres recibieron semejante maltrato.

Qué tristeza saber que ya está siendo demasiado tarde.

Los pueblos que beben leche son sanos, inteligentes y longevos