ROSARIO.- Eduardo Buzzi sabe que Néstor y Cristina Kirchner, a quienes acompañó durante los primeros años de gestión en la Casa Rosada, están especialmente enojados con él, por su papel en el interminable conflicto entre el Gobierno y el campo.

"Para ellos, no hay peor astilla que la del mismo palo. Pero estoy tranquilo; yo sigo siendo el mismo. Los que cambiaron fueron ellos", afirma a LA NACION el titular de la Federación Agraria mientras acomoda el mate en el escritorio de roble de su despacho, con un cigarrillo encendido y su celular llamando de manera incesante.

"Me ilusioné con el Kirchner de 2003, el que decía que daría las mismas oportunidades a un chico de Capital que a uno de Jujuy. Pero no cumplió", dice Buzzi. Promete "intensificar la lucha desde la institucionalidad, porque los Kirchner no son De la Rúa; es un gobierno fuerte y legítimo".

Peronista "de nacimiento", Buzzi niega las acusaciones de golpismo y de estar formando el "partido agrario" formuladas por el Gobierno. Sorprende con una autocrítica por su discurso en la concentración del domingo último, y castiga a los gobernadores como Jorge Capitanich, que "como los papagayos, repiten cosas sin saber lo que dicen". Rescata a dirigentes de la oposición y a Luis D Elía: "Sigue siendo mi amigo".

-Los anuncios del jueves no los conformaron. ¿ Por qué?

-Los anuncios caen mal; tienen más que ver con la tribuna que con resolver el problema presente. El mensaje es confuso y engañoso.

-¿Es el peor momento del conflicto?

-Estamos donde ellos nos ponen, con desplantes, con manoseos, subestimación. Si el escenario es de indiferencia, nos queda reclamar.

-¿Alguna autocrítica por su discurso en Rosario?

-Sí. Me equivoqué cuando dije que el camino era ganar o ganar, eso significaría que debería haber derrotados y que debería ser el Gobierno. Fue casi una bravuconada de mi parte. Por otro lado, lo de "el Gobierno es un obstáculo" suena mal; debería haber dicho que las políticas agropecuarias de este gobierno se transforman en un obstáculo. Y lo reafirmo.

-¿Por qué?

-Cuando tuvieron que poner el bisturí en lugar de extirpar el cáncer te atravesaron un riñón: pisan la materia prima, cierran la exportación de carne, desestiman la producción ganadera y tambera...

-¿A los Kirchner les molestan más sus críticas porque lo consideraban un amigo?

-Sí. Un aliado, en realidad. Desde su visión, no hay peor astilla que la del mismo palo, pero estoy tranquilo: nunca tuve pertenencia orgánica al kirchnerismo; sí coincidimos con lineamientos, con aquel discurso esperanzador de Kirchner, que hablaba de movilidad ascendente. Acordé con la foto de la ESMA y los juicios a genocidas, por ejemplo.

-¿Y quién cambió?

-Estoy muy tranquilo; nunca cambiamos. Que estemos más cerca de la Sociedad Rural, en todo caso, será una metamorfosis de la SRA; ellos se acercaron más a la izquierda que nosotros a la derecha. [Risas.].

-¿Cómo se sienten Mario Llambías y Luciano Miguens cuando usted dice esto?

-Me respetan; por ahí no opinan, pero respetan.

-¿El Gobierno apuesta al desgaste?

-Apuesta al desgaste de la dirigencia y de la gente, como hizo Kirchner en Santa Cruz.

-¿Y cómo van a jugar ustedes?

-Con más institucionalidad, aprovechando el respeto que se ganó la comisión de enlace ante las bases. Este gobierno de los Kirchner no es el de De la Rúa. Sólo algún estúpido puede pensar que estamos empujando hacia la desestabilización.

-El Gobierno dice: "El campo no nos da margen para negociar".

-Es al revés. Ellos dicen: "O es bajo nuestros términos, o no se puede negociar. En sus oficinas, los ministros deben tener un cartel que dice "prohibido pensar distinto".

-¿Hasta cuándo se puede seguir así? La gente parece cansada.

-Estamos de acuerdo. Esto no da para mucho tiempo más, pero abre un panorama. Nadie se le animaba al todopoderoso kirchnerismo, y ahora se demostró que sí se puede.

-¿Cómo se sale del conflicto?

-Los conflictos son satisfactorios cuando se sale mejor de lo que se entra. Nosotros, como movimiento, estamos mejor de cómo entramos, aunque no se consiga de un saque el decreto de la felicidad [la marcha atrás con el aumento de las retenciones], que tampoco resolvería todos los problemas.

Por Jaime Rosemberg
Enviado especial