Para descalificar la convocatoria y en formato de chicana, el Gobierno había sostenido a través de ministros y voceros que la demostración de Rosario -masiva, como se vio- debía ser considerada un acto opositor. Y con la misma lógica motorizó en Salta una concentración oficialista, partidaria, en lugar de privilegiar la celebración oficial del 25 de Mayo, en un escalón institucional diferente. La estrategia frente a este nuevo capítulo de la pelea con los ruralistas terminó exhibiendo así una combinación de errores de lectura política, reflejados en las fotos que dejó un domingo impensable hace unos meses, cuando Cristina Fernández de Kirchner empezaba a transitar su gestión.
Las imágenes y los dichos, de todos modos, no deberían confundir. La mayoría de la oposición ya había tomado nota de que este conflicto, desde el inicio, los superó largamente. Muchos estuvieron ayer en Rosario, pero fuera del escenario. Fue un acompañamiento heterogéneo -desde expresiones de izquierda dura al macrismo- a la vista de cualquiera. Menos visibles fueron las diferencias para tomar posición frente a la protesta, condimentadas además por algunos gestos que anticipan la pelea por espacios en la perspectiva electoral.
En este terreno, Elisa Carrió fue la que se colocó más rápido alineada con la protesta. Otros, como los socialistas, acompañaron con cautela: Hermes Binner, protagonista de intentos para encontrar una salida negociada, fue crítico en la última semana de paro cuando la Presidenta había vuelto a hablar de diálogo, a pesar de su desconfianza en el Gobierno. Pero hay más: en la conducción socialista, que encabeza Rubén Giustiniani, existe malestar por las críticas que le disparó hace unos días Carrió a Binner, a raíz del proyecto del tren bala que involucra a Santa Fe. Creen que ese cuestionamiento responde a una competencia anticipada de candidaturas.
El radicalismo orgánico, cuya jefatura ejerce Gerardo Morales, también se alistó con la protesta, como reflejo además de realidades distritales: el ejemplo más notorio es Córdoba, donde avanzó un acuerdo entre radicales y el juecismo. Existen, aunque amortiguadas, divergencias en la UCR. Algunos dirigentes del alfonsinismo rescatan la posición crítica frente al Gobierno, pero consideran negativo el alineamiento sectorial -en este caso, con los productores-, en un juego que, a su juicio, desnaturaliza el papel de los partidos. El debate sobre el modo de pararse frente al conflicto atravesó también a otras fuerzas, entre ellas el macrismo, con poco ejercicio frente a los temas nacionales.
El oficialismo, a pesar de todo, tampoco reparó esta vez en el papel de la oposición. Eligió referirse a la concentración de Rosario como un acto opositor sólo con el presupuesto de que eso descalificaría a la protesta, pero no evaluó que deja abierto un enorme desafío político, a pesar de que las fuerzas opositoras hoy parecen incapaces de capitalizar el descontento.
Del mismo modo, sigue sin registrar que el conflicto rural potencia otros malhumores sociales, expresados además en la pronunciada caída de la imagen presidencial que, con diferencias de niveles, vienen mostrando varias encuestas en los últimos meses. La masividad del acto en Rosario difícilmente pueda atribuirse sólo a la movilización de productores; habla de un fenómeno más complejo.
Otra visión limitada, y contradictoria, terminó trasluciendo la demostración que el Gobierno se impuso ayer en Salta, tras cuestionar por opositor al acto de Rosario.
Al rechazar los planteos rurales, el oficialismo sostuvo -y ayer lo reiteró la Presidenta- que un gobierno democrático debe ejercer su gestión pensando en las necesidades de toda la sociedad. Pero este último argumento, razonable, fue puesto en crisis por el propio kirchnerismo, al colocar la celebración oficial del 25 de Mayo en un mismo nivel y a modo de competencia con la protesta rural.
No se trata de solemnidades, sino de advertir la real dimensión de los desafíos disparados por este conflicto, que ya produjo enormes costos al Gobierno.