Pocas veces un punto crítico condensó en tan poco tiempo tamaña diversidad de factores, discursos, actores y reclamos de tanta diversidad. Pero ayer, frente al Monumento a la Bandera, el big bang comenzó a formar sus primeras estrellas.

En las declaraciones posteriores al acto ruralista, tanto Mario Llambías como Eduardo Buzzi desalentaron la conformación de un partido del campo. Pero estas definiciones no ocultan lo evidente. La multitudinaria manifestación de ayer expuso la base social de un campo político alternativo al que representa el gobierno nacional. En gran medida, clase media y alta refractaria a los Kirchner, que piden a gritos alguien que los represente políticamente, pero también sectores que no nacieron con pleitos estructurales con el matrimonio presidencial y que hoy están disconformes por distintos motivos. En un equilibrio inestable, es la propia dinámica del proceso qué grupo conduce el proceso. La polarización con la que Cristina y Néstor plantearon desde el inicio el conflicto sectorial apuntó a fortalecer el ala más conservadora. Y contribuyó en gran medida a la masividad del acto de ayer.

De todos modos, así como no todo el campo es lo mismo, tampoco hay una sola dirección para su articulación política. Este movimiento es todavía objeto de disputa en lo discursivo, en lo político y lo ideológico. En los palcos ruralistas se escuchan voces variadas, a veces contradictorias, que el público admite con más o menos entusiasmo mientras quede claro que hay que luchar contra el aumento de las retenciones.

En los días de conflicto, los dirigentes gremiales del campo pasaron de las protestas testimoniales a los piquetes masivos, de allí la movilización de otros sectores económicos del interior y, finalmente, a la multitud de ayer. La conducción de ese proceso fue una permanente negociación entre dirigentes y dirigidos.

Tras la dureza de los piquetes, se pasó a la "acción institucional" con los poderes políticos del interior y, Monumento mediante, a oficializar el relato de una gesta del país federal contra el centralismo porteño. Esta identificación no es nueva en el gremialismo rural pero ayer recibió 200 mil adhesiones. El recorrido de la protesta sectorial va dibujando un actor político que encaja en las transformaciones del campo en un entramado económico y social más complejo que la imagen kirchnerista de la oligarquía vacuna.

Una nueva burguesía agropecuaria, con pequeños, medianos y grandes actores, con fuertes redes de conexión de la economía de pueblos y ciudades, y capaz de articular con otros sectores económicos y sociales, es la clase emergente de los cambios en el agro en las últimas décadas. Y es la que ahora pide pista para liderar políticamente esta nueva versión de la pelea entre unitarios y federales.